Capítulo 18 #2
Y entonces me puso las manos en las mejillas, las deslizó hacia el pelo y me apretó cada vez más mientras me atraía hacia él.
El cinturón de seguridad se bloqueó y no pude ir más allá.
Él se encargó del resto: acortó la distancia que nos separaba para besarme con una intensidad que me dejó sin aliento.
La pasión de sus labios y la exigencia de su lengua me obligaron a corresponder cada uno de sus envites.
Seguía enfadada con él, pero eso no hacía más que aumentar mi necesidad, mi excitación, mi deseo de quitarle la ropa y ver la simple verdad en el anhelo que sentía hacia mí.
Se retiró demasiado pronto, jadeante, y me acarició los labios con el pulgar.
—Tenemos que ir a casa de Daniel.
Asentí.
Él siguió contemplando mi boca como si estuviera hipnotizado.
Sonreí sin querer.
—Entonces, creo que deberías soltarme.
Volvió a torcer el gesto.
—Sí, es verdad.
Pero, en lugar de eso, se inclinó hacia mí y me besó de nuevo, esa vez sin parar, clavándome los dedos en el cuero cabelludo, mordisqueándome los labios.
Me recordó a la primera noche que pasamos juntos, en su apartamento, con el culo sobre el frío mármol de la isla de la cocina y él entre mis piernas, ardiendo como el fuego, incendiándome con su tacto.
Esa vez fui yo quien interrumpió el beso, porque, si él hubiera seguido, no habríamos llegado nunca a casa de Daniel y el mundo entero habría implosionado antes de separarnos.
Cuando me aparté, aflojó la mano que tenía sobre mi cuello y se echó un poco hacia atrás en el asiento, lo suficiente para que yo volviera a sentirme un ser racional.
El aire que nos rodeaba seguía cargado, denso y electrificado, como si fuera a caer un rayo en cualquier momento.
Necesitábamos algo que aliviara la tensión.
—¿Desde cuándo sospechas de tu padre? —pregunté.
Jakob me soltó y se enderezó en el asiento. Sentí una pequeña satisfacción al ver que tenía las mejillas sonrojadas. Sacudió la cabeza, como si intentara aclarar las ideas, y luego miró hacia delante y metió primera.
—Desde los doce años —dijo fijándose en los retrovisores antes de acceder de nuevo a la carretera.
Fruncí el ceño. Quizá no lo había oído bien por el ruido del motor.
—¿Desde los doce años?
Dijo que sí con la cabeza.
—Escuché a escondidas una llamada a uno de sus matones y me di cuenta de lo manipulador que era. Después de aquello, nunca volví a confiar del todo en él.
Vale, de acuerdo.
—Me refería a desde cuándo sospechabas que estaba implicado en lo que está pasando en Magnolia Hills.
—Desde el principio —señaló—. Siempre que pasa algo en Kearny, sospecho de él por defecto.
—¿Por qué?
—Porque odia a Daniel y quiere echarlo —respondió Jakob.
Se me escapó una sonrisa. Al menos había conseguido desenmarañar por mí misma una parte de lo que estaba pasando. ¡Viva!
—¿Cuándo empezaste a sospechar de mi padre? —preguntó Jakob.
—No sospeché nada hasta que me dijiste que la furgoneta podía tener micrófonos ocultos.
—¿Y ahora piensas que él está detrás de todo esto?
Dudé antes de responder. La forma en que lo dijo me hizo preguntarme qué pensaba él . No parecía del todo convencido de que fuera su padre, igual que tampoco sospechaba de Daniel. Tal vez Jakob era de esas personas que se guardaban su parecer hasta el último momento.
—No sé qué pensar —dije—. No es que hayas estado muy comunicativo conmigo.
Asintió.
—Es verdad. Pero cuéntame tus teorías.
Los restos del deseo que aún sentía hacia él se ahogaron bajo una nueva ola de frustración.
—¿En serio? ¿Sigues sin darme nada y esperas que yo te suelte todas mis conjeturas sin fundamento?
—No quiero influenciarte —aseguró—. En parte, ese es el motivo por el que no te he dicho una mierda sobre mis sospechas.
—Me miró de reojo mientras volvíamos a coger velocidad—.
Quiero saber lo que piensas. Eres lista y mi padre tenía razón sobre tu instinto; es bueno.
A lo mejor has captado algo que yo he pasado por alto.
Maldita sea. Antes de conocerlo debía de estar hambrienta de afecto, porque me ruboricé por sus elogios y el estómago me dio un estúpido vuelco.
—Primero déjame hacerte unas preguntas —planteé, aún vacilante.
—Dime.
—¿De verdad vas a responderme?
Se le dibujó una sonrisilla traviesa.
—Puede.
—A veces eres un grano en el culo, ¿lo sabías?
—Pero solo porque me gusta sacarte de quicio —afirmó agrandando la sonrisa por completo.
No sabía si darle un beso o un puñetazo. Ambas opciones me parecían igual de tentadoras. Al final decidí formularle mis preguntas mientras tuviera la oportunidad.
—¿Crees que tu padre sería capaz de ordenar que destrozaran mi apartamento y me atacaran en un ascensor?
Jakob respondió sin mirarme. Iba centrado en la carretera mientras salía a toda velocidad del feudo de los Reyes, como si nos persiguieran.
