Capítulo 12
Jakob salió de mi aparcamiento entre los rugidos del motor del Mustang.
Sentada a su lado, me giré hacia él.
—¿Pasa algo entre Daniel King y tú?
—¿A qué te refieres? —preguntó, como si no se hubiera visto venir la pregunta.
—¿Tenéis algún problema?
Dijo que no con la cabeza.
—No, que yo sepa. ¿Por qué?
Me lo quedé mirando. ¿En serio?
—Bueno, no sé. Supongo que me pareció curioso que entrara por la fuerza en tu casa la otra noche, hiciera unos comentarios bastante crípticos sobre un tipo llamado Mike y se haya comportado como un auténtico capullo contigo por teléfono.
Daniel había puesto a Jakob a caldo cuando este le había relatado los acontecimientos del día. Él no lo había puesto en altavoz, pero aun así oí su tono airado, como si estuviera gritando.
Jakob se encogió de hombros.
—No le des más vueltas a lo que pasó en mi apartamento.
Nada de lo que hace Daniel King tiene ningún puto sentido para nadie más que para él mismo.
Cuestionarlo no hace más empeorar las cosas.
Y tiene derecho a estar cabreado, he roto la cadena de mando al hablar con mi padre antes que con él sobre lo que ha pasado hoy.
Había algo más, estaba segura, pero entonces la advertencia que Nina me había hecho la otra noche me atravesó la mente como un susurro y decidí dejar el tema.
Ella tenía razón. Pese a mi curiosidad, no necesitaba entrometerme aún más en los asuntos de los Reyes.
Una vez que me hubiera vengado por lo de mi apartamento, haría lo posible por olvidarme de todo.
—No paro de darle vueltas a una cosa… —dije.
Jakob frenó suavemente el coche para detenerse en un semáforo en rojo.
—¿Qué cosa?
—¿Cómo es que no has averiguado quién es el camello preguntándole a alguien del pueblo que le haya comprado droga?
Sacudió la cabeza.
—Ya lo hemos intentado. Nadie quiere admitir que compra droga en Kearny, y mucho menos delatar a quien la vende.
—¿No insististe en el tema? —pregunté—. Es bastante importante.
—Qué va —contestó acelerando el motor en cuanto el semáforo se puso en verde—. Si nos ponemos a torturar a la gente para sacarle respuestas, el pueblo se volverá contra nosotros.
«Eh…, ¿qué?». Me aparté un poco de él.
—Me refería más bien a sobornar a alguien para que contestara vuestras preguntas.
El hecho de que pasara por alto esa opción y pensara directamente en la tortura era un poco preocupante. Puede que mi brújula moral no apuntara del todo hacia el norte, pero empezaba a pensar que la de Jakob ya ni siquiera funcionaba.
Me echó una mirada y sonrió al ver mi expresión, aunque en realidad no vi más que un destello de sus dientes, demasiado salvaje para considerarlo una sonrisa.
—Era broma, Krista.
—Ah. —Me relajé un poco.
Él volvió a centrarse en la carretera.
—No tiene sentido torturar a la gente. No puedes fiarte de lo que te digan bajo ese nivel de presión. Al final te cuentan lo que quieres oír solo para que se acabe el dolor. —Hablaba con una autoridad que apuntaba a que tal vez había aprendido esa información de primera mano.
Fruncí el ceño al ver su perfil.
—¿Sabes? Me preocupa que estés muy arriba en la escala de los psicópatas.
En respuesta, se bajó las gafas y me lanzó la mirada más perturbadora que había visto jamás.
—Eso te pone como una moto, ¿eh?
Sin querer, me eché a reír.
Cuando muriera iba a ir directa al infierno. Porque la verdad es que sí, así era.
Katherine Jenkins no era como esperaba. Si me hubieran preguntado qué aspecto tendría una mujer encargada de defender a una banda de moteros criminales, seguramente habría descrito al prototipo de reina de hielo: alta, imponente, rubia y con una mirada capaz de paralizarte en seco.
Katherine hizo estallar esa suposición por los aires.
La puerta de su lujoso todoterreno se abrió de par en par mientras aparcábamos junto a ella en la comisaría, dejando a la vista a una mujer blanca y bajita de unos cincuenta y cinco años.
Llevaba una falda gris ajustada con una sofisticada camisa metida por dentro.
Se había recogido los rizos castaños en un moño bajo y el escaso maquillaje que lucía estaba aplicado con pericia.
A pesar de su elegancia, parecía una madre.
Yo no acababa de entender por qué —a lo mejor se parecía a alguna figura materna imaginaria con la que había soñado de niña, puesto que la madre que a mí me había tocado resultó ser una capulla—, pero, en cuanto posé los ojos en ella, el cerebro simplemente se me fue a «mamá».
Mientras salíamos del Mustang, nos recibió con una sonrisa acogedora. Cruzamos la mirada y sus ojos marrones me transmitieron su alto grado de compromiso, como si dijeran: «Todo irá bien, cariño. He venido a cuidar de ti».
—Hola. Tú debes de ser Krista. —Se presentó tendiéndome la mano. Su voz no hacía más que reforzar ese rollo de madre. Cálida y melódica, parecía como si estuviera a punto de preguntarme si quería un poco más de estofado.
