Los reyes de Kearny Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Vas a quedarte en casa de los padres de Jakob, ¿verdad?

—Sí —respondí.

Levantó la vista de mi teléfono y nos miró alternativamente a él y a mí.

—Os aconsejo que no os separéis en los próximos días. Si alguien ha sido tan violento con las pertenencias de Krista, no quiero ni pensar en lo que le haría si le pusiera las manos encima.

Aunque era un día sofocante, me atravesó un escalofrío.

Jakob se dio cuenta y me pasó un brazo sobre los hombros.

—No la perderé de vista.

—Más te vale —contestó Katherine mientras me devolvía el teléfono—.

Voy a necesitar los datos de contacto de Raúl.

Estaría bien tener un testigo a mano. ¿Te atacan en un ascensor y luego te vas a casa y te encuentras el apartamento destrozado?

Sería sospechoso hasta para un policía ciego.

El hecho de que Brad lo encubriera juega a nuestro favor.

Demuestra que hubo conspiración para cometer el delito.

Cuanto más hablaba esa mujer, más entendía por qué Liam Larson la mantenía en nómina. Era inteligente, capaz y aparentemente inquebrantable. Comentamos algunas cosas más antes de despedirnos de Jakob y entrar en el edificio.

La puerta principal nos escupió a una pequeña sala rectangular.

Había más puertas tanto a nuestra izquierda como a nuestra derecha.

Ninguna tenía tirador. Justo enfrente, una agente uniformada atendía el mostrador de recepción tras una mampara de plexiglás tan gruesa que parecía a prueba de balas.

Katherine nos presentó. A continuación, la agente nos pidió que rellenáramos unos formularios y luego nos dejó pasar.

Una de las puertas laterales se abrió con un clic.

Allí nos recibió otro policía, que nos condujo por un pasillo revestido de linóleo hacia las profundidades del edificio.

Miré alrededor mientras caminábamos. Hacía tiempo que no entraba en una comisaría.

La última vez había sido en el instituto, cuando me llamaron para responder algunas preguntas sobre el posible paradero de mis padres.

Esa comisaría era más grande que la de mi localidad.

Pasamos junto a un departamento de expedientes, una sala de espera, varias salas de interrogatorios, una cafetería y una gran sala de juntas antes de que nos metieran por una puerta que había al fondo.

Daba a un amplio espacio de oficinas repleto de escritorios.

La mitad estaban desocupados. En el resto había agentes uniformados y detectives vestidos de calle.

Frente a algunos de los escritorios, había sendos civiles sentados en unas sillas de aspecto incómodo.

Un par de ellos llevaban esposas, mientras que los otros parecían estar presentando denuncias o respondiendo preguntas.

Desvié la mirada hacia el rincón más alejado de la sala y, entre la multitud, distinguí un rostro que me resultó vagamente familiar.

Arrugué el entrecejo, esforzándome por ubicar a ese hombre, y de repente caí en la cuenta.

Era el tipo al que Jakob se había quedado mirando en Magnolia Hills, el que había pasado por el vestíbulo mientras esperábamos para registrarnos.

Debió de sentir mi mirada, porque se giró un poco en la silla y me clavó sus oscuros ojos desde el otro lado de la estancia.

Casi me tropiezo. Desprendían una intensidad increíble y, pese a la indescifrable expresión de su rostro, me dijeron más de lo que necesitaba saber.

Había conocido a suficientes malas personas como para reconocer las señales.

Joder, yo misma era una asesina, pero, aunque estaba para el arrastre, mis ojos aún tenían vida.

Los suyos eran como los de un hombre muerto, un cascarón andante cuya alma habían destrozado mucho tiempo atrás.

Mi cerebro reptiliano lo reconoció al instante.

En cuanto cruzamos la mirada, empezó a sisear en mi cabeza para que me alejara de él, y ni siquiera el hecho de que estuviéramos en una sala llena de polis a casi diez metros de distancia fue suficiente para acallarlo.

Yo siempre había tenido una cara expresiva y él debió de leer mis pensamientos en ella, porque sonrió. Aparté la mirada bruscamente y me concentré en poner un pie delante del otro. Era el tipo de sonrisa que le dedicabas a alguien justo antes de matarlo.

Supongo que ya sabía quién estaba presentando las denuncias contra mí.

No me gustaba esa coincidencia. Jakob se había fijado en aquel tipo como si lo conociera y ahí lo teníamos, intentando que acusaran a su «parienta» de agredir a un falso guarda.

Recuerdo haber pensado que podía ser médico, pero el agente Sanders especificó que había sido la dirección la que había presentado la denuncia.

Si él formaba parte de la dirección, era imposible que no supiera que el guarda era falso.

¿Acababa de posar los ojos sobre el cerebro de toda la operación?

Cuanto más lo pensaba, más me convencía de que así era.

Todo encajaba. ¿Quién sino la dirección podría haber metido guardas falsos en Magnolia?

¿Quién si no tenía el poder de encubrir lo que allí estaba pasando?

¿Quién si no iba a estar tan enfadado conmigo por haber mandado al traste su pequeño negocio de drogas como para que pareciera que quería matarme?

Katherine se dio cuenta de que estaba distraída. Ladeó la cabeza hacia mí mientras caminábamos.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí.

Había demasiados oídos alrededor y no me sentía segura como para comentar mis sospechas. Volvimos a callarnos y seguimos al poli hasta un escritorio pegado a la pared del fondo.