Los reyes de Kearny Capítulo 11
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Capítulo 11

En cuanto cruzamos la puerta, cualquier pensamiento relacionado con el sexo se evaporó de mi mente.

Era imposible que Jakob me follara en el suelo, porque estaba cubierto de cristales.

Levanté la cabeza y, horrorizada, contemplé el caos de mi apartamento.

Solo había estado fuera un par de horas, no parecía tiempo suficiente para causar tal cantidad de destrozos.

Habían arrancado el colgador de la pared de la entrada con tanta fuerza que los tacos que había usado para fijarlo se habían llevado un trozo de yeso.

La foto en la que salíamos la nana y yo que tenía colgada justo enfrente yacía a nuestros pies, hecha añicos.

Habían clavado un cuchillo en el sofá y le habían sacado parte del relleno.

El apartamento era demasiado pequeño como para tener una mesa de comedor, pero guardaba un par de taburetes bajo el voladizo de la encimera de la cocina.

Lo único que quedaba de ellos eran dos montones de madera con los que, si acaso, se podría hacer leña.

Me giré para apreciar el resto del estropicio.

El colchón, arrastrado fuera del somier, había sufrido los mismos apuñalamientos y desgarros que el sofá.

Todos mis papeles estaban desparramados por el suelo.

Los libros tenían páginas arrancadas. Habían tirado de mis bonitas cortinas para quitarlas de las ventanas, con barra y todo, haciendo aún más agujeros en el yeso.

A la mayoría de los armarios de la cocina les faltaban las puertas, pero algunas aún colgaban de una única bisagra, meciéndose con la brisa que entraba por las ventanas reventadas.

Me incliné hacia delante y giré la cabeza hacia la derecha.

Había fragmentos de mi vajilla diseminados por todo el suelo de la cocina.

—Supongo que no me van a devolver la fianza del piso —dije, porque, si no hacía una broma, me iba a poner a gritar.

Jakob cerró la puerta detrás de mí.

—Quédate aquí.

Mi apartamento era un estudio. Los únicos lugares donde esconderse eran el baño o los armarios.

Los cristales rotos crujieron bajo las botas de Jakob cuando pasó por mi lado.

Vi cómo registraba primero los armarios.

Allí no había nadie. Luego empujó la puerta del baño y retrocedió, tapándose la nariz.

—¡Hostia puta! —exclamó mientras alargaba la pierna.

No tenía ni idea de qué estaba haciendo hasta que oí el sonido de la cisterna.

Lo que había encontrado era tan asqueroso que había tenido que usar la punta de la bota para accionar la palanca.

Sí, mejor me quedaba donde estaba, gracias .

No me apetecía ni lo más mínimo ver nada que pudiera provocarle arcadas a un hombre como Jakob Larson.

Cerró la puerta tras de sí y volvió a mi lado. Debía de parecerle realmente asustada, porque me puso las manos en los hombros y bajó la vista para mirarme a los ojos.

—Aquí no hay nadie. Estás bien. Solo son cosas.

Yo asentía una y otra vez. Sí, estaba bien.

Sí, solo eran cosas. Pero eran mis cosas.

Y ahora ya no quedaba nada. Las preciosas cortinas que había elegido con la nana en HomeGoods.

Todos esos platos y tazas de cerámica hechos a mano que había comprado en un taller de la zona.

Ese maldito sofá de Ikea para el que tanto había tenido que ahorrar, con su colchón plegable para que Nina pudiera quedarse a dormir si nos emborrachábamos demasiado en la piscina durante nuestro día libre.

A la mierda todo. Así, sin más. Habían entrado en mi casa, habían profanado mi espacio seguro y habían destrozado todas mis pertenencias.

Me sentía confusa.

«Desprotegida».

Me sorbí los mocos, con un nudo en la garganta.

Jakob me rodeó con los brazos y me apretó contra él.

—Lo siento, Krista —susurró—. Es culpa mía, yo te he metido en esto.

Negué con la cabeza y volví a sorberme la nariz.

—No es culpa tuya. Yo acepté ayudarte.

Tres años antes no habría cedido a la amenaza de las lágrimas.

Las habría reprimido, enterrando mi dolor en lo más profundo de mí y dejando que me consumiera por dentro.

Las tipas duras no lloran. Los soldados no lloran.

Pero ese simpático loquero del Ejército que me había enseñado a engañar al cerebro para que disfrutara de un poco de dolor durante las relaciones también me había mostrado las consecuencias de contener las emociones, así que me quedé allí, entre los brazos de Jakob, y me permití derrumbarme unos minutos.

Los últimos dos días habían sido horribles salvo por los breves momentos de felicidad que me había dado ese hombre.

Podría haber sido peor. Mucho peor. Podrían haberle hecho daño a la nana.

Me podría haber fallado la rodilla durante la pelea en el ascensor.

Si me hubiera puesto cabezona en lugar de hacerle caso a Jakob, la nana y yo podríamos haber estado en mi apartamento cuando entraron a la fuerza.

Esos pensamientos, más que cualquier otra cosa, fueron los que me llevaron al llanto.

