Los reyes de Kearny Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Sin problema —contestó echándose un poco a un lado.

La mujer que estaba junto a ella se volvió hacia mí en cuanto me senté.

Yo me la quedé mirando. No pude evitarlo; estaba impresionante con esa piel tan pálida brillando como el alabastro pulido a la luz del fuego.

Su espesa melena rubia se movía con la brisa.

Me clavó sus ojos azules, ligeramente enrojecidos por los bordes, sin dejar de mecerse.

Si estuviéramos en el bar, empezaría a plantearme dejar de servirle.

—¿Te estás tirando a Jakob? —balbuceó.

Guau. Que empiece la fiesta.

—¿Quién lo dice? —pregunté.

Ella echó un vistazo alrededor y luego me miró como si yo fuera idiota.

—Todo el mundo.

—Vale —respondí.

Durante los últimos tres meses había aprendido que, ante una persona borracha, lo mejor era mantenerse lo más neutral posible.

Entrecerró los ojos.

—Entonces ¿es verdad?

Me encogí de hombros.

—Claro.

Se inclinó por delante de la mujer que estaba entre nosotras.

—Yo antes me lo tiraba.

La otra intentó empujarla hacia atrás.

—No seas zorra, Amanda.

Amanda la fulminó con la mirada.

—No me digas lo que tengo que hacer, Emily.

Esta se giró hacia mí.

—Pasa de ella. Ha tenido un mal día.

Miré alternativamente a una y a otra.

—Son cosas que pasan.

Amanda volvió a inclinarse hacia mí, girándose para mirar al otro lado de la hoguera, donde Jakob y Daniel estaban enfrascados en una conversación.

—Cuando estábamos juntos, no podía quitarme las manos de encima. Si aún siguiera con él, me habría arrastrado de un tirón a su regazo, nunca me habría enviado a sentarme a otro sitio.

—Vale —repetí, porque ¿qué otra cosa le iba a decir?

Estaba claro que quería discutir, y otra de las lecciones que había aprendido en el Charley’s era que no servía de nada razonar con una persona borracha.

Sonrió. Su expresión no era amistosa.

—No le debes de gustar mucho.

Suspiré.

—¿Por qué no nos dejamos de tonterías y simplemente me dices qué esperas sacar de esta conversación?

Alargó el brazo y me dio un empujón en el hombro.

—Ah, ¿quieres pelea? —pregunté—. Te he visto en el bar. Soy quince centímetros más alta que tú y tengo unos quince quilos más de músculo. Además, yo estoy completamente sobria. No vas a acabar bien.

Intentó empujarme de nuevo, pero Emily la agarró.

—Para ya, Amanda. Estás borracha. —Se volvió hacia mí—. Lo siento mucho. No suele comportarse así.

—No pasa nada —le dije. Miré a la otra—. ¿Te corrías con Jakob?

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Cuando estabas con él, ¿te corrías?

Se echó hacia atrás.

—Eso no es asunto tuyo.

Me encogí de hombros.

—No, pero dame el gusto.

—Sí que me corría. —Su sonrisa era mordaz—. Hasta dos o tres veces cuando follábamos.

Reaccioné con alegría.

—Bueno, pues ya tengo algo con lo que ilusionarme.

Arrugó el entrecejo. Evidentemente, esa no era la respuesta que esperaba.

—Mira —proseguí—. ¿Qué te parece si, en vez de pelearnos por algo que nos va a hacer quedar como unas mezquinas y unas celosas, nos felicitamos por haber elegido acostarnos con un hombre que sabe dónde está el clítoris?

Me miró con los ojos entornados, pero no parecía enfadada, sino como si estuviera esforzándose por entender mis palabras.

No la envidiaba. Pensar con un colocón de ese calibre no era fácil.

Yo también había hecho algunas estupideces y me había comportado de forma impropia cuando iba piripi, y por eso estaba dispuesta a ser lo más paciente posible con ella.

—Venga ya —le soltó Emily—. Krista siempre ha sido maja contigo. Y a ti ya ni siquiera te gusta Jakob. —Amanda levantó la vista hacia su amiga, que le acarició la espalda—. No pasa nada.

La otra parecía a punto de llorar.

—Mierda. Tienes razón. —Se volvió hacia mí—. Perdona.

—No te preocupes —respondí—. ¿Por qué has tenido un mal día?

Miró a su izquierda, a un grupo de hombres reunidos alrededor de una mesa de pícnic.

—Mi novio no sabe dónde está el clítoris.

Cuando se rompió la tensión entre Amanda y yo, acabé llevándome bastante bien con las dos mujeres.

Nos pasamos una hora entera hablando allí sentadas.

Emily pertenecía a los Reyes, así que era excombatiente.

Había estado en el Ejército de Operaciones Terrestres, como Jakob, y, mientras caía la noche y la fiesta bullía, nos recogimos en nuestro pequeño rincón junto al fuego e intercambiamos anécdotas de guerra.

Amanda se había pasado al agua tras nuestra pequeña polémica y empezaba a recobrar la sobriedad.

Me contó que había nacido y se había criado en Kearny.

Sus padres eran los dueños de la panadería del pueblo, iban a misa todos los domingos y estaban muy implicados en las distintas juntas y clubes de Kearny, así que le llegaban los mejores cotilleos.

Resulta que su novio sí sabía dónde estaba el clítoris, pero antes se la veía tan enfadada porque últimamente él se comportaba como un capullo con ella, hasta el punto de que estaba pensando en dejarlo.