—Lo del apartamento sí. Cuando le dije que iba a llevarte a casa, él debió de dar por hecho que lo nuestro iba en serio y pensó que destrozar tu piso sería la mejor manera de tenerme donde él quería.
—Bajo su control —apunté.
Jakob asintió, redujo de marcha y cruzó las vías del tren hacia el lado bueno del pueblo tan rápido que durante unos segundos pareció que íbamos volando por los aires. Al llegar a la otra parte, los dientes me traqueteaban en el cráneo y la cadera me dolía de los impactos.
—¿Podrías ir más despacio? —gruñí.
Jakob me miró de reojo, vio mi expresión dolorida y enseguida redujo la velocidad al límite permitido.
—Lo siento —se disculpó.
Que Dios bendiga a los hombres que no tienen miedo de pedir perdón. Lo había hecho dos veces en pocos minutos y en ambas ocasiones había sonado sincero.
—No pasa nada —respondí—. ¿Por qué tu padre se empeña en que vuelvas a casa? ¿Para mantenerte alejado de Magnolia?
—Probablemente.
—Pero no crees que fuera capaz de hacer que nos atacaran a mí o a la doctora Perez.
Él negó con la cabeza.
—¿Qué me dices de Daniel? ¿Crees que está implicado de alguna manera?
—No —sentenció—. Si esta mierda se viene abajo, Daniel estará jodido.
—¿Y eso?
—Perdería la lealtad del club. No se trabaja con los Jokers. Nunca. Son el enemigo. Si alguien más de los Reyes supiera lo que nosotros sabemos, ese hombre ya estaría fuera.
Me quedé un rato pensando en sus palabras y me di cuenta de que solo le había contado lo de Redding a Liam. Al menos delante de mí.
—Solo le has contado a tu padre lo de Redding para ver su reacción, ¿verdad? —pregunté.
Jakob me lo confirmó con un gesto de la cabeza.
—¿Se delató en algo?
—No —contestó—. Pero eso es normal en él.
—¿Y no se lo has contado a nadie más?
Jakob negó con la cabeza.
—¿Y los moteros que fueron contigo a Magnolia? —dije.
—Creen que los Jokers están detrás de todo.
—¿Y la mujer a la que tienes siguiendo a Redding?
—No tiene ni idea de quién es ese tipo —respondió—. Solo que queremos vigilarlo.
—Entonces, salvo tu padre y nosotros, ¿nadie más sabe lo de Redding? —pregunté, solo para dejarlo claro.
—Yo no se lo he contado a nadie más.
Observé cómo cambiaba de marcha, tensando su torso grande y musculoso, con movimientos rápidos y seguros, casi elegantes.
Me daba la sensación de que había elegido esas palabras con esmero.
Quizá no se lo había dicho a nadie más, pero estaba claro que Jakob creía que había más gente al tanto de lo de Redding.
Cuando lo conocí, pensé que solo era un hombre grande y violento con un atractivo sexual irresistible.
Luego resultó que debajo de todo aquello había un cerebro.
Es algo que llevaba sospechando desde nuestra primera noche juntos, pero ahora empezaba a preguntarme hasta qué punto era un tipo avispado.
Me había hecho contarle mis sospechas para ver si yo había captado algo que él hubiera pasado por alto, pero juraría que Jakob Larson no era un hombre al que se le escapara nada.
—¿Quién es Mike? —quise saber, cambiando de táctica.
Recordaba el nombre del primer encontronazo que presencié entre Jakob y Daniel. Se me había quedado grabado en el fondo de la mente, molestando como un mosquito que revolotea justo al límite de lo audible.
Él desvió la vista hacia mí con una sonrisa cálida, suavizada por su gesto de aprobación. Cogió su teléfono, lo desbloqueó y me lo pasó. En la pantalla había una foto de Redding junto a otro hombre, un tipo blanco grandote de pelo rubio y ojos eslavos.
—Ese es Mike —confirmó Jakob.
—Trabaja para tu padre, ¿no?
Arqueó una ceja y volvió a mirarme.
—¿Por qué lo dices?
Me encogí de hombros y le devolví el teléfono.
—Es solo una corazonada.
—Pues has acertado —dijo colocando el teléfono en un portavasos que había entre nosotros—. Trabaja para mi padre. Pocos saben quién es. Él lo envía cuando necesita resolver algo que no quiere que se relacione con el club.
—¿Por qué te dijo Daniel que lo suyo no había salido bien? —insistí.
—Ni puta idea —respondió Jakob, ya con cierta frustración—. Como he dicho, nada de lo que hace Daniel King tiene ningún sentido para nadie más que para él mismo.
—Pero tendrás alguna sospecha, ¿no?
Asintió.
—Hasta esa noche, desconocía que Daniel sabía quién era Mike. Ahora creo que tal vez llevaba más tiempo que yo al tanto de lo de Magnolia y que desde el principio ha intentado echarle las culpas a mi padre. Creo que mencionó a Mike porque quería ver mi reacción.
Arqueé las cejas.
—¿Pensaba que estabas compinchado con tu padre?
Jakob hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿Todavía lo piensa? —pregunté.
—Ni idea —respondió.
—¿Quién creías que nos estaba observando esa primera noche?
Se rio.
—Nadie. Solo quería acercarme a ti y necesitaba una excusa.
Resoplé al recordar lo mucho que yo también había deseado acercarme a él.
—No habrías necesitado ninguna excusa.
Me lanzó una sonrisa traviesa.
—Ya, me di cuenta enseguida.