Lo que más me asustaba siempre eran los «y si…

». Me pasaba desde el accidente de avión.

¿Y si mis compañeros de tripulación no hubieran llegado a tiempo?

¿Y si me hubiera quedado atrapada allí y hubiera muerto presa de las llamas?

El psicólogo me había enseñado que no había que reprimir ese tipo de pensamientos, sino seguirlos hasta el fondo de la madriguera del conejo, hasta el amargo y horrible final. Era la única manera de liberarme de su tormento y reducir la ansiedad residual.

Jakob me acariciaba la espalda mientras yo me imaginaba las situaciones más desfavorables que podrían haber ocurrido.

En ningún momento intentó calmarme ni decirme que no me preocupara.

No se sintió incómodo ni hizo bromas sobre el hecho de que le estaba empapando la camiseta con las lágrimas, y por eso, más que por ninguna otra cosa, quería estar cerca de él y averiguar si entre nosotros realmente podría haber algo más que sexo.

Cuando las lágrimas empezaron a secarse, ya me sentía mejor. Todo seguía siendo horrible y mi apartamento seguía destrozado, pero al menos la nana y yo estábamos sanas y salvas.

A medida que la tristeza y el miedo se desvanecían, la ira surgió para llenar el vacío.

Me revolví entre los brazos de Jakob. Él se echó hacia atrás y me miró. Seguro que tenía la cara roja e hinchada; nunca he estado guapa al llorar. A él no parecía importarle. Extendió la mano y me enjugó el último resto de humedad de la comisura del ojo.

—Quiero participar en la venganza —dije.

Puso cara de póquer.

—¿Qué venganza?

—No me vengas con tonterías, Jakob —le solté—. Los Jokers o alguien que trabaja para ellos han entrado en el corazón de Kearny y le han destrozado el apartamento a la mujer que creen que sale con el hijo de Liam Larson. Sé que los Reyes no lo van a dejar pasar.

—Tú no eres de los Reyes —afirmó—. No puedes participar en la venganza a menos que lleves nuestro emblema.

—Aparte de ti, nadie lo sabría.

Frunció el entrecejo.

—Fui artillera del aire y tuve uno de los mejores expedientes de la historia de mi unidad —insistí—. Ponme en un sitio elevado con un rifle y, si las cosas se tuercen, me aseguraré de que los Reyes salgan de allí con vida.

Me miró con gesto inexpresivo.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Tomar posición en algún edificio y agujerearles el cerebro si vienen a por nosotros?

Guau. ¿Por qué con él todo era siempre tan extremo?

—Estaba pensando más bien en atravesarles algunos puntos no letales para dejarlos fuera de combate —repliqué—. Fui la primera de mi promoción en la formación de francotiradores. Puedo hacerlo.

Arrugó el entrecejo aún más.

—¿Y si fallas? ¿Y si se mueven y acaban muriendo por las heridas? Esto no es el Ejército. No nos enfrentamos a combatientes enemigos extranjeros; se trata de civiles estadounidenses. Aquí no hay ningún gobierno que autorice las muertes. Si te cargas a uno, serás una asesina.

Ahí estaba, esa era la razón por la que ni se me ocurría juzgar a ningún miembro de los Reyes por lo que hacía.

La mayoría eran veteranos de guerra. Como a mí, los habían despojado de su humanidad durante la contienda.

Habían mirado al oscuro interior de la naturaleza humana y se habían dado cuenta de lo brutales y repugnantes que éramos en realidad.

El «No matarás» había pasado a ser un «En realidad, no pasa nada si matas a quien te digamos».

Masacre autorizada. Qué concepto más absurdo, joder.

Cuando terminó la guerra, nos arrojaron de nuevo a la vida civil con una formación ridículamente insuficiente que no nos permitía readaptarnos.

¿Tan raro era que, en lugar de aclimatarse, los miembros de los Reyes hubieran encontrado una nueva causa por la que luchar?

¿Una nueva unidad a la que unirse? ¿Un mundo lleno de personas como ellos, que observaban la realidad con los ojos bien abiertos?

En el campo de batalla reinaba la anarquía y, aunque lo abandonaras, lo que allí habías vivido nunca te abandonaba a ti del todo.

Después de aquello la civilización ya no tenía mucho sentido.

La veíamos como la fachada débil que era.

Sabíamos lo poco que hacía falta para derribarla, así que dejamos de tragarnos todas las tonterías que nos contaban y comenzamos a vivir según nuestra propia brújula moral descacharrada.

—Soy una asesina desde los veinte años —le dije a Jakob—.

Que un gobierno me diera autorización nunca me facilitó matar, y desde luego no detuvo las pesadillas.

Luché contra los rusos junto a los ucranianos para evitar que su país volviera a ser arrastrado a la nueva URSS, así que más te vale que me creas cuando te digo que no dudaría en llevarme por delante a un par de Jokers si supiera que así estoy protegiendo Kearny.

Me miró fijamente durante un buen rato y, por fin, asintió.

—Puedes participar.

Solté una profunda exhalación.

—Gracias.