—¿Y tú? —le pregunté a Emily—. ¿Sales con alguien de por aquí?

En respuesta, levantó la mano izquierda, mostrando un anillo de boda.

—Trabaja en una plataforma petrolífera que hay frente a Corpus Christi.

—¿Cómo son sus turnos? —pregunté.

Había conocido a algunos trabajadores de plataformas cuando me mudé más cerca de la costa y, por lo visto, los horarios podían ser brutales.

—Se va dos semanas seguidas —dijo—. Cuando está allí, trabaja siete días a la semana, doce horas al día. Pero luego vuelve a casa otras dos semanas y tiene todo ese tiempo libre, así que no está tan mal.

Amanda llevó la vista de Emily hasta mí.

—No te dejes engañar. Siempre está preocupada cuando él está fuera.

La aludida se encogió de hombros.

—Quizá porque cualquier error puede provocar una explosión gigantesca y un terrible derrame de petróleo.

—¿Ha pensado en dejarlo? —pregunté.

Ella asintió.

—Lo hablamos siempre que viene a casa, pero por aquí nadie paga lo mismo ni ofrece tantas prestaciones.

Amanda dejó el vaso de agua a sus pies.

—Están construyendo una fábrica de coches unos pueblos más allá. Se supone que eso traerá unos diez mil puestos de trabajo a la zona.

Emily negó con la cabeza.

—Ya lo hemos mirado. El sueldo inicial de un operario es solo la mitad de lo que gana ahora.

Me recosté en el asiento.

—Joder.

Frente a nosotras, Daniel King soltó una risotada tan fuerte que ahogó las siguientes palabras de Amanda.

Ella le lanzó una mirada de reproche que yo seguí hasta él.

Se habían ido congregando más moteros a su alrededor mientras yo charlaba con Amanda y con Emily, y ya contaba con todo un séquito al otro lado del fuego.

Jakob seguía sentado junto a él. Pensaba que le iba a caer otra bronca, pero Daniel, con más pinta de sociópata que nunca, siempre estaba sonriendo cuando yo miraba.

Jakob se había apartado un poco de él mientras hablaba con otro matón de los Reyes que estaba sentado a su otro lado.

La luz de la hoguera jugaba con los ángulos de su rostro, acentuando sus facciones.

Detrás de él, la bacanal seguía rugiendo con furia y los miembros del club comían, bebían, se peleaban y follaban como si intentaran resucitar a un dios de la depravación muerto hacía mucho tiempo.

El matón le dijo algo a Jakob, que asintió y le dio un trago a su cerveza.

Yo misma me había tomado dos durante el rato que había estado ahí sentada, pero, en lugar de animarme, el alcohol no había hecho más que agravar mi agotamiento.

Quería irme. El banco de madera era incómodo y empezaba a dolerme la pierna.

Como si hubiera sentido que lo observaba, Jakob me clavó la mirada desde el otro lado del fuego.

Lo había hecho bastante desde que nos habíamos sentado: a veces se me quedaba mirando fijamente un buen rato mientras hablaba; otras solo me echaba un rápido vistazo, como si quisiera comprobar que seguía allí.

Cruzamos la mirada.

—¿Estás lista? —gesticuló con la boca.

Asentí.

Él dejó la cerveza y se puso de pie.

Me volví hacia las mujeres que tenía al lado.

—Nos vamos a ir.

Amanda miró a Jakob.

—No te conformes con menos de dos orgasmos.

Sonreí.

—De acuerdo.

Me había hecho reír unas cuantas veces mientras hablábamos. Su sarcasmo y su capacidad de autocrítica hicieron que me alegrara de haber evitado el altercado.

Me levanté del banco y me detuve un segundo, respirando para sobrellevar el dolor. Joder , qué agonía.

Emily se puso de pie y me cogió del codo para sujetarme.

—¿Estás bien?

Asentí con la cabeza.

—Tengo una lesión en la pierna. Se me pasa enseguida.

En realidad, eso no lo sabía. Se me había instalado un dolor intenso y punzante en la cadera.

La rodilla tampoco la tenía muy allá. Entre la pelea del ascensor y el esprint por el pasillo de la residencia, ese día me había exigido demasiado.

Sentarme en un banco duro como una piedra no había hecho más que empeorar las cosas.

Jakob observó mi cara y se acercó.

—Ya me encargo yo —le dijo a Emily.

Ella asintió y volvió a sentarse.

Él se pegó a mí y me deslizó un brazo por la espalda, como si se dispusiera a levantarme.

Le puse una mano en el pecho para detenerlo. La pared de músculos pectorales sobre la que apoyé la palma parecía impenetrable.

—Si me sacas de aquí en brazos, nunca me lo perdonaré. Déjame caminar.

Su expresión se volvió hermética.

—Si te caes, tampoco te lo perdonarás.

—Diré que estaba borracha.

Él negó con la cabeza.

—Joder, qué testaruda.

—Joder, qué mandón —le espeté.

Emily hizo un ruidito extraño detrás de nosotros. Parecía como si estuviera conteniendo la risa.

Jakob la ignoró, cerniéndose sobre mí con la boca apretada.

—Si veo que vas a caerte, te echo sobre mi hombro. Prefiero tratar contigo enfadada que dolorida.

—Todo un caballero… —apuntó Amanda con voz soñadora.

Jakob la miró con gesto serio.