Los reyes de Kearny Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Cuando todo pasó, salió de mí y me dio la vuelta para ponerme boca abajo.

El colchón descansaba sobre una plataforma bastante baja, así que, con las caderas flexionadas como estaba, me incliné hacia delante y apoyé mi torso sudoriento sobre las sábanas.

Aún me estremecía con las réplicas de mi potente orgasmo cuando Jakob me agarró por las caderas y, con una embestida suave, me la clavó por detrás.

Pensé que a esas alturas aceleraría el ritmo.

Sentía su polla enorme en mi interior; debía de estar a punto de correrse.

Sin embargo, mantuvo el mismo tempo tortuoso y, cuando llevó una mano hasta mi clítoris para acariciarlo con los dedos, supe que aún no había terminado conmigo.

Apreté las sábanas con los puños, buscando algo a lo que agarrarme.

—No puedo —gemí.

Si volvía a correrme, iba a sufrir un aneurisma. Lo tenía claro.

—Claro que puedes —replicó Jakob con voz grave y exigente—. Dame otro, Krista.

En cuanto aceleró los dedos sobre mi clítoris, me puse a empujar las caderas contra sus embestidas, moviéndome de forma instintiva mientras perseguía otra ráfaga liberadora que me derritiera la mente.

«Uf, no», pensé al notar una dolorosa presión acumulándose en mi interior.

Era imposible que sobreviviera a otro, ¿no?

Pero era como si mi segundo orgasmo nunca hubiera desaparecido del todo y enseguida me vi obligada a hundir la cara en las sábanas para ahogar los agudos gemidos de placer que salían de mi boca.

Un segundo después caí al vacío, arqueé la espalda y eché las caderas hacia atrás. Menos mal que el aire acondicionado y esa lavadora cercana estaban puestos; de lo contrario, cualquiera que pasara por allí oiría el sonido de la carne al chocar.

Los dedos de Jakob abandonaron mi clítoris y aterrizaron en mi cadera sana.

Con la otra mano me agarró por el hombro.

Me atrajo hacia él y empujó con fuerza, y su polla se puso rígida dentro de mí al tiempo que mi orgasmo desencadenaba el suyo.

La sensación de sus latidos contra mi cérvix prolongó mi placer y, cuando este se desvaneció, me derrumbé, agotada.

Jakob se deslizó fuera de mí y me levantó del colchón, abrazándome contra él. Estábamos empapados en sudor. Sentía su corazón latiendo en la espalda, así que todo apuntaba a que se había corrido con tanta intensidad como yo.

—Virgen santa —jadeé.

Tres orgasmos. Me temblaban los muslos. Si no hubiera sido porque Jakob tenía los brazos alrededor de mi cintura, me habría desplomado en el suelo como un trozo de carne muerta.

Llevó los labios hasta mi cuello y soltó un gruñido de satisfacción.

—Sabía que te quedaba otro.

—No te vengas muy arriba. Casi me matas.

—Qué va —replicó—. Ya te acostumbrarás.

¿A tener tres orgasmos seguidos?

—¿Estás seguro de que no es peligroso? —pregunté con un hilo de voz aguda.

Él se rio entre dientes y la vibración de su risa me recorrió de tal manera que provocó otra pequeña oleada de placer que me sacudió por dentro. Era como si hubiera desencadenado un terremoto en mi interior.

—Venga —dijo—. Tenemos que ducharnos.

Me ayudó a ponerme de pie y yo refunfuñé cuando sentí una punzada en la cadera.

Mierda, cómo dolía. Entre el segundo y el tercer orgasmo, en algún momento me había pinzado un nervio.

Lo sentí; un extraño pinchacito de dolor que, por experiencia, sabía que luego iría a peor, aunque en caliente apenas lo había notado.

Jakob vio mi mueca de dolor y, sin darme tiempo a protestar, me cogió en brazos y me llevó a zancadas hasta su cuarto de baño.

Había una bañera con patas gigantesca que se alzaba bajo una hilera de ventanas bajas con vistas al río.

Me dejó en el suelo y abrió el grifo. Yo me apoyé contra el lavabo doble mientras él echaba una buena cucharada de sales de Epsom en la bañera.

Unos segundos después, el familiar y relajante aroma del eucalipto me llegó a la nariz.

Jakob iba de un lado para otro con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, como si estuviera enfadado. No era fácil interpretar sus emociones, debido a su perpetua cara de pocos amigos, pero por la rigidez de sus hombros pensé que a lo mejor en ese momento sí que estaba mosqueado.

Unos minutos después nos metimos juntos en la bañera, con él a mi espalda, sujetándome. Me puso la mano en la cadera y empezó a masajearme la articulación lesionada.

—¿Por qué estás de mala leche? —pregunté.

—¿Por qué no has dicho nada? —replicó enseguida.

Apoyé la cabeza contra su pecho y cerré los ojos mientras él ponía los dedos manos a la obra con mis músculos doloridos.

—¿Sobre la pierna?

Contestó con un ruido sordo.

—No ha empezado a dolerme hasta que se han disipado las endorfinas —expliqué.

Él soltó un gruñido que sonaba a incredulidad, así que ahora me tocaba a mí sentirme molesta.

—Jakob, no soy una flor delicada y marchita —afirmé—. Tengo voz propia. Si algo me duele demasiado como para que sigamos, te lo haré saber.

Detuvo los dedos sobre mi piel y noté la agitación de su pecho mientras cogía aire con fuerza.

—No quiero hacerte daño.

Me derretí un poco. Su voz era grave, insistente, con un tono cargado de una emoción que me nublaba la mente. Era como si sus palabras tuvieran un significado más profundo, como si no quisiera que me hicieran daño nunca , ni física ni emocionalmente.

Antes de ponerme a darle demasiadas vueltas al asunto, giré la cabeza y atraje su rostro hacia el mío.

—Pues no lo hagas —dije sellando sus labios con los míos.