Los reyes de Kearny Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—¿Qué te pasó en la pierna? —pregunté. Sentía curiosidad al respecto desde nuestra primera noche juntos y, gracias a la intimidad que propiciaba ese momento y al hecho de que se estaba mostrando bastante cariñoso conmigo, pensé que quizá respondería de una vez a esa pregunta.

—Metralla —dijo—. Estaba descendiendo en rápel desde un helicóptero a una azotea donde impactó el proyectil de un lanzagranadas, y se me incrustó un trozo enorme de acero en el muslo. Me arrancó el músculo en el acto.

—¿Te duele? —quise saber.

—No siempre, pero sí —respondió—. No ayuda que se me hiperextendiera esa rodilla al caer de golpe en otra misión; me rompí todos los tendones que la atraviesan. La cirugía me fue bien, pero la pierna sigue jodida.

Igual que la mía. Vaya par.

—Ojalá nunca tengamos que huir de nadie.

Se echó un poco hacia atrás, fulminándome con la mirada.

—¿Te parezco la clase de hombre que huye?

Puse los ojos en blanco.

—Ay, perdona. Por un momento he olvidado con quién estaba hablando. Seguro que no tienes más que sacar un poco de músculo delante de nuestros enemigos para que todos caigan rendidos a tus pies al ver lo mazado que estás.

Él arqueó una ceja y me lanzó una sonrisa de lo más arrogante.

—Contigo ha funcionado.

—Locura transitoria —aseguré—. ¿Vas a besarme o no, Jakob?

Me respondió con un gruñido grave y arrastrándome de mi asiento.

Le pasé la pierna por encima mientras él me ponía a horcajadas sobre él.

Mi cadera se quejó, pero, qué cojones, aquello bien valía un poco de dolor.

Jakob se inclinó hacia mí y me atrapó la boca en un ardiente beso que no duró ni la mitad de lo que debería haber durado.

Cuando se apartó, yo estaba sin aliento, con el labio inferior aprisionado entre sus dientes.

Me mordió con tanta fuerza que me escoció y luego me soltó.

—Un día de estos voy a averiguar qué hacer con esa boquita tuya —me soltó con sus ojos claros brillando en la penumbra.

—No mientas. Te encanta mi boquita. —Le pasé las manos por su fornido pecho y entrelacé los dedos detrás de su cuello—. Te gusta que, en lugar de hacerte la pelota, como hacen todos tus amigotes, te diga algunas verdades.

Posó sus desafiantes ojos sobre los míos, pero no negó mis palabras.

Me incliné hacia delante y le rocé la oreja con los labios.

—A lo mejor puedes hacer algo para que me calle. Me resultaría bastante difícil hablar con esa polla tan grande que tienes en la boca.

Me agarró por los muslos y se restregó contra mí, demostrándome lo grande que se le ponía el miembro cuando estaba completamente erecto.

—¿Esta polla?

Deslicé la pelvis hacia su acometida, sin prestarle atención al dolor de cadera.

Me encantaba que ya estuviera empalmado.

Había algo muy primitivo en volver a otra persona medio loca de deseo.

Jakob me producía el mismo efecto, pero no quería saber cómo reaccionaría su ego si alguna vez se enterara.

Volvió a embestirme y la fricción de los vaqueros me provocó una descarga de placer que me adormecía el dolor y me abrasaba por dentro.

Le solté el cuello y le subí un poco la camiseta para desabrocharle los pantalones.

Quería esa polla tan gorda en mi boca. Llevaba pensándolo desde que había hecho que me corriera, pero no por el toma y daca, sino por el deseo de explorar y saborear cada centímetro de ese hombre.

¿Cómo de suave sería su piel? ¿Cuánto aguantaría sin… ?

La luz de unos faros me dejó paralizada.

Joder, había estado a dos segundos de tirarme al suelo y chupársela allí mismo, en el coche.

Podría haber pasado cualquiera y habernos visto.

Jakob le había dicho a Daniel que yo era bastante reservada y, casualmente, tenía razón.

