Capítulo 13
Seguí a Katherine fuera de la comisaría, reprimiendo las ganas de temblar. Parecía que salía de una nevera. Como si enfrentarse a los polis no fuera ya lo bastante malo sin la incomodidad añadida de tener la piel de gallina de la cabeza a los pies.
Me detuve justo al salir por la puerta y dejé que el calor de Texas me envolviera como una manta.
El sol ya estaba bajo en el horizonte, pero, incluso mientras se ponía, quemaba con tal intensidad que ahuyentó mi frío persistente.
Cerré los ojos y me volví hacia su calidez, regocijándome en el hecho de no haber acabado entre rejas.
Los motores rugían en un semáforo cercano.
Una suave brisa me acarició la piel, trayendo consigo el aroma de la hierba recién cortada.
Tragué una buena bocanada de libertad y me volví hacia mi salvadora.
—¿Me chocas los cinco?
Katherine levantó la mano.
—Venga.
Chocamos las palmas y luego bajamos los escalones de la entrada.
Capté un movimiento por el rabillo del ojo.
Cuando me giré, vi a Jakob levantarse de un banco del parque situado bajo un grupo de árboles cercano.
En lugar de su chupa de los Reyes, llevaba un chaleco de cuero holgado sobre su camiseta negra, con el logotipo del club de moteros estampado a la altura del pecho, a la derecha.
Me sentí como una tonta por no haberme dado cuenta antes de las similitudes entre la insignia de los Reyes y la de los Espectros.
Mientras que la calavera de los Espectros portaba un medio casco, la de los Reyes llevaba una corona rota sobre la cabeza. Por lo demás, eran exactamente iguales.
Jakob emergió de entre las sombras de los árboles hacia el refulgente dorado del atardecer.
Juro que la oscuridad se aferró a él medio segundo de más, como si no quisiera dejarlo ir.
Se acercó a nosotras con ese paso tan característico suyo, como si sus largas piernas devoraran el pavimento, clavando la mirada en Katherine y en mí.
—¿Cómo ha ido? —preguntó al llegar a nuestra altura.
—Tan bien como cabía esperar —contestó Katherine.
—Está siendo modesta —señalé yo—. Ha machacado al agente Sanders.
—Pobrecito —repuso Jakob, pero por la leve curvatura de sus labios era evidente que quería sonreír.
Katherine miró su reloj.
—Bueno, tengo que irme. —Se volvió hacia mí—. Si la policía de Kearny se pone en contacto contigo, les dices que me llamen.
—De acuerdo —respondí—. Muchas gracias de nuevo.
Ella sonrió y me dio un apretón en el brazo.
—De nada. Hablamos pronto.
Nos despedimos y la observamos mientras se metía en el coche.
Unos minutos después, salió del aparcamiento saludándonos con la mano.
Había dudado entre incluirla o no en la conversación que iba a mantener con Jakob.
Al final decidí no hacerlo. Quizá necesitara acogerse a la negación plausible si los Reyes tomaban cartas en el asunto respecto a la información que yo poseía. Bueno, o que creía poseer.
Me volví hacia Jakob.
—¿Te acuerdas del tipo ese al que te quedaste mirando fijamente cuando estábamos en la cola para registrarnos en Magnolia?
Asintió.
Señalé con el pulgar hacia la puerta principal.
—Pues estaba dentro. Estoy bastante segura de que es él quien está presionando para que se presenten cargos contra mí y, cuanto más lo pienso, más claro tengo que está metido hasta las cejas en todo esto.
—¿Por qué? —preguntó.
—Para empezar, él tiene que saber que ese guarda era falso.
¿Quién sino un gerente tendría tanto poder como para contratar a miembros de una banda y encubrirlo todo desde dentro?
Y, por mucho que me duela admitirlo, presentar cargos contra mí es una jugada maestra, porque podría poner en duda cualquier testimonio o acusación contra ellos.
—Agité las manos en el aire y puse ojos de loca—.
«La pirada esa no hace más que inventarse mierdas para librarse de los cargos por agresión.
¿De qué gran conspiración me habla, agente? ».
Jakob se giró hacia la comisaría. Si tuviera superpoderes, podría haberla incendiado con la intensidad de su mirada.
—¿Has oído su nombre?
Dejé caer las manos a los lados.
—No. Me pareció que era mejor no llamar la atención sobre el hecho de haberlo reconocido. ¿Sabes quién es?
Jakob me miró de reojo, frunciendo un poco el entrecejo.
—Puede. Su cara me resulta familiar, pero no consigo ponerle nombre.
—¿Quieres esperar en el coche hasta que salga para echarle otro vistazo? —pregunté.
Él negó con la cabeza.
—No podemos. Tenemos que ir a casa de Daniel, a una barbacoa.
Me quedé estupefacta.
—¿Qué?
—Me ha llamado mientras estabais dentro y nos ha invitado. Se ha encargado de recordarme que tú le dijiste que te gustaría ir a cenar allí algún día.
Me cago en mi yo del pasado.
—No quiero dejar sola a la nana mucho tiempo en un lugar desconocido.
Jakob se acercó y me puso las manos en los hombros.
—Lo entiendo, pero tenemos que ir.
