Capítulo 18
Kearny era un pueblo de los de antes, atravesado por unas vías de tren que lo dividían en dos partes, una buena y otra mala.
Las bolsas de la parte posterior de la furgoneta traqueteaban mientras cruzábamos esas vías y nos dirigíamos hacia la parte mala, donde los sueldos eran más bajos, las casas más pequeñas y no sucedía nada sin que se enteraran los Reyes.
La mente me iba a toda máquina mientras Jakob nos adentraba en el territorio del club. ¿Daniel o Liam? ¿Liam o Daniel? ¿O alguien completamente diferente? Ya me había equivocado una vez con Liam. ¿Y si me volvía a equivocar? ¿Con los dos?
Me froté la nuca, tratando de mantener a raya el dolor de cabeza que amenazaba con aparecer.
No entendía nada. Los últimos días habían pasado demasiadas cosas y me costaba procesarlo todo.
Tampoco ayudaba sentir que estaba montando un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las piezas.
Maldito Jakob y su negativa a contarme qué estaba sucediendo en realidad.
Aunque no me hubiera seducido a propósito solo para entrar en Magnolia, tenía muchos motivos para estar enfadada con él.
Como, por ejemplo, el hecho de que me hubiera ocultado tantas cosas, las cuales lo único que hacían era ponerme más en peligro.
«Oye, Krista, vente a jugar a mi mundo. Ah, que quieres saber las reglas del juego… ¡Mala suerte!».
Nunca habría estado tan relajada con Liam si hubiera sabido que Jakob sospechaba de él.
Ah, mierda. ¿Y si me había mantenido en la inopia justo por eso? En realidad, solo nos conocíamos desde hacía unos días. ¿Cómo iba a confiar en que yo mantuviera la boca cerrada sobre sus sospechas? ¿O en que fuera lo bastante convincente como para hacerle creer a Liam que me sentía cómoda con él?
Cuanto más lo pensaba, más creía entender el comportamiento de Jakob.
Un hombre bueno , un hombre decente , habría ido con la verdad por delante y me habría dejado decidir por mí misma cuánto me quería involucrar.
Él ya había confirmado que no era ninguna de esas cosas.
Y, si se hubieran invertido los papeles, ¿le habría confiado yo todo eso a un desconocido?
No tardé ni un minuto en admitir que la respuesta era un no rotundo.
¿Seguía mosqueada con Jakob? Sí, pero creía entender sus motivos, lo que complicaba aún más las cosas.
Ufff.
Unos minutos más tarde, Jakob detuvo la furgoneta frente a un estudio de tatuajes de aspecto mugriento.
Había varias motos aparcadas en la acera, con el emblema de los Reyes estampado con orgullo en el lateral del depósito de gasolina.
Los escaparates de la tienda estaban cubiertos de polvo.
Algunas letras del cartel de neón estaban apagadas y, en lugar de B RAD’S I NK , se leía B AD I NK .
Muy apropiado. Parecía un lugar perfecto para contraer la hepatitis C.
Miré a Jakob de reojo.
—Por favor, dime que nunca te has tatuado aquí.
Se quitó las gafas de sol y me lanzó una mirada penetrante.
—Nadie se tatúa aquí.
Arrugué el entrecejo y me volví hacia la fila de motos que teníamos al lado. Si sus dueños no estaban dentro tatuándose, ¿qué hacían allí? ¿Hablaba Jakob en serio o se estaba haciendo el listillo? ¿Era ese estudio solo una tapadera para otros negocios más turbios de los Reyes?
Eché un vistazo a los cristales sucios y al estado de abandono general del local. Yo no me haría un tatuaje ahí, y quizá eso era justo lo que perseguían los Reyes. Quizá la suciedad y la decadencia no fueran fruto del descuido, sino algo deliberado.
Antes de preguntárselo a Jakob, por la puerta principal salió un hombre latino corpulento, más o menos de mi edad, que se dirigió hacia nosotros.
Llevaba una camiseta negra muy ceñida con un chaleco de cuero por encima en el que destacaba el parche de los Reyes en la zona del pecho, a la derecha, similar al de Jakob del otro día.
Tenía la cabeza rapada. Los tatuajes le serpenteaban por los brazos.
Las pobladas cejas le ensombrecían sus oscuros ojos, lo que le confería una expresión dura suavizada gracias a unos labios carnosos. No lo había visto en mi vida.
—Quédate aquí —dijo Jakob mientras bajaba de la furgoneta.
Por mí, perfecto. No quería tener nada que ver con el intercambio que estaba a punto de producirse. Ya era bastante arriesgado verme envuelta en los asuntos de los Reyes como para encima añadir «cómplice de tráfico ilegal de armas» a mi lista de delitos.
Jakob intercambió unas palabras con el otro motero que, por suerte, se perdieron bajo el zumbido sordo del motor de la furgoneta.
Tras asentir brevemente hacia él, el latino se giró y caminó hacia la entrada del estudio.
La puerta se abrió de par en par y salieron otros tres hombres.
No reconocí a ninguno, a pesar de que todos llevaban los emblemas del club en las prendas de cuero.
Tampoco es que me extrañara. No todos los Reyes frecuentaban el Charley’s y, en el último recuento, el club contaba con más de doscientos miembros.
