Capítulo 11 #2
Se oyeron unos golpecitos detrás de nosotros, seguidos de un crujir de cristales cuando la puerta se abrió.
—¿Krista?
Jakob y yo nos giramos de golpe. Un atractivo hombre latino cercano a la treintena quedó encuadrado bajo el marco.
Llevaba el oscuro pelo cortado casi al rape y unas gafas de montura negra sobre la nariz.
Era mi vecino de enfrente, Raúl. Trabajaba desde casa de diseñador gráfico.
A juzgar por la indiferencia que reflejaba su rostro mientras ojeaba mi apartamento, seguro que había estado en casa mientras lo destrozaban.
Jakob se acercó a mí. Para un ojo inexperto, podía parecer relajado. Tenía una postura distendida, con los brazos colgando tranquilamente a los lados. Vi de soslayo cómo se ponía de puntillas, listo para saltar. Le puse una mano en el antebrazo para detenerlo.
—Hola, Raúl —saludé—. Este es Jakob. Jakob, mi vecino , Raúl.
Él volvió a apoyar los pies en el suelo.
Raúl, ajeno al peligro que acababa de correr, lo saludó con la cabeza.
—Encantado de conocerte, tío.
Jakob le devolvió el gesto.
—Lo mismo digo.
—Supongo que has visto algo… —le dije a Raúl.
Él negó con la cabeza.
—He oído algo. Parecía como si estuvieras derribando una pared, así que llamé a Brad.
—Brad es el conserje —le expliqué a Jakob. Volví a mirar a Raúl—. ¿Qué te dijo?
Su expresión se tornó oscura.
—Que la inmobiliaria por fin te había dado permiso para remodelar la cocina.
«Puto Brad».
—¿Está metido en esto? —preguntó Jakob dando un paso hacia la puerta.
Le agarré más fuerte el brazo. Bajar corriendo las escaleras para asesinar al conserje no era de gran ayuda.
—Lo dudo —respondí—. Es una sabandija de medio pelo, pero no sería tan imbécil como para trabajar para los Jokers en territorio de los Reyes. Seguro que solo le han pagado.
Raúl abrió los ojos como platos.
—¿Esto es cosa de los Jokers? —Miró a Jakob, se fijó en el parche que llevaba en la parte delantera de la chupa y levantó las manos—. Yo no quiero tener nada que ver con ninguna disputa territorial.
—No te preocupes. No vamos a meterte —le aseguré—. ¿Verdad que no? —Le apreté el brazo a Jakob, que soltó una especie de gruñido de asentimiento.
Raúl salió de mi apartamento caminando hacia atrás y no se detuvo hasta cruzar el pasillo. Su novio asomaba la cabeza por la puerta de su casa, con los ojos desorbitados. Genial. Lo había oído todo.
—Gracias por avisarme —dije.
Raúl asintió y desapareció en el interior de su apartamento. Oí unos susurros y lo que parecieron diez cerrojos cerrándose uno detrás de otro.
—Pues ya sabemos por qué nadie ha llamado a la policía —dije volviendo la vista hacia los escombros en los que se había convertido mi vida.
Jakob frunció el ceño con aire inquisitivo.
—En este bloque de apartamentos se anima a los residentes a encauzar las quejas a través del conserje de cada edificio —le expliqué—. Es una forma de evitar que venga la policía cada vez que un perro ladra demasiado fuerte.
La frustración se apoderó de sus facciones en cuanto entendió que, si algún vecino había llamado a recepción preocupado por el ruido, Brad lo habría tranquilizado, de modo que cabía la posibilidad de que nadie hubiera visto siquiera a las personas que habían hecho aquel estropicio.
Pensándolo bien, tal vez podríamos bajar un momento y cargarnos a Brad.
Me sonó el teléfono en el bolso. Cuando lo saqué, vi un número desconocido. Como en la llamada de la doctora Perez, era local. Deslicé hacia la derecha para contestar.
—¿Hola?
—¿Es usted Krista Evans? —preguntó una profunda voz masculina.
Pulsé el botón del altavoz.
—Sí.
—Soy el agente Sanders, de la policía de Kearny. Nos gustaría que viniera a la comisaría a responder algunas preguntas, si tiene tiempo.
—Abogada —sentenció Jakob sin molestarse en bajar la voz.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el agente Sanders.
—Iré —respondí—, pero necesito fijar la hora con mi abogada. Le diré que los llame.
—¿Quién es su abogada? —preguntó—. Quiero asegurarme de que me pasen la llamada.
—Katherine Jenkins —contestó Jakob.
El agente Sanders suspiró. Parecía cansado.
—Eres de los Reyes. Debería haberlo imaginado.
—No soy de los Reyes —dije—. Solo soy una amiga del entorno.
—Vale. Pero, señora Evans…
—¿Sí?
—Cuanto antes venga a la comisaría, mejor. Aquí hay un representante de Magnolia Hills que asegura que usted agredió a uno de sus guardas de seguridad.
Me mordí la lengua para no soltar un taco.
—Gracias, agente. Iremos lo antes posible.
Nos despedimos y colgamos.
Furiosa, me volví hacia Jakob.
—¿Ese desgraciado dice que yo lo agredí? Pero si fue él quien me siguió hasta el ascensor e intentó atacarme.
Jakob se había quedado pensativo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Sanders no debería habértelo contado —respondió—. Va contra el reglamento de la policía. Les gusta llevar allí a la gente y luego decirles de qué se los acusa para sacar algo de su reacción.
Parecía que hablaba por experiencia.
—Entonces ¿por qué me lo ha contado? —pregunté.
—No es mal tío… —contestó Jakob— para ser poli. No le gustan los Reyes, pero es legal incluso con nosotros. Seguramente te lo ha dicho porque le huele a mentira. Has tenido suerte. Gracias a él, Katherine podrá preparar la defensa con antelación.
Le estuve dando vueltas al asunto mientras Jakob llamaba a su padre para contarle lo que había pasado desde que salimos de su casa.
Cuando colgó, llamó a Daniel King y le repitió la historia, y después llamó a Katherine Jenkins, mi nueva abogada.
Tardamos cuarenta minutos en contarle todo lo que había sucedido ese día con pelos y señales.
Al terminar, nos dio una larga lista de instrucciones y nos dijo que nos reuniéramos con ella fuera de la comisaría en una hora.