Capítulo 16 #2
—Está en el hospital de allí, en estado crítico. Tenemos un contacto entre los empleados y nos ha dicho que llamará cuando se despierte.
—¿Está en coma? —pregunté con la mirada fija en sus botas.
—Se lo han inducido médicamente. Le dieron una buena paliza y tenía el cerebro un poco inflamado.
Mi persistente culpa se esfumó. Había hecho lo correcto llevando a la nana allí.
Entre los destrozos de mi apartamento y lo de la doctora Perez, no podía arrepentirme de las decisiones que había tomado.
Mi abuela estaba en casa de los padres de Jakob y, sí, no era uno de sus mejores días, pero estaba a salvo, joder, y a esas alturas era lo único que importaba.
Jakob me dio un último apretón en la nuca y luego me levantó la cabeza por la barbilla para mirarme a los ojos.
—Tengo que ir a Kearny. ¿Sigues queriendo formar parte de esto?
Me lo quedé mirando durante un minuto antes de responder.
¿Cómo se las arreglaba para parecer peligroso incluso estando de cuclillas?
A lo mejor era porque siempre iba con ropa oscura, o quizá tuviera más que ver con la forma en que se le tensaban los músculos, como si estuviera a punto de pasar a la acción.
En cualquier caso, agradecí el recordatorio de que el hombre con el que me acostaba podía ser tan implacable como violento.
Me sentí menos pirada en cuanto al hecho de que lo que acababa de contarme no me había asustado ni lo más mínimo.
En realidad, hasta me habían entrado ganas de dispararle a algo. O, mejor dicho, a algunas personas.
—Sigo queriendo formar parte de esto —respondí.
Con los ojos centelleantes de aprobación, se inclinó hacia mí y me dio un beso rápido y apasionado en los labios.
Se apartó con la misma celeridad y abrió la boca para decir algo, pero deslizó la mirada más allá de mí y entonces oí otro zumbido en el aire cuando la puerta se abrió detrás de nosotros.
Me giré en la tumbona justo cuando su padre salía al patio.
Detrás de él, la nana y Jennifer charlaban de pie junto a la isla de la cocina.
Liam las miró un segundo y luego cerró la puerta, dirigiéndose hacia nosotros con gesto preocupado.
Jakob se incorporó mientras su padre se acercaba y los dos hombres se cernieron sobre mí.
—Voy a enviaros a unos cuantos Espectros —apuntó Liam en voz baja.
En ese momento no parecía uno de los hombres más peligrosos del estado, sino un padre cualquiera que se ha puesto nervioso porque su hijo se ha metido en un lío.
—¿Y que me digan que no soy capaz de librar mis propias batallas sin la ayuda de mi padre? Paso —respondió Jakob—. Además, esto es asunto de los Reyes. Deja que intentemos resolverlo nosotros primero.
Ahí volvió a quedar patente la experiencia militar adquirida.
Desde el primer día de entrenamiento te enseñaban a solucionar todos los problemas al nivel más bajo posible.
¿Que uno de tus compañeros se comporta como un capullo contigo?
Encuentra la manera de hacer que pare. Si no lo consigues, entonces sí puedes molestar a tu sargento con tus tonterías.
Liam asintió, todavía tenso.
—Pero ¿me mantendrás al tanto?
Jakob lo miró de reojo.
—Si me prometes que no vas a meterte hasta que te pida ayuda.
La tensión se acabó disipando cuando Liam esbozó una sonrisa.
—Te lo prometo.
Una hora más tarde, Jakob y yo nos subimos a una insulsa furgoneta que llevaba tiempo acumulando polvo en el descomunal garaje de los Larson.
El Mustang era genial si querías llegar rápido a algún sitio, pero el maletero no era muy grande y no tenía aire acondicionado, y ese día íbamos a estar casi a treinta y ocho grados.
Mientras yo le dedicaba algo de tiempo a la nana, Jakob y Liam habían cargado la furgoneta.
Después le habían cambiado las matrículas y, de forma milagrosa, conseguí mantener la bocaza cerrada en lugar de preguntar por qué.
Me abroché el cinturón de seguridad y le eché un vistazo a la parte posterior de la furgoneta mientras Jakob conducía por el largo camino de tierra de sus padres.
Los asientos traseros estaban plegados contra el suelo y, justo detrás de nosotros, había una pila de bolsas de viaje enormes llenas de Dios sabe qué.
Levanté la vista hacia los paneles laterales.
Varios parches metálicos circulares destacaban sobre la pintura.
Cuanto más los miraba, más segura estaba de que su función era tapar agujeros de bala.
Debajo, una mancha blanca se extendía por la moqueta trasera, como si hubieran echado varios litros de lejía para quitar una mancha de sangre.
«Por favor, que no nos paren», recé. Lo único que podría hacer que ese cacharro pareciera aún más sospechoso sería pegarle un cartel que dijera CARAMELOS GRATIS .
—¿Qué son esas bolsas? —pregunté.
—Quería matar dos pájaros de un tiro —respondió Jakob—. Vamos a Kearny, así que no nos cuesta nada hacer una entrega para mi padre.
O sea que llevábamos armas, drogas o a saber qué otra carga ilegal propiedad de los Espectros o de los Reyes.
Me di la vuelta y contemplé el ondulante campo de hierba por mi ventanilla.
En parte, me preocupaba que las bolsas estuvieran llenas de armas para nosotros.
Había estado con Jennifer y con la nana mientras Jakob y Liam elaboraban un plan de acción, así que no tenía ni idea de qué íbamos a hacer en Kearny.
¿Espiar Magnolia Hills? ¿Localizar a los cabrones que habían mandado al hospital a la doctora Perez?
A Jakob le sonó el teléfono. Lo cogió del portavasos que había entre nosotros y se lo llevó a la oreja.
—¿Dónde está? —preguntó sin molestarse siquiera en saludar.
Apenas oí la respuesta amortiguada, y mucho menos distinguí las palabras.
Jakob frunció el ceño.
—Llegaremos a Kearny en una hora. Si se mueve, avísame. —Dicho eso, colgó.
—Déjame adivinar. ¿Era el novato de los Reyes al que tienes vigilando Magnolia Hills? —pregunté.
Él negó con la cabeza.
—No. La compañera a la que puse a seguir a Redding. Ahora mismo está en Weyhome.
Tratando de asimilar la noticia, arrugué el entrecejo.
—¿No es de donde son los Jokers?
—Sí, y Redding acaba de entrar en su local. El cabrón ni siquiera intenta ser discreto.
—¿Crees que allí estará a salvo la compañera a la que tienes siguiéndolo?
—Es exagente de la HUMINT —señaló—. Estará bien.
Se refería a la «inteligencia de fuentes humanas», la versión militar de los espías: personas que se adentraban en territorio enemigo y se mezclaban con la población local para enviar información al cuartel general.
Espiar a una banda rival de moteros debía de ser pan comido para una mujer con ese tipo de experiencia, de modo que me relajé un poco en el asiento mientras subíamos por el camino.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer? —pregunté.
—Vamos a ir a entregar esta mierda —dijo Jakob señalando con el pulgar las bolsas que había en la parte de atrás—. Y luego esperaremos a que nos digan hacia dónde se dirige Redding cuando salga de Weyhome.
—¿Vamos a ir tras él? —quise saber.
Jakob negó con la cabeza.
—Todavía no.