Capítulo 18 #3
Me lo quedé mirando unos minutos, dándole vueltas a todo. Tenía miles de preguntas más que hacerle, pero ninguna era realmente importante y solo la mitad iban dirigidas a averiguar lo que estaba pasando. Decidí que podían esperar.
—Esas eran mis dudas más relevantes —anuncié—. ¿Ahora vas a decirme qué crees tú que está pasando?
—Creo que mi padre está implicado de alguna manera, pero no estoy seguro de hasta qué punto —dijo—.
Todo esto es demasiado chapucero para ser él.
Es muy grande y volátil. Si la cosa se pone fea entre los Jokers y nosotros, los clubes principales se implicarán y se producirá una guerra. Mi padre no querría eso.
—Y nunca te habría puesto en peligro a propósito —añadí al recordar la cara de preocupación de Liam.
—Es verdad —confirmó él.
—Entonces ¿qué ha pasado?
—Creo que, de alguna manera, se le ha ido la cosa de las manos, así que tenemos que averiguar quién coño es realmente Redding antes de sacar ninguna otra conclusión.
—Por eso quieres hablar con Daniel.
Jakob asintió.
—Hay que sacar todo esto a la luz. Daniel podría tener la información que nos falta y, si no nos aclaramos pronto, puede que él y mi padre acaben deshaciéndose el uno del otro.
—¿Deshaciéndose el uno del otro? —repetí—. ¿Te refieres a…?
Me miró por el rabillo del ojo mientras reducía la velocidad para parar en un semáforo. Habíamos vuelto a la zona más elegante del pueblo, a pocos kilómetros de la casa de Daniel y Eva.
—Sabes perfectamente a lo que me refiero —contestó.
—Ufff… —Fue lo único que conseguí articular. No me extrañaba que Jakob estuviera tan tenso. Su padre y el líder de la banda a la que pertenecía llevaban todo ese tiempo a un paso de intentar matarse.
Extendió el brazo y me levantó la barbilla, sacándome de mis oscuros pensamientos.
—Deberíamos irnos a algún sito cuando todo esto haya terminado.
—¿Qué? —pregunté, reprimiendo las ganas de reclinarme entre sus brazos.
—Salir del pueblo un fin de semana largo. Relajarnos.
Levanté una ceja.
—O sea, pasarnos tres días follando sin interrupción.
Posó la vista en mis labios.
—Sí, justo.
Sonreí, pero no duró más que un instante.
—Todavía estoy cabreada contigo por no haberme contado nada.
Me acarició los labios con el pulgar, bajando la mirada para observar el movimiento.
—No sabía cuánto iba a durar esto. No tenía sentido contarte nada si lo único que querías era un rollo de una noche, ayudarme a entrar en Magnolia y luego largarte.
Vale, visto así, su silencio inicial tenía sentido, pero seguían sin gustarme sus continuas evasivas.
—¿Y después? —pregunté—. Tuviste mucho tiempo desde que me llevaste a casa.
—No puedo darte un buen motivo para eso. Al menos ninguno que no me haga quedar como un capullo. Lo siento.
Con esa iban tres disculpas en cinco minutos. Debía de haber batido un récord mundial masculino.
—Sé sincero conmigo a partir de ahora y veré si puedo perdonarte.
—Trato hecho —dijo.
De reojo, vi que el semáforo se había puesto en verde, pero yo no podía apartar la mirada de Jakob.
Esa forma de observar mi boca, la sencillez con la que se había disculpado, el hecho de que cada momento que pasaba con él descubría una nueva faceta suya…
Me estaba convirtiendo en una adicta. No quería dejar de mirarlo nunca.
Porque entonces quizá no vería cómo se le derretía el hielo de los ojos cuando se giraba hacia mí, o me perdería esa pizca de humor negro como la que había vislumbrado el otro día o la tontería que había hecho esa misma mañana, cuando se dejó caer encima de mí roncando.
Tocaron el claxon detrás de nosotros.
Jakob me acarició la mejilla con un gesto lento y prolongado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
El pitido se volvió más insistente.
—Jakob —dije mirándolo a los ojos.
Entonces retiró la mano.
Unos minutos después, estacionamos en el largo camino de acceso de Daniel y Eva King.
De día, la casa parecía otra, más pequeña, un poco más descuidada.
No ayudaba que el jardín delantero estuviera lleno de latas de cerveza.
Fuera había un pequeño ejército de gente que iba de acá para allá limpiando.
La puerta principal estaba abierta, y un montón de jóvenes de ambos sexos entraban y salían de la casa cargados con bolsas de basura hasta los topes.
—¿Nuevos reclutas? —pregunté.
—Sí. Pobres desgraciados —respondió Jakob.
Me estremecí, compadeciéndome de la persona a quien le hubiera tocado limpiar el vómito. Iba a necesitar un producto industrial para alfombras y un estómago más duro que el mío para enfrentarse a ese salón.
Jakob aparcó el coche fuera del garaje y después se volvió hacia mí en su asiento.
—Daniel no es como mi padre. A veces se deja llevar por su mal genio.
—No intentarás provocarlo, ¿no? —quise saber.
Negó con la cabeza.
—No, pero está entre la espada y la pared. Y, si además cree que estoy compinchado con mi padre, podría perder los estribos por cualquier cosa.
—Lo describes como a un animal herido —dije.
—Lo es. ¿Me dejas llevar la voz cantante?
Asentí.
—Y procura no meterte si la cosa se pone fea.
—Lo intentaré —respondí.
Jakob abrió su puerta.
—Acabemos con esto de una vez por todas.