Capítulo 16
La nana no tenía un buen día. Como era de esperar, despertarse en un lugar desconocido rodeada de extraños la había desconcertado.
Cuando Jakob y yo salimos de nuestra pequeña mazmorra sexual, todos almorzamos juntos en el patio de atrás mientras Molly iba y venía de una persona a otra bajo la mesa, mirándonos con sus enormes y expresivos ojos para que le diéramos las sobras.
La brisa que soplaba desde el prado ahuyentó a los mosquitos de tamaño jurásico que plagaban esa zona de Texas y mantuvo a raya el exceso de calor.
Mientras comíamos, Jakob y sus padres respondían a las preguntas de la nana sobre quiénes eran ellos y yo me encargaba de las relacionadas con qué hacíamos nosotras allí.
Por la tranquilidad con la que los Larson manejaban la situación, nada hacía pensar que algo iba mal, y sentí una extraña mezcla de gratitud y tristeza por que ya hubieran pasado por aquello con la abuela de Jakob.
—Gracias por el almuerzo —le dije a Jennifer un rato después, mientras recogíamos.
—De nada —contestó ella mirando más allá de mí—. Ya me encargo yo de esos, cariño.
Liam le entregó una pila de platos que había retirado de la mesa y luego se fue a por más.
Jakob estaba delante del fregadero, enjuagando platos antes de meterlos en el lavavajillas.
Los clubes de moteros y la gente que se unía a ellos a veces podían ser sorprendentemente retrógrados, y el hecho de que hubiera muchas mujeres tanto en los Reyes como en los Espectros no significaba que no se las encasillara a menudo en los roles de género tradicionales o se las tratara como miembros «de segunda».
Cuando llegué a casa de los Larson, no sabía cómo iba a ser la dinámica familiar, por lo que ver a Liam y a Jakob ayudando en la cocina fue una sorpresa de lo más agradable.
Aunque, pensándolo bien, tal vez podía haber anticipado algo así después de pasar la noche en el impecable apartamento de Jakob.
—¿Qué puedo hacer? —pregunté echándoles un vistazo a los platos que Jennifer tenía en las manos.
Ella miró a través de la puerta de cristal, hacia la cómoda tumbona en la que estaba la nana.
—Podrías ir a sentarte un rato con ella.
Asentí y los dejé trabajar. Tenía razón.
Mi abuela necesitaba ver un rostro conocido más que ellos otro par de manos.
No es que hubiera estado evitando quedarme a solas con ella, pero sí me sentía muy culpable por no saber qué decirle.
Era culpa mía que estuviéramos allí. Si me hubiera mantenido al margen de los asuntos de los Reyes, quizá ella seguiría en su apartamento y tendría otro de sus días buenos.
Respiré hondo y salí a sentarme con mi abuela, recordándome a mí misma que allí ella no estaba a salvo.
Que tuviera un mal día por encontrarse en un entorno nuevo era mejor que exponerla al peligro en un lugar lleno de pandilleros infiltrados que ya le habían robado una receta y podrían estar preparándose para sisarle otra.
Pero eso no significaba que tuviera que gustarme.
Y, desde luego, no me servía de gran ayuda a la hora de aliviar mi persistente culpa.
Ella me había cuidado increíblemente bien durante muchos años, incluso cuando era una adolescente insoportable que siempre andaba metida en líos, y sentía que, ahora que me tocaba a mí cuidar de ella, le estaba fallando.
—Hola —saludé mientras me dejaba caer en la tumbona de al lado.
Ella se volvió hacia mí, con la melena oscilante por la brisa. Lucía una sonrisa de oreja a oreja y, bajo la luz del sol vespertino, aparentaba menos edad y más salud de las que tenía.
«Puto alzhéimer», pensé por millonésima vez desde su diagnóstico.
—Aquí se respira paz… —dijo.
Asentí y me giré para contemplar las vistas.
—La verdad es que sí.
La brisa amainó y, abajo, a lo lejos, oí el discurrir del agua a lo largo de las orillas, como si el río no fuera tan lento y letárgico como había supuesto al principio.
—Tienes un pretendiente muy guapo —afirmó con un tono burlón, y yo me volví hacia ella.
—Yo también lo creo —respondí.
No tenía sentido llevarle la contraria. Había vuelto a presentarle a Jakob antes de sentarnos a almorzar —se había olvidado de él durante la noche— y, si me guiaba por su primer encuentro, intentar convencerla de que no éramos pareja parecía una batalla tan perdida que sería estúpido librarla por segunda vez.
—Y sus padres parecen majos —añadió—. Sobre todo dadas las circunstancias. No habría mucha gente dispuesta a acoger a dos mujeres que están en el punto de mira de una organización criminal.
Asentí, pero mantuve la boca cerrada. A veces, cuando la nana tenía un mal día, se enfadaba con facilidad, y no me pareció prudente decirle que las personas a las que acababa de calificar de «majas» también formaban parte de un grupo delictivo.
—¿Cuánto tiempo crees que tendremos que quedarnos aquí escondidas? —preguntó.
—No mucho, espero. Ayer, cuando hablé con la policía, me dijeron que iban a abrir una investigación en Magnolia Hills.
—¿Piensas arreglar tu apartamento cuando sea seguro volver a casa? —quiso saber.
