Los reyes de Kearny Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Me echó una mirada. Yo clavé los ojos en sus gafas de sol un segundo y luego le di un buen repaso de arriba abajo, tan despacio que no había forma de que hubiera pasado por alto mi interés.

Volvió la vista a la carretera.

—Después de lo del pasillo, vas a tener que decirlo.

Ah, sí, lo del pasillo, cuando le di un empujón y le revoqué el permiso para tocarme cuando quisiera. Ese debió de ser el motivo por el que anoche se contuvo antes de besarme. A veces odio mi carácter.

—Haz que me corra, Jakob…

Con los años había aprendido que a los hombres les encantaba que dijeras su nombre en cualquier contexto relacionado con el sexo.

Jakob no era una excepción. Se le tensó la mandíbula.

Reajustó su forma de agarrar el volante.

Desplazó la mano que descansaba sobre la palanca de cambios hasta su entrepierna y acomodó el bulto que se le estaba formando.

Me estremecí al ver que mis palabras habían tenido un efecto tan inmediato sobre él.

—Desabróchate los vaqueros —dijo.

Vacilé medio segundo. Mi idea era proponérselo y que se detuviera en algún lugar apartado para montárnoslo en el asiento de atrás.

¿Quería hacer que me corriera mientras conducía?

Miré alrededor. No había nadie más con nosotros en la carretera.

Deslicé las caderas hacia delante, me desabroché los pantalones y bajé la cremallera.

Él alargó la mano y me metió los dedos bajo el elástico de las bragas.

Los vaqueros me quedaban ajustados, así que tuvo que hacer fuerza para llegar donde yo necesitaba que llegara.

Oí un desgarro y supe que alguna costura corría el riesgo de romperse, pero me importaba una mierda.

Si no fuera por la evidente amenaza de estrellarnos con el coche, seguramente me habría subido encima de él.

Me buscó el clítoris con la misma intensidad inquebrantable de siempre, pero, en lugar de detenerse ahí, se abrió paso hacia delante, curvó la mano y me metió uno de sus gruesos y largos dedos.

Yo ya estaba mojada, en realidad, desde que lo había visto asomarse a la puerta de la abuela con aquella aura de violencia que desprendía, como un efluvio casi visible de peligro.

Me rozaba el clítoris con la palma de la mano mientras se adentraba cada vez más en mí, hasta que una descarga eléctrica me atravesó el vientre.

Antes de recuperar el aliento, empezó a mover la mano adelante y atrás, metiendo y sacando el dedo.

Solté un fuerte gemido y dejé caer la cabeza hacia atrás, contra el asiento.

Ese día podría haber muerto. La abuela podría haber resultado herida.

Si los Jokers hubieran decidido convertir Magnolia en su Álamo particular, ¿quién sabe cuántas personas se habrían visto atrapadas en el fuego cruzado?

Gracias a la rapidez mental de Jakob, todos habíamos logrado escapar y, desde que salimos de aquel edificio, no había hecho más que ansiar ese recordatorio de que seguía viva, era libre y podía sentir alegría, lujuria y deseo.

—Móntame —gruñó Jakob.

Le agarré la muñeca para sujetarlo mientras hacía lo que me había dicho, cambiando la posición de las caderas todo el rato hasta que por fin encontré el ángulo menos doloroso para mi pierna mala. Sí, así. «Justo así».

Los vaqueros me quedaban tan ceñidos que tenía la palma de su mano pegada al clítoris.

Me moví arriba y abajo, con los pechos bamboleándose rítmicamente.

Apartó los ojos de la carretera e, incluso a través de sus gafas de sol, sentí cómo marcaba mi cuerpo con la mirada. Claro, era un hombre más de tetas.

Levanté una mano y me acaricié el pecho a través de la camiseta.

—Ojalá pudieras usar la boca… —gemí, consciente de que se volvería loco al no poder hacerlo.

Se centró rápidamente en la carretera y cambió el ángulo del dedo, tocando un punto más profundo de mí que me hizo jadear al siguiente rebote. Estaba a punto de correrme.

—Te comería los pezones hasta hacerte gritar —dijo—. En cuanto entremos en tu apartamento, voy a follarte en el suelo.

Lo embestí de nuevo, esa vez con más fuerza.

—¿Qué tiene de malo…, Dios , Jakob…, mi cama?

Él negó con la cabeza; apretaba tanto la mandíbula que lo siguiente lo pronunció entre dientes.

—No voy a tener paciencia para caminar tanto.

Sus palabras me desarmaron. El placer se acumuló en lo más profundo de mi ser, concentrándose en el bajo vientre, y luego explotó hacia fuera.

Perdí el ritmo, pero, cuando detuve las caderas, él lo retomó con la mano, alargando el orgasmo hasta que me volví tan hipersensible por el placer que casi dolía.

—Para —pedí sin aliento.

Dejó la mano quieta dentro de mí. Apreté los músculos con la potencia remanente del clímax.

Virgen santa.

La cabeza me daba vueltas. Los ojos me hacían chiribitas. No quería que parara. Había algo en ese hombre que me despojaba de todas mis capas de humanidad y dejaba al descubierto la criatura lúbrica y codiciosa que era.

«Otra vez. Más. Más fuerte», exigía.

Entonces sacó la mano de mis vaqueros, se metió el dedo en la boca y se tragó mi sabor.

—¿Cuánto corre este coche? —le pregunté.

En respuesta, pisó el acelerador a fondo.