Capítulo 14 #3
Yo me reí entre dientes y comencé a alejarme renqueando, contenta de que ella hubiera roto la tensión.
Qué curioso, podía mantener la cabeza fría frente a una borracha beligerante, pero, en cuanto Jakob empezaba a darme órdenes, los frenos de mi carácter se averiaban.
No le había mentido a la nana cuando le dije que igual acabábamos matándonos.
Amanda me guiñó un ojo al pasar.
—La primera ronda corre de mi cuenta la próxima vez que vayáis al bar —les dije a las dos mujeres.
—Te tomamos la palabra —respondió Amanda.
No sabía si era por el dolor o porque la energía de la fiesta había cambiado, pero mientras nos íbamos ya no sentía la tentación de unirme al desenfreno.
Ni siquiera me excité al ver a dos personas follando contra una pared, medio ocultas entre las sombras del porche.
Lo único que quería era volver a casa de los padres de Jakob y dormir doce horas seguidas.
Menos mal que al día siguiente no tenía que trabajar.
Desde que habíamos llegado, la casa había pasado de estar sucia a ser un desastre y, muy a mi pesar, me supo mal por Daniel y Eva. ¿Quién iba a limpiar todo aquello por la mañana? ¿Tiraría él de autoridad y ordenaría a algunos de los nuevos reclutas que lo hicieran? Si así era, no los envidiaba.
Le eché un vistazo al comedor cuando pasamos por delante y me arrepentí en el acto.
Habían potado ahí dentro. Pero a chorros, como en El exorcista .
El vómito estaba diseminado por una de las paredes y se había incrustado en la alfombra, como si la gente lo hubiera pisado.
Me estremecí y, a partir de ese momento, mantuve la vista fija al frente.
La pierna me dolía a rabiar y caminaba con pasos lentos y vacilantes.
Pensar en los analgésicos que llevaba en el bolso, en la parte de atrás del coche, era lo único que me impedía tirar la toalla y dejar que Jakob me sacara de allí en brazos.
Suspiré aliviada cuando doblamos la esquina de un pasillo y la puerta principal apareció ante nuestros ojos.
A mi derecha, un collage de fotos cubría una pared en la que se exhibía la vida de Eva y Daniel King.
Había fotos de ella de adolescente con un precioso vestido de quinceañera que le llegaba hasta los pies, rodeada de los que debían de ser sus familiares.
Era joven, hermosa y rematadamente feliz.
Cerca había una en la que salían ella y Daniel el día de su boda, los dos con una sonrisa de oreja a oreja mientras bailaban una pieza lenta.
Cuando deslicé la mirada hacia el siguiente marco, frené en seco.
Jakob paró detrás de mí y me pasó un brazo alrededor de la cintura, sosteniéndome.
—¿Estás bien?
Había dos moteros apoyados contra una pared, cerca de la puerta principal. Levantaron la vista al oírlo. Debía andarme con cuidado. No los conocía, pero estaba segura de a quién le eran leales.
Mi respuesta fue girarme entre los brazos de Jakob y darles la espalda a esos hombres. Me puse de puntillas y lo besé. Quería que fuera un pico rápido, pero él abrió los labios y no sé qué hizo con la lengua que me dejó sin sentido.
Al final me obligué a apartarme.
Jakob frunció el ceño, con los ojos ensombrecidos.
—Pensaba que era un gilipollas mandón —dijo en voz baja.
—Y lo eres —le aseguré.
No solía mostrarme muy afectuosa en público, pero necesitaba que aquello pareciera real. Llevé las manos a la parte superior de su pecho, hundí los dedos en la chupa de cuero y lo atraje hacia mí, dándole besos en el cuello hasta que llegué a su oído y susurré:
—Mira la foto que tenemos al lado. La que está a la izquierda del retrato de la boda.
Él deslizó las manos hacia abajo para agarrarme el trasero y giró un poco la cabeza, lo justo para que yo le mordisqueara el lóbulo de la oreja.
Supe el momento exacto en el que vio la foto a la que me refería.
Se puso rígido y me clavó los dedos antes de obligarse a relajarlos.
Luego se volvió hacia mí y me rozó los labios con los suyos.
Cualquiera que nos viera, pensaría que nos estábamos besando, pero apenas nos tocábamos la boca.
—Vámonos de aquí cagando leches —susurró.
Asentí y me aparté, echándole un último vistazo a la foto antes de salir por la puerta.
Era de la época de Daniel en el Ejército.
Aparecía junto a otros soldados, todos con los brazos sobre los hombros de sus compañeros.
Llevaban el camuflaje claro correspondiente al uniforme oficial del desierto y, detrás de ellos, las dunas de arena se extendían hacia el horizonte.
Los hombres y las mujeres enmarcados parecían demacrados pero felices, como si acabaran de ganar una dura batalla.
Daniel tenía el brazo sobre un soldado de rostro aniñado que apenas habría cumplido los dieciocho.
Con diez años más, veinte kilos extra de músculo en su esbelta complexión y la cara un poco más redonda, era el vivo retrato del gerente de Magnolia Hills que había visto antes en la comisaría.
Redding, según la etiqueta de identificación que llevaba en el pecho.
Jakob debía de haber visto esa foto cientos de veces al pasar por el vestíbulo de Daniel.
Por eso aquel hombre le había resultado familiar.
Caminamos hacia el Mustang en silencio. La noche era calurosa, pero el escalofrío que me recorrió la espalda me dio ganas de temblar. Cuando llegamos al coche, Jakob lo abrió y yo me subí y saqué el teléfono de la guantera, donde lo había guardado.
—¿Qué haces? —preguntó él.
Levanté un dedo y marqué el número de la residencia de ancianos.
—Hola, ha llamado a Magnolia Hills —anunció la recepcionista de noche—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estoy intentando localizar al señor Redding —expliqué—. ¿A qué hora llegará mañana?
—Sobre las ocho, en principio.
—Muchas gracias —dije antes de colgar.
Me volví hacia Jakob. Tenía una expresión meticulosamente impasible.
—A ver si me aclaro. El líder de tu club de moteros sirvió en la misma unidad que el hombre que dirige la operación de drogas de una banda rival.
Dicha operación ha invadido el territorio de los Reyes y podría desestabilizar vuestro control sobre Kearny y arrastraros a ambas bandas a un conflicto abierto.
Jakob metió las llaves en el contacto y arrancó el coche. El motor rugió al encenderse.
—Puede que no signifique nada —señaló.
Arrugué el entrecejo.
—Eso no te lo crees ni tú.
Me miró de reojo y negó con la cabeza.
—No. No me lo creo.