—Sí —respondí. Se la estreché—. Gracias por ayudarme con tan poca antelación.
—No hay problema. Los amigos de los Reyes son mis amigos. —Su sonrisa creció cuando llevó la vista hacia Jakob—. Espero que no te hayas metido en líos, jovencito.
Si él sintió que lo trataba con condescendencia, no se le notó. La miró arqueando una ceja y elevando una comisura de los labios con gesto jovial.
—Yo nunca me meto en líos.
Katherine soltó un bufido de desaprobación.
—Gracias a mí, claro.
Jakob sonrió. Podía contar con los dedos de una mano la cantidad de personas con las que lo había visto hacerlo. Esa mujer debía de caerle muy bien. Y no me extrañaba. Yo llevaba tres minutos en su compañía y ya estaba deseando que me invitara a una cena familiar.
Katherine clavó los ojos en los míos.
—Recuerda, no respondas ninguna de las preguntas que te hagan.
—Entendido —dije.
Ella no apartó la mirada.
—Es fundamental que me dejes hablar a mí. Puede que la policía diga algo para incitarte a responder. No lo hagas.
—¡Sí, señora! —exclamé juntando los talones y ofreciéndole el saludo militar.
Ella llevó la vista hacia el cielo.
—Genial. Otra listilla.
Bajé la mano, sonriendo aún más que Jakob.
Katherine meneó la cabeza y se volvió hacia él.
—Tú quédate aquí fuera. La policía de Kearny sabrá que Krista tiene trato con los Reyes porque yo la represento, pero no hace falta que les pongamos un recordatorio visual delante de las narices ni que un miembro del club les lleve la contraria.
Jakob puso cara de inocente.
—¿Desde cuándo le he llevado yo la contraria a la poli?
Katherine le lanzó una mirada que me hizo pensar que debía de ser una madre más estricta de lo que había pensado al principio.
—¿De verdad quieres que te responda a eso, jovencito?
Jakob dijo que no con la cabeza. Buena elección. Si hubiera tentado a la suerte, lo habrían castigado sin salir.
Katherine se volvió hacia mí.
—Tú y el guarda estabais solos en el ascensor.
A menos que hubiera cámaras allí dentro, ninguno de los dos puede demostrar su versión de los hechos.
Sin testigos, todo lo que digáis no serán más que pruebas de referencia.
La mala noticia es que, si no había cámaras, él puede acusarte de agresión y presentar una demanda civil o penal contra ti.
Si es civil, querrá que pagues los daños. Si es penal, podrías ir a la cárcel.
Asentí, ya con cara más seria. Por favor, que hubiera cámaras en el ascensor. Si acabara en la cárcel por defenderme de un pandillero que se hacía pasar por guarda, perdería la poca fe que me quedaba en el sistema judicial.
Katherine me puso una mano en el brazo y me miró con gesto compasivo.
—No te preocupes. Seguramente podamos evitar una acusación penal. La policía no tiene muchas pruebas que pasarle a la fiscalía y, sin indicios sustanciales de que lo atacaste de improviso, el fiscal del distrito no querrá continuar con el caso.
Solté un suspiro de alivio.
—De acuerdo.
Me miró de arriba abajo.
—Buena elección de ropa. Exagera un poco la cojera cuando entremos. Queremos que parezcas lo más indefensa posible.
Me había aconsejado que me cambiara antes de salir del apartamento.
Yo me había quitado los vaqueros ensangrentados y, siguiendo sus instrucciones sobre cómo destruir las pruebas, Jakob y yo los habíamos remojado en lejía y los habíamos tirado a un contenedor cualquiera a unos kilómetros de mi bloque de apartamentos.
Katherine había hecho mucho hincapié en que pareciera lo más inocente y vulnerable posible.
Llevaba un vestido de verano amarillo intenso con un cárdigan blanco por encima.
No era la primera vez que me enfrentaba a cargos por agresión —cuando estaba en el Ejército, participé en un par de peleas de bar muy lamentables bajo los efectos del alcohol— y sabía que parecer indefensa era una buena forma de que la gente se preguntara si en realidad yo era capaz de hacer las cosas de las que se me acusaba.
El dobladillo del vestido me llegaba justo por encima de las rodillas, dejando a la vista las peores cicatrices.
Normalmente solo me ponía vaqueros, faldas o vestidos largos, pero no porque me diera corte o me avergonzara de mi cuerpo, sino porque no quería enfrentarme a las mil y una preguntas que me hacían cuando se me veían.
La mayoría de las personas que me habían preguntado por ellas tenía buena intención, y yo comprendía la curiosidad, pero ya estaba harta.
El caso es que me encontraba en un momento en el que no me interesaba ocultar mis cicatrices.
Iba a entrar en esa comisaría exagerando mi cojera y rezándole a Dios para que todos los que las vieran se apiadaran de mí.
¿Estaba siendo ruin? ¿Manipuladora? Sin duda, pero no iba a arrepentirme de nada si eso me libraba de un delito de agresión.
Katherine miró su reloj.
—Si ya han presentado cargos, interpondremos una contrademanda y después solicitaremos que abran una investigación sobre tu apartamento. ¿Has hecho fotos?
Asentí y saqué el móvil para enseñarle los desperfectos.
Ella lanzó un silbido de asombro mientras pasaba las imágenes.