Los reyes de Kearny Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

El agente Sanders se levantó de la silla que había detrás.

Era un hombre blanco alto, de unos cuarenta y cinco años, con el pelo castaño claro y los ojos de un azul vivísimo.

Tenía una hechura muy adecuada para su profesión: esbelta pero musculosa.

Si alguien intentaba escapar durante un arresto, no me cabía la menor duda de que él podría correr tras esa persona hasta dejarla exhausta.

Me miró de arriba abajo, haciendo una mueca de dolor cuando llegó a la pierna, pero al menos se las arregló para saludarme sin poner voz compasiva.

—Agente Sanders —dijo tendiéndome la mano.

Cojeé hacia delante y se la estreché. El apretón fue firme y profesional.

Me soltó y se volvió hacia Katherine, y su rostro adoptó una expresión resignada, como de cansancio.

—Acabemos con esto de una vez —soltó al tiempo que nos sacaba de la sala.

Le eché un vistazo al tipo de Magnolia mientras nos marchábamos. Seguía mirándome. No soy de las que se asustan fácilmente, pero ese hombre me ponía los pelos de punta.

A partir de entonces, no dejé de mirar al frente, siguiendo al agente Sanders y a Katherine por la laberíntica comisaría.

Los tres nos apiñamos alrededor de una mesa bastante pequeña que había en una sala de interrogatorios y, desde ese momento, la abogada dominó la conversación.

Resultó que no había cámaras en los ascensores.

Al final el caso solo iba a basarse en pruebas referenciales.

Ese descubrimiento me dejó aterrorizada unos minutos —¿qué pasaría con la nana si me condenaban?

—, pero mi miedo no tardó en evaporarse.

Todas y cada una de las acusaciones que Sanders leía en voz alta, Katherine las refutaba con una determinación tan férrea que habría desgastado incluso al policía más fanático.

En ningún momento alzó la voz. No fue en absoluto grosera.

Tan solo permaneció allí sentada, hablando en un tono tranquilo y lógico que, de alguna manera, hacía que todo el caso que habían montado en mi contra pareciera ridículo a más no poder.

Hacia el final casi me sentía mal por Sanders.

Él no había hecho nada para merecer que lo dejaran en evidencia; solo intentaba hacer su trabajo.

Simplemente había tenido la mala suerte de que mi caso aterrizara en su escritorio.

Yo solo tuve que quedarme allí sentada y mantener cerrada mi bocaza feliz. No sé cuánto le pagaba Liam Larson a Katherine, pero se quedaba corto.

Cuando terminó de desmontar el caso penal que se había articulado en mi contra —al parecer, el guarda sí había decidido presentar cargos penales—, deslizó mi teléfono por el escritorio y le mostró a Sanders los destrozos que habían provocado en mi apartamento.

Él espabiló un poco mientras ojeaba las fotos.

—¿Podemos hacer copias? —preguntó.

—Se las enviaré por correo electrónico —respondió Katherine.

El policía levantó la vista hacia mí.

—¿Cuánto tiempo ha estado fuera?

—Cinco horas —contestó Katherine por mí.

Y así durante toda la entrevista. Sanders, pobrecito, siguió dirigiéndome a mí todas sus preguntas, bien porque ese era el protocolo, bien porque esperaba que yo rompiera filas y acabara abriendo la boca. Pero no era tonta. Katherine me había dicho que la mantuviera cerrada y eso hice.

—¿No es interesante —apuntó ella— que, el mismo día que mi clienta va a Magnolia Hills con la intención de denunciar lo que ella cree que podría ser un fraude de recetas con una de las doctoras del centro, dicha doctora no regrese nunca de su pausa para comer, mi clienta sea agredida en un ascensor por parte de un guarda al que no había visto jamás, y, después, al llegar a casa, se encuentre el apartamento destrozado?

—Yo no lo calificaría de «interesante» —resolvió Sanders—. Lo investigaremos. —Me devolvió el teléfono—. ¿Dónde va a quedarse?

—Con la familia de un amigo íntimo —respondió Katherine.

Él siguió mirándome a mí.

—Le aconsejo que no salga de la zona.

La abogada apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—¿Y por qué? Ella no ha hecho nada que justifique esa orden.

Sanders perdió ligeramente la compostura mientras se volvía hacia ella, frunciendo el ceño con frustración.

—No es una orden. Es un consejo. Es posible que necesitemos que vuelva para responder algunas preguntas más una vez que hayamos abierto una investigación sobre su apartamento.

—Creo que mi clienta ya ha sido más que servicial —dijo Katherine con el mismo tono tranquilo y conciliador que había mantenido durante toda la conversación—.

Ha tenido la amabilidad de venir aquí por voluntad propia para responder a estas acusaciones claramente falsas contra ella.

Si tiene alguna otra pregunta, puede dirigírmela a mí. Ella ya ha pasado por bastante.

El agente Sanders suspiró, con expresión resignada.

—Está bien.

—Si eso es todo… —concluyó Katherine, levantándose de su asiento.

Sanders se recostó en la silla y asintió.

—Eso es todo.

Ella le sonrió con la misma calidez que me había mostrado antes.

—Ya buscamos nosotras la salida. Como siempre, ha sido un placer, agente Sanders.

Él resopló e hizo un gesto con la mano para despedirnos.

—Sí, seguro…

Me levanté de la silla y la seguí hasta el pasillo.

—Me muero por chocarte los cinco —le susurré.

En su rostro se dibujó una sonrisita victoriosa.

—Espérate a que salgamos.