Me lo quedé mirando. Mierda. Volvía a tener esa expresión inexpugnable en el rostro. Por alguna razón, de verdad creía que debíamos ir. Ya fuera porque no quería cabrear al líder de su banda o porque, después de todo, algo pasaba entre ellos. El caso es que yo no tenía ni idea y eso no me gustaba.
Necesitaba preguntarle al respecto, pero me contuve e hice todo lo posible por recordarme a mí misma que no era asunto mío. Ya me había metido en suficientes líos por involucrarme en los problemas de los Reyes.
—Vale, pero primero tengo que llamar a la nana —dije.
Él asintió y me soltó.
Llamé a mi abuela mientras salíamos del aparcamiento.
Había convencido a Jennifer para que viera su telenovela favorita con ella y las dos se habían pasado las últimas tres horas de cháchara.
Intenté hacerle un par de preguntas capciosas para comprobar su estado mental, pero me apremió para que colgara el teléfono.
El último episodio había terminado con muchísimo suspense y tanto ella como Jennifer estaban ansiosas por empezar el siguiente.
—Toma, habla con Liam —dijo la nana.
Oí unos ruidos amortiguados, como si le estuviera pasando el teléfono.
—¡Yo también te quiero! —grité.
Qué mujer.
—Hola —saludó Liam con tono grave—. ¿Cómo ha ido?
Lo puse en altavoz y, juntos, Jakob y yo le contamos los pormenores de mi visita a la comisaría. Me aseguré de alabar abiertamente la heroicidad de Katherine.
Liam se rio entre dientes.
—Eso no es nada. Deberías verla en un tribunal.
—No te ofendas —contesté—, pero preferiría evitarlo.
—Es comprensible —replicó él—. Jakob, necesitamos vigilancia en Magnolia Hills. Elige a un chico nuevo en quien confíes y al que no reconozcan.
—Estoy en ello —afirmó el hijo.
Del teléfono salió un ruido atronador, seguido de una voz vertiginosa.
—Tengo que colgar —se apresuró a decir Liam—. Han empezado el siguiente episodio sin mí.
La llamada se cortó. Llevé la vista del teléfono a Jakob.
Su padre no era como me lo había imaginado.
Orgulloso de su hijo, dispuesto a ver telenovelas con su mujer y mi abuela, y todo mientras dirigía una de las bandas de moteros más peligrosas del país.
Tenía que dejar de hacer suposiciones sobre la gente si no quería quedar siempre como una imbécil.
Daniel y Eva King vivían a las afueras del pueblo, en un casoplón de dos plantas situado en medio del bosque.
Debían de tener una parcela de terreno bastante grande, porque los vecinos más cercanos estaban a casi un kilómetro.
Y menos mal, porque si no probablemente habrían llamado para quejarse del ruido.
Cuando llegamos, la música retumbaba desde el patio trasero, tan fuerte que se oía por encima del motor del coche.
El crepúsculo había dado paso al anochecer durante el trayecto y los focos exteriores estaban encendidos, iluminando un camino de entrada repleto de motos, vehículos de gran cilindrada y camionetas.
Parecía que habían acudido más de la mitad de los Reyes.
Jakob aparcó a unos cien metros de la casa y apagó las luces del coche. Subimos las ventanillas, lo que amortiguó la contundente línea de bajo.
—¿Estás preparada para esto? —preguntó.
Me volví hacia él.
—¿Para mi primera fiesta con los Reyes? Claro. No creo que sea mucho peor que un turno ruidoso en el bar.
Me lanzó una mirada que indicaba lo contrario.
—Qué mona te pones cuando eres ingenua.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Ja, ja.
Él alargó el brazo y me metió un mechón de pelo detrás de la oreja; luego deslizó la mano para rodearme el cuello. Notaba la yema áspera de su pulgar mientras me frotaba la piel. Posó la mirada en mis labios.
—Me alegro de que no te hayan detenido.
—Ah, ¿sí? —dije.
Apretó la mano, atrayéndome hacia él.
—Sí. Habría sido más difícil sacarte de allí que de Magnolia Hills.
Sonreí con la broma. Él no. Mierda, hablaba en serio. Nota mental: nunca dejes que te arresten.
Se inclinó hacia delante y se detuvo a un centímetro de mis labios.
—¿Por qué te has cambiado?
Bajé la mirada. Me había puesto unos vaqueros mientras él conducía y luego me había quitado el vestido por la cabeza, con una lentitud tortuosa. Casi estrella el coche. Lo había sustituido por una camiseta de tirantes muy escotada que dejaba mis pechos casi al descubierto.
—¿No te gusta el nuevo modelito? —pregunté.
Llevó la mirada justo a mi escote.
—El modelito me encanta. —Arrastró los ojos poco a poco hasta clavarlos en los míos, como si no quisiera apartarlos de mis tetas—. ¿Por qué evitas la pregunta?
Solté un suspiro.
—Madre mía, realmente no te gusta nada el parloteo, ¿eh?
Meneó la cabeza, sin dejar de deslizarme el pulgar por el cuello, con los labios muy cerca de los míos.
—Me he cambiado porque no quería lidiar con los miles de preguntas que iban a hacerme un montón de moteros borrachos sobre mis cicatrices.
—Has venido conmigo —señaló—. No van a molestarte.
Una afirmación a la altura de su ego. Por Dios. El problema era que seguramente tenía razón.
Me encogí de hombros.
—He preferido no arriesgarme.
Asintió como si lo comprendiera. Y quizá así fuese.