La idea de que nos pillaran mientras le hacía una mamada fue como un jarro de agua fría.

Jakob me atrajo hacia él y se giró un poco mientras un camión subía por el camino de acceso, cubriéndome con su cuerpo.

—Se me había olvidado por completo dónde estamos —le susurré en el cuello.

El camión pasó de largo y la oscuridad volvió a envolvernos. Jakob se recostó en el asiento, aflojando los brazos. Esos faros me habían estropeado la visión nocturna y apenas podía verle el blanco de los dientes mientras sonreía.

—Es el efecto que provoco en las mujeres —dijo con un marcado tono presuntuoso.

Ya me había soltado esa misma frase por la mañana y, sin querer, me eché a reír.

—No finjas que tú no te habías olvidado también de dónde estamos.

—Ah, no, yo me acordaba —replicó—, pero me importa una mierda.

Nos quedamos mirando como a un palmo de distancia, reajustando los ojos a la oscuridad.

Quería besarlo de nuevo y, a juzgar por cómo me agarraba los muslos, era evidente que él también a mí, pero no había tiempo para empezar nada y, si lo hacíamos, corría el riesgo de perder el poco autocontrol que aún me quedaba y dejarme arrastrar al asiento de atrás… , y a la mierda si nos veían.

Jakob lanzó un gemido de frustración, como si sus pensamientos hubieran caído en la misma trampa que los míos.

—Cuanto antes entremos y hagamos la ronda, antes podremos irnos. ¿Lista?

—Uy, más que lista —insinué.

En mi mente, lo veía tumbado debajo de mí, desnudo y en tensión. Estaba tan excitada que casi me sentía incómoda.

Jakob hundió los dedos en mis vaqueros.

—Como sigas así, acabaremos follando en público.

Dejé caer la cabeza sobre su hombro.

—Tienes razón, perdona.

—No vuelvas a disculparte por mirarme de esa forma —dijo mientras deslizaba las manos hacia mi trasero.

Abrió la puerta de golpe y salió del coche, sujetándome con un solo brazo.

Me aferré a él unos segundos para disfrutar de la firmeza de sus músculos con las manos antes de quitarle las piernas de la cintura.

Me sostuvo mientras yo me deslizaba hacia el suelo.

En cuanto toqué el pavimento, di un paso calculado hacia atrás para poner espacio de por medio, algo que necesitaba desesperadamente en ese momento.

«Estás en la entrada de la casa de Daniel King, a punto de entrar en un espacio lleno de delincuentes borrachos —me recordé a mí misma—. Mantén la compostura».

Me recoloqué la ropa e intenté no mirar demasiado a Jakob.

La verdad es que era un cabronazo gigantesco y, entre los tatuajes ensortijados y la oscuridad que lo envolvía, se parecía más a un espectro de verdad que a un miembro de los Reyes.

Cuando vi de reojo que se llevaba la mano a los vaqueros, volví a posar la mirada en él mientras se la reajustaba.

Yo debía de tener una vena sádica, porque el hecho de saber que se había empalmado por mí al menos dos veces ese día sin que llegara a correrse me dio ganas de torturarlo un poco.

Se dio la vuelta y alargó el brazo para coger su chupa del asiento trasero, y, mientras me daba la espalda, aproveché para deshacerme el moño despeinado y arreglarme la melena con los dedos.

Se enfundó la chupa y cerró el coche con llave. Nos fuimos juntos hacia la casa. Yo me cogí el pelo y empecé a trenzármelo mientras caminábamos.

Él me miraba mientras nos adentrábamos en el halo dorado de los focos. Con la mirada fija en mis dedos mientras terminaba la trenza, dijo:

—¿Qué haces?

Me la até y me la eché por encima del hombro.

—Un aliciente para luego.

Para dejar claro el mensaje, me la enrollé en la muñeca y tiré de ella.

Jakob soltó un taco muy sentido y me arrastró hacia el interior de la casa.