Capítulo 14
No tenía ni idea de cómo lo hacían Daniel y Eva King.
Si yo viviera en una casa tan bonita como la suya, nunca permitiría que entraran cinco moteros borrachos, y menos aún cincuenta.
El ruido era ensordecedor. La gente chillaba para hacerse oír por encima de la música.
Entre los gritos, los inesperados estallidos de carcajadas atronadoras y algún que otro idiota dando acelerones con la moto en el exterior, estuve a punto de taparme los oídos.
Jakob me condujo por la planta baja como si estuviera cumpliendo una misión.
Entrelazó los dedos con los míos en cuanto pusimos un pie en la casa y prácticamente me arrastraba detrás de él, alzando con sutileza la barbilla para responder a los saludos que iba recibiendo a su paso.
Quizá provocarlo no había sido muy buena idea.
A pesar de que nos habíamos visto obligados a estar juntos casi las veinticuatro horas de los últimos días, todavía no sabía gran cosa de él.
Vale, había bajado la guarda un par de veces y se había mostrado más o menos juguetón, pero en ese momento no sabría decir si había cruzado algún tipo de línea excitándolo.
Para mí no eran más que preliminares, pero, por sus marcados músculos de la mandíbula, Jakob parecía más cabreado que cachondo.
Recorrimos un pasillo que atravesaba el centro de la casa y fuimos a parar a un salón.
A mi izquierda, un hombre muy corpulento gesticulaba al hablar, con una cerveza en la mano.
La espuma se le salía a borbotones de la lata y caía al suelo de madera.
Él o no se daba cuenta, o le daba igual.
La mujer con la que conversaba le echó un vistazo al estropicio que se había montado, pero no parecía tener ninguna prisa por ponerse a limpiar lo del borracho.
Pasamos junto a ellos y entramos en la cocina.
Tenía que ir tirando de los pies cada pocos pasos para despegar las suelas de las baldosas, cubiertas de otras bebidas derramadas y sabe Dios de qué más.
En un rincón había un cubo enorme de basura a rebosar.
El humo del tabaco y la marihuana se mezclaban en el aire, creando una nube tóxica sobre nosotros.
Era como si hubiera vuelto al instituto y hubieran montado un fiestón aprovechando que los padres se habían ido.
Aquello parecía más una juerga de adolescentes, carentes de respeto por las cosas ajenas, que de adultos ya creciditos.
Fijé la mirada en la espalda de Jakob. Yo era una persona bastante ordenada y ver todas aquellas latas de cerveza cubriendo cada centímetro de superficie disponible me ponía de los nervios. ¿Qué se le estaría pasando por la cabeza a un fanático de la limpieza como él?
Le tiré de la mano.
Él se detuvo y se volvió hacia mí, enarcando una ceja con gesto inquisitivo.
Gesticulé con la cabeza hacia el fregadero desbordado.
—¿Quieres que te busque unos guantes y un cepillo?
Por su mirada inexpresiva, deduje que había entendido la broma, pero que no le había hecho gracia.
Le sonreí.
Él meneó la cabeza y siguió caminando, tirando de mí.
Frente a nosotros, un conjunto de puertas acristaladas se abría hacia un gran porche.
Cogí una bocanada de aire fresco en cuanto estuvimos afuera.
Unas antorchas tipo tiki flanqueaban las barandillas que había alrededor, manteniendo a raya a los insectos más molestos gracias a su aceite con aroma a citronela.
La terraza estaba abarrotada de gente comiendo y bebiendo.
A la izquierda, un hombre gigantesco con delantal volteaba unas hamburguesas en la parrilla al aire libre.
Una motera joven pasó corriendo a su lado y vomitó por encima de la barandilla mientras sus amigas se reían de ella.
Aparté la mirada, algo revuelta, y contemplé la escena que tenía lugar alrededor.
El patio trasero era enorme, con un jardín que podía haber costado fácilmente cien mil dólares.
Al fondo, un imponente muro de contención retenía una pequeña colina.
La piscina, de dimensiones olímpicas, se hundía en el centro y estaba equipada con trampolines, toboganes y un pequeño ejército de tumbonas.
Alrededor había zonas de descanso, pérgolas, mesas de pícnic, una cascada que desembocaba en lo que parecía un río artificial, dos braseros de exterior y aún más moteros borrachos.
Mientras contemplaba a la multitud, se me vino a la mente la palabra «lupercalia».
Era una antigua fiesta romana que giraba en torno al sexo y a la matanza de animales.
Los Reyes parecían estar haciendo todo lo posible para volver a ponerla de moda.
La piscina estaba repleta de personas en diversos grados de desnudez.
Un hombre blanco en pelotas de estatura y complexión medias se había acercado al borde, con las manos levantadas por encima de la cabeza mientras gritaba.
Su polla, completamente erecta, era descomunal.
Como la de una estrella del porno. Alguien le lanzó una lata de cerveza desde la piscina y él saltó en bomba, tratando de caerle encima.