Con eficiencia y celeridad, descargaron las bolsas de la parte posterior de la furgoneta. Yo mantuve la mirada al frente y puse cara de mujer ocupada en sus propios asuntos. Después volvieron al interior, y el hombre latino rebuscó en su bolsillo y le entregó algo a Jakob antes de irse.
Él regresó y abrió la puerta del lado del conductor. Apagó el motor y me hizo señas para que saliera. Bajé y di la vuelta para reunirme con él, que me llevó hacia la parte de atrás del estudio. No habló hasta que estuvimos casi a cien metros de la furgoneta.
—Vamos a coger otro coche.
Tan solo asentí con la cabeza. No sabía lo sensible que sería el sistema de escucha de Liam y no quería decir nada que pudiera oír.
Teníamos la furgoneta a nuestras espaldas y noté un picor entre los omóplatos, como si el vehículo fuera una criatura consciente a las órdenes de Liam que nos observaba incluso a esa distancia.
Jakob pulsó un botón del llavero remoto que le había entregado su colega motero y un llamativo BMW rojo que había aparcado a la sombra del edificio emitió un ruidito agudo. El tráfico ilegal de armas debe de dar mucho dinero.
Me subí por el lado del copiloto y me abroché el cinturón de seguridad.
—¿Aquí podemos hablar? —le pregunté a Jakob mientras se deslizaba junto a mí.
—Sí —respondió.
Pulsó un botón en el salpicadero y el motor arrancó con un rugido casi tan fuerte como el del Mustang.
—¿Me sedujiste a propósito solo para entrar en Magnolia? —quise saber.
Pensé que mejor quitarme de encima la pregunta más difícil y determinar de una vez por todas lo enfadada que debía estar en realidad.
Me echó una mirada antes de poner el coche en primera y salir disparado de la plaza de aparcamiento.
—No exactamente.
Me puse rígida.
—Explícate.
—Parecías mi mejor baza para entrar en Magnolia —confesó—.
Y he querido follar contigo desde tu primer turno en el Charley’s.
De modo que, sí, te persuadí para que vinieras a mi casa con la esperanza de matar dos pájaros de un tiro, pero ambas cosas no están conectadas.
Si me hubieras rechazado, igualmente te habría pedido que dijeras que era tu novio para que me dejaran entrar.
El aire que había estado conteniendo salió en forma de siseo.
Él me miró mientras salíamos rugiendo del aparcamiento, con los bíceps flexionados mientras cambiaba de marcha y el coche ganaba velocidad.
—Sabes que de todas formas habrías accedido para mantener a salvo a tu abuela.
Sí, así era, pero aquello no me gustaba. Se parecía demasiado a la manipulación y me pregunté si ese hombre seguía mintiéndome, ocultándome algún dato crucial.
Recordé su expresión cuando salí de la comisaría y me dijo que habría sido más difícil sacarme de allí que de Magnolia. Parecía que hablaba en serio. Como si por mí hubiera merecido la pena organizar un asalto a un edificio lleno de hombres y mujeres armados y con la ley de su parte.
Volvió a mirarme muy brevemente, apenas un parpadeo.
—Entiendo que estés enfadada —aseguró—. Lo siento. No sabía cómo sacar el tema sin que te cuestionaras todo lo que ha habido entre nosotros.
—Bueno, pues buen trabajo —contesté—. Ahora me estoy cuestionando todo lo que ha habido entre nosotros.
Se me escapó un grito ahogado cuando dio un frenazo. Un conductor tocó el claxon detrás de nosotros y, cuando nos adelantó, gritó: «¡Gilipollas!». Yo me aflojé el cinturón de seguridad del pecho y me froté el esternón. Au.
Jakob se giró hacia mí.
—Todo lo que ha habido entre nosotros es real.
No voy a rogarte que confíes en mí ni voy a ponerme a discutirlo contigo.
Puedes creerme o no. —Bajó la mano y se agarró la entrepierna.
Me sorprendió ver que estaba empalmado—.
Incluso ahora mismo, preferiría estar encerrado en algún sitio haciéndote gritar mi nombre que lidiando con esta mierda, y, si no te crees nada de lo que he dicho, créete al menos eso.
Joder. Debía de estar perdiendo la cabeza por ese hombre, porque, a pesar del cabreo, al ver el bulto de sus pantalones me entraron ganas de subirme encima de él allí mismo, en el coche.
Quizá el cabreo formaba parte de ello. Quizá, en el fondo, yo siempre supe que los momentos más auténticos entre nosotros los habíamos pasado desnudos y empapados en sudor.
Exhalé largamente y dejé que sus palabras calaran en mí, recordando todo lo que había pasado entre nosotros durante los últimos días.
—Te creo —dije.
Porque era verdad. Tal vez yo no tuviera muy claro cómo sentirme respecto al resto de las cosas que había hecho Jakob, pero sabía que me deseaba y confiaba en él como para creer que no era capaz de mentirme sobre eso.
Lanzó un suspiro. Fue una exhalación violenta, como si la hubiera estado conteniendo y se sintiera aliviado, y eso fue lo que me llevó a comprender que yo no era la única que estaba perdiendo la cabeza por lo que había entre nosotros.
—Bien —sentenció.