Los reyes de Kearny Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Me volví hacia la ventanilla, sopesándolo todo.

Había algo que no cuadraba y no acababa de entender qué era.

Mi mente volvía una y otra vez a Daniel King.

¿Por qué Jakob se centraba tanto en Redding y no en él?

No me gustaban los enigmas y Daniel King me parecía uno gigantesco, y además vestido de cuero.

Igual se cuela en el apartamento de Jakob y suelta unos comentarios de lo más críptico que le da una palmada amistosa en la espalda cuando lo ve en el bar.

Luego le echa una bronca por teléfono y, pocas horas después, se comporta como si fueran uña y carne durante una fiesta.

Sus bruscos cambios de conducta eran muy raros.

Perturbadores. Jakob había dicho que nada de lo que hacía ese hombre tenía sentido para nadie y ahora me preguntaba por qué.

¿Era Daniel King simplemente un paranoico?

¿Un maestro del crimen? ¿O un puto chiflado?

Pese a la acumulación de pruebas en su contra, la noche anterior Jakob dudó a la hora de condenarlo, y solo Dios sabía qué le había dicho a Liam mientras yo estaba con la nana.

No acababa de entender sus reacciones. Para mí era evidente que Daniel King estaba implicado.

Ese hombre había servido con Redding, y ahí estaba ahora este, trabajando para los Jokers con el objetivo de desestabilizar Kearny.

Daniel King tenía que estar colaborando con él.

A lo mejor estaba harto de dirigir una subdivisión de los Espectros, siempre a las órdenes de Liam.

A lo mejor quería liderar su propia banda sin ningún tipo de supervisión.

Evidentemente, no iba a contarle a Jakob lo que estaba tramando; Liam era su padre.

Evidentemente, a Jakob iba a caerle un buen rapapolvo por meter las narices; seguro que temía que Liam se enterara de su traición.

Entonces ¿por qué Jakob le otorgaba el beneficio de la duda?

¿Por qué le era tan leal a un hombre que lo trataba como una auténtica mierda?

Quería volverme hacia él y exigirle respuestas, pero si algo había aprendido de mis preguntas anteriores era que Jakob se cerraba en banda siempre que le mencionaba a su malvado líder.

Su teléfono sonó entre nosotros. Lo cogió y le echó un vistazo a la pantalla, reduciendo la velocidad de la furgoneta para verla mejor. Apretó la mandíbula y lo tiró donde estaba.

—¡Me cago en todo! —espetó.

—¿Qué pasa? —pregunté con recelo al ver la expresión de su cara.

—Cambio de planes —contestó mientras salía hacia la carretera principal—. Tenemos que ir a hablar con alguien después de entregar esta mierda.

—¿Con quién?

Su respuesta fue negar con la cabeza.

Me quedé mirando su perfil, reprimiendo las ganas de gritar.

—Y dices que yo soy terca, Jakob, madre mía.

Extendió el brazo y me cogió la mano, acercándosela para darme un beso en los nudillos.

Por encima de ellos, sus ojos se encontraron brevemente con los míos, transmitiéndome a la vez una promesa y una advertencia.

¿La promesa de que iba a responderme pronto?

¿La advertencia de que no hiciera más preguntas?

«¡Argh!».

¿Por qué tenía la sensación de que en realidad nunca llegaba a saber qué estaba pasando con ese hombre? ¿Por qué me sentía todo el rato confusa y desbordada?

Intenté apartar la mano, pero él me la sujetó con fuerza, acariciándome la piel con el pulgar mientras conducía.

—Suéltame. —Soné más enfadada de lo que estaba.

Necesitaba reflexionar, intentar poner en orden mis pensamientos sobre lo que estaba pasando y mis cambiantes y contradictorios sentimientos hacia ese hombre imposible, pero al parecer no podía hacer ninguna de esas cosas mientras él me tocaba.

Volvió a mirarme y advirtió mi expresión. Frunció el ceño, me soltó la mano y puso el intermitente para detenerse a un lado de la carretera.

Eché un vistazo alrededor: campos de maíz a la izquierda, campos de maíz a la derecha.

Jakob puso la furgoneta en punto muerto, se bajó y vino a mi lado del vehículo. Antes de preguntarle qué coño estaba haciendo, abrió mi puerta de golpe, me desabrochó el cinturón de seguridad y me sacó en brazos.

—¡Jakob! —chillé, agarrándome a su cuello mientras él se adentraba a zancadas en el maizal.

La furgoneta seguía en marcha, con ambas puertas abiertas de par en par, como si nos hubieran secuestrado. Si alguien pasara por allí, se quedaría tan sobrecogido por la atmósfera de Los chicos del maíz que, o bien se largaría como alma que lleva el diablo, o bien llamaría a la policía.

—A veces me vuelves loco —regruñó.

—Lo mismo digo, colega —contesté, dándole un toquecito en su fornido pecho para enfatizar mis palabras.

—¿Por qué no me crees cuando te digo que te responderé en cuanto pueda?

—¡No sabía que era eso lo que me estabas pidiendo! —repliqué—. ¿Por qué no me lo dijiste directamente?

Lanzó un bramido de frustración y luego me atrajo hacia él para sellarme los labios.

La cabeza me daba vueltas mientras me besaba, con fiereza, con pasión, y otra vez volví a hacer esa cosa tan estúpida de olvidarme de respirar.

Cuando se apartó, estaba mareada y profundamente agradecida de que me sostuviera entre sus brazos.

—Vamos a ver a Daniel King —dijo.

El mareo desapareció de golpe.

—Eh…, ¿qué?

—Y no he dicho nada en la furgoneta porque mi padre podría haber escondido algún micrófono.

—Eh…, ¿qué?

—Tenemos que dejar de perder el tiempo y volver a la carretera antes de que mire el localizador GPS y se pregunte por qué cojones hemos parado aquí.

Dicho eso, dio media vuelta y avanzó para salir del maizal.

Yo iba aferrada a él, atónita, repasando los últimos días en mi mente y comenzando a entender que, si en algún momento había sentido que no sabía lo que estaba pasando, era porque, efectivamente, no tenía ni idea.