En un jacuzzi contiguo, un hombre y una mujer le daban al tema como conejos, sin preocuparse por la gente que había ahí dentro con ellos ni por los que estaban cerca, que los miraban embelesados.
Aparté la vista de la pareja cuando dos mujeres se levantaron de una mesa de pícnic que había al fondo y comenzaron a darse de hostias.
Cuando vi que unos moteros se abalanzaban hacia ellas, pensé que iban a separarlas, pero en vez de eso se unieron a la pelea y formaron una pequeña reyerta en su rincón del patio.
Iba demasiado sobria para esa mierda.
Jakob se volvió hacia mí.
—Como un turno ruidoso en el bar, ¿eh?
Le devolví la misma mirada inexpresiva que él me había lanzado en la cocina e intenté soltarle la mano. Había una nevera portátil llena de cerveza cerca que llevaba mi nombre.
Me apretó los dedos y me atrajo hacia él.
—Tú no vas a ninguna parte. Esto no es como una noche en el Charley’s. Aquí no hay reglas.
Miré más allá de él. La mujer del jacuzzi empezó a gritar mientras se corría.
—Ya lo veo.
Jakob me agarró la barbilla y me hizo volver a mirarlo.
—Hacemos esto cada dos meses para desahogarnos. La gente bebe hasta perder el conocimiento. Todos se follan a quien quieren y se pelean con quien quieren, y después no hay malos rollos. Aquí no hay consecuencias, ¿lo entiendes?
Cuando me soltó, asentí con la cabeza, tratando de no contagiarme del ambiente que allí se respiraba.
No iba a ser fácil, siendo una persona tan extrovertida.
Aquel era el tipo de energía de la que me alimentaba en el bar, solo que a un nivel muy superior.
Una embriagadora oleada de adrenalina me recorrió las venas y me espabilé.
Entre lo que acababa de pasar en el coche y la pareja del jacuzzi, estaba excitada.
Los sonidos de una pelea cercana me pusieron en estado de alerta mientras esperaba a que la violencia se extendiera entre la muchedumbre.
Era una extraña mezcla de emociones, y me sentía temeraria y salvaje.
Aparté la mirada de Jakob y la dirigí hacia el patio.
Dios, entendía perfectamente por qué hacían todo aquello.
A pesar de que una pequeña parte de mi psique me gritaba que me largara de allí, una parte mucho mayor quería quedarse un rato.
¿Qué pasaría si, durante una sola noche, todo me importara una mierda?
¿Si hiciera lo que me diera la gana sin tener que preocuparme por las consecuencias?
De repente, la ropa me apretaba demasiado.
Sentía la electricidad del aire nocturno en la piel.
Quería echar la cabeza hacia atrás y aullar, desnudarme y unirme a la pareja del jacuzzi, llevar a Jakob al límite y ver lo que era capaz de hacer cuando se soltaba de verdad.
Tenía la sensación de que o bien eso derivaría en la mejor noche de mi vida, o bien me dejaría marcada para siempre. Quizá ambas cosas.
Sentía la intensidad de su mirada mientras yo contemplaba la fiesta y, poco a poco, volví a posar los ojos en los suyos. Se le dilataron las pupilas cuando se centró en mi rostro, como un depredador que avista a su presa.
—Jakob —musité.
Él miró hacia otro lado.
—Joder —soltó. Lo habían llamado a gritos desde el gentío. Lo ignoró y se volvió hacia mí—. No hemos venido a divertirnos. Aún no estás preparada para eso.
—No me digas para qué estoy preparada —respondí.
Frunció el ceño.
—Vale. Soy yo el que no está preparado.
—No vas a asustarme.
Se rio sin alegría.
—No me digas lo que no voy a hacer.
Vale, me lo merecía.
—¡Jakob! —rugió alguien.
Los dos nos giramos. Mierda, era Daniel King. Se había levantado de su asiento junto a uno de los braseros y gesticulaba hacia nosotros.
Él respondió alzando una mano y luego se acercó a mí, con la mirada azul y brillante bajo la luz de las antorchas.
—Acabemos con esto y salgamos de aquí.
Respiré hondo y asentí, poniéndole freno a mi audacia.
Bajamos del porche y, a través del bullicio, nos abrimos paso entre la pequeña multitud que se había reunido alrededor de su rey.
Daniel le dio una colleja al tipo que estaba sentado a su lado y le hizo un gesto para que se levantara.
El hombre se frotó la nuca, mascullando entre dientes mientras se retiraba.
—No te alejes mucho —me dijo Jakob antes de apartarse de mí y ocupar el asiento que había quedado libre.
Me di la vuelta y fui hasta un banco lleno de mujeres que había al otro lado del fuego.
—¿Os importa si me siento? —pregunté.
La mujer que tenía más cerca era una motera de veintipocos.
La había atendido un par de veces en el bar, pero no conseguía ponerle nombre.
Era guapa, con piel de aceituna, rizos caoba y un rostro engañosamente inocente.
Si no fuera porque llevaba un chaleco de cuero con el emblema de los Reyes, cualquiera pensaría que, más que miembro de una banda, era una profesora de guardería queridísima.