Le había ofrecido un breve resumen de los últimos días, sin entrar en su implicación en buena parte de lo ocurrido para que no se sintiera mal ni se enfadara por haber olvidado algunas cosas.
Me mordí el labio mientras meditaba su pregunta.
Había estado evitando a conciencia pensar en mi apartamento destrozado.
Ese lugar había sido mi refugio desde que me mudé al pueblo.
Me había esforzado mucho por hacer nido, pues anhelaba tener un sitio que por fin considerara mío .
Entre lo mucho que nos mudábamos cuando era más joven y que mis primeros años como adulta me los pasé viviendo en cuarteles o alojamientos militares transitorios, no estaba muy familiarizada con el concepto de hogar, y eso es justo lo que quería que fuera mi apartamento.
Después de lo sucedido, me resistía a la idea de volver.
Alguien ya lo había profanado y no creía que volviera a parecerme el espacio seguro y acogedor con el que tanto había soñado.
—No creo que pueda arreglarlo —le respondí a la nana.
—Ay, cariño —dijo estirándose para cogerme la mano—. Lo siento mucho.
Asentí, conteniendo las lágrimas.
—Ya lo sé. Yo también lo siento.
Su expresión se endureció.
—Tú no tienes nada que sentir. Esto no es culpa tuya.
Tragué saliva para bajar el nudo que se me estaba formando en la garganta e intenté digerir sus palabras. Creérmelas.
Detrás de nosotras se oyó un zumbido suave, y las dos nos dimos la vuelta y vimos a Jakob empujando la puerta corredera.
—Madre mía, menudo ejemplar —soltó la nana bajando la voz para que él no la oyera… Gracias a Dios—. Puede que no sea guapo al estilo clásico, pero no te cansas de mirarlo, ¿verdad?
Tuve que asentir con la cabeza. Sí, así era.
Mi abuela me miró, se echó a reír y luego se levantó de la tumbona.
—Creo que voy a ver si Jennifer necesita ayuda.
—No la necesita —me apresuré a responder para que la nana se quedara fuera; apenas habíamos pasado cinco minutos juntas.
—Ya, bueno —añadió mirándonos alternativamente a Jakob y a mí—, creo que voy a entrar de todos modos.
Al cruzarse con él, le dio una palmadita en el brazo mientras le sonreía con ternura.
—Pórtate bien con mi pequeña.
—Sí, señora —contestó él.
Ella se inclinó y le susurró sin mucho disimulo:
—A veces es más terca que una mula. Necesita un hombre guapo y fuerte como tú que le plante cara.
Jakob dibujó una sonrisa de lo más maliciosa mientras se volvía hacia mí y entonces recordé que habíamos mantenido esa misma conversación hacía unos días.
Entrecerré los ojos. «Joder, Jakob, ni se te ocurra».
—Uy, sé perfectamente lo terca que puede llegar a ser —contestó él alargando las palabras.
Iba a matarlo. Ya era bastante desagradable tener que oír dos veces esa conversación. Al menos la nana tenía una excusa para repetir lo mismo, pero no hacía falta que Jakob se mostrara tan satisfecho al volver a oírlo.
Mi abuela se rio y entró en casa.
Mientras Jakob se acercaba a mí, yo negaba con la cabeza, pero, debajo de aquel cabreo, una parte de mí se sentía casi…
«agradecida» (seguramente no era la palabra adecuada) de que la nana lo conociera así y no recordara la presentación anterior, mucho más tensa debido a que Jakob y yo nos estábamos portando fatal el uno con el otro.
Sí, definitivamente , «agradecida» no era la palabra adecuada, porque ¿cómo iba a sentirme así por una enfermedad que le había robado esos recuerdos?
Quizá llevaba tanto tiempo buscándole el lado positivo al alzhéimer que mis reacciones a cómo le afectaba a mi abuela comenzaban a desviarse tanto como mi brújula moral.
Sin darme tiempo a analizar ese inquietante pensamiento, Jakob se puso delante de mí. Levanté una mano para protegerme los ojos y mirarlo.
—Estás muy guapa cuando te cabreas —dijo.
—Vuelve a tratarme con condescendencia, venga —le espeté bajando la vista hasta su cintura.
Tenía la entrepierna a tiro y, aunque no llegara a golpearle en la polla, si fingía que le lanzaba un puñetazo y él se echaba para atrás, podría vacilarle por siempre jamás.
Como si me estuviera leyendo el pensamiento, se acuclilló frente a mí. Me miró a los ojos y vi cómo la alegría se desvanecía de su rostro.
—Tenías razón —dijo con tono sombrío—. La doctora Perez no está metida en el ajo.
A pesar del calor, se me puso la piel de gallina.
—¿Qué ha pasado?
—Ha llamado un amigo de mi padre. La policía de Mayville la ha encontrado esta mañana.
Mayville era el pueblo de al lado, un poco más distinguido que Kearny. Es donde viviría alguien con los ingresos de la doctora Perez.
Me agarré a los brazos de la tumbona.
—¿Está…? —Dios, no era capaz de decirlo.
—Está viva —respondió Jakob.
Solté un profundo suspiro y me incliné hacia delante en el asiento.
Él me puso una mano en la nuca y me la masajeó un poco, como si intentara calmar mi ansiedad.