Los reyes de Kearny Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Oh, oh, había dicho «tu hijo». No sé cómo, pero acababa de meter a Jakob en un lío con sus padres.

Detrás de mí, Liam suspiró y se perdió dentro de la casa.

Jennifer se giró para mirarme.

—Mi madre tenía alzhéimer. Falleció hace dos años.

Empecé a parpadear.

—Me licencié para poder traerla aquí y ser su cuidadora a tiempo completo —añadió Jennifer—. Vivió aquí con nosotros desde que Jakob era pequeño.

Sentí cómo me ruborizaba.

—No me había dicho nada. Ayer, cuando le hice un repaso de los síntomas del alzhéimer, se quedó tieso como una estatua.

Me puso las manos sobre los hombros.

—Lo siento. Quiero a ese chico más que a mi propia vida, pero a veces me encantaría zarandearlo hasta que le repiquetearan los dientes.

Me dio un par de sacudidas para demostrármelo y, muy a mi pesar, esbocé una sonrisa.

—Me siento como una idiota —admití.

Ella me apretó los hombros.

—Pues deja de sentirte así. Jakob es muy reservado, incluso con nosotros. Criarte con unos padres que pertenecen a una organización criminal puede inculcarle a un niño cierto grado de desconfianza sana. Y después de su paso por el Ejército… —Me soltó y se encogió de hombros.

—¿Cuánto tiempo estuvo allí?

—Ocho años.

—¿Entró nada más terminar el instituto?

Asintió.

—¿Te ha hablado de alguna de sus misiones? —pregunté.

Ella negó con la cabeza y sus rizos oscilaron.

—Me dijo que no podía, por motivos legales. Todas eran clasificadas.

Entonces encajó otra de las piezas del rompecabezas de Jakob.

Por experiencia propia, sabía que la gente que había trabajado en misiones muy confidenciales era paranoica y reservada.

Solo se relacionaban dentro de sus propias unidades, no socializaban con otros soldados y perdían el contacto con cualquier amigo que tuvieran antes de alistarse.

Porque ¿qué le ibas a decir a alguien de fuera?

No podías responder a ninguna pregunta sobre dónde estabas o qué hacías.

No podías contar para qué estabas entrenando.

Era mucho más fácil guardar silencio que mentir y, si Jakob ya era desconfiado antes de alistarse, solo Dios sabía lo que habían hecho con él ocho años de misiones secretas.

—Dale tiempo —sugirió Jennifer—. Bajo esa coraza de tipo duro se esconde un buen hombre.

—Lo intentaré —respondí, porque no sabía qué otra cosa decirle.

«Lo siento, pero solo lo estoy utilizando por su cuerpo» me parecía un poco brusco, incluso para mí, y empezaba a darme cuenta de que tal vez ya ni siquiera fuese cierto.

Veinte minutos después, Jakob y yo volvíamos a rodar por la carretera.

El Mustang verde oscuro en el que íbamos era un clásico con un motor grande y ruidoso, pero, a pesar de su potencia y belleza, pensaba que ojalá hubiéramos cogido mi porquería de coche.

Con él quizá nos habrían reconocido, pero tenía aire acondicionado y eso empezaba a parecerme una buena compensación.

En esa parte de Texas, la temperatura solía ser diez grados más alta que en los pueblos de las tierras bajas circundantes.

Ese día no había ni una sola nube en el azul aciano del cielo.

El asfalto irradiaba calor mientras el sol abrasaba el capó del vehículo.

Me hice un moño despeinado en la parte alta de la cabeza y bajé la ventanilla. Jakob también bajó la suya.

Me volví hacia él.

—¿Tanto te habría costado mencionar ayer que tu abuela tenía alzhéimer?

No despegó la vista de la carretera.

—No vi la necesidad.

Ufff, hombres…

—Bueno, no sé, al menos podrías haberme ahorrado el esfuerzo.

Se me quedó mirando, con los ojos ocultos tras las gafas de sol.

—Los dos últimos años de su vida, mi abuela no sabía quiénes éramos. Pensé que podía evitar recordarte lo feas que van a ponerse las cosas con la tuya.

Casi me llevé la mano al pecho. Sentí que el corazón se me paraba de golpe. Era cierto, las cosas iban a ponerse muy feas con la nana y ni yo ni nadie podíamos hacer nada para evitarlo. Se me revolvían las tripas cada vez que lo recordaba.

Observé el perfil de Jakob mientras él volvía la vista hacia la carretera.

—Tienes razón. Habría sido difícil oír eso segundos antes de saludarla, pero quizá podrías haber encontrado otra forma de mencionarlo sin tener que llegar a ese punto.

Subió uno de sus gigantescos hombros.

—Quizá, o a lo mejor una pregunta habría llevado a otra y al final habríamos acabado hablando de eso. Además, ya estabas enfadada conmigo de antes.

—Tenía mis motivos —le recordé.

—No digo lo contrario. Simplemente, no quería añadir la pena a mi lista de ofensas.

Me di la vuelta y miré por la ventana, reflexionando sobre sus palabras.

¿Me gustaba cómo había manejado la situación?

No. ¿Entendía que alguien con el pasado de Jakob se comportara de ese modo?

Sí. Ya estábamos enfadados cuando llegamos a la habitación de la abuela.

En lugar de romperme el corazón, se había callado.

A su manera, había intentado protegerme.

Mantuve la cabeza girada mientras le hacía la siguiente pregunta:

—De ahora en adelante, ¿puedes intentar decir algo en ese tipo de situaciones? Prefiero estar triste en ese momento que sentir vergüenza después.

—Lo intentaré —dijo.

Acababa de insinuarle que teníamos un futuro juntos y él me había seguido el juego. Dios, ¿en qué me estaba metiendo?

Nos quedamos en silencio mientras pasábamos de los pastos a los maizales.

Aquella primavera, en Texas había llovido más de lo habitual y las oscilantes mazorcas estaban tan altas que no se veía más allá.

Hacía rato que el eco de la voz de Jakob me rondaba la mente: «Vamos a entrar a por vosotras».

Por cómo había sonado, habría hecho falta todo un ejército para detenerlo.

Había entrado a por la nana y a por mí, arriesgándose a un enfrentamiento abierto con los Jokers y, por extensión, con los Bandidos.

La noche anterior no se había molestado en desmentir los rumores que circulaban por ahí sobre nosotros.

Después, me había seguido a casa para asegurarse de que estaba a salvo, se había disculpado por comportarse como un idiota y luego me había besado como si quisiera devorarme.

Ese mismo día, cuando pareció que una banda rival podría tenerme en el punto de mira, en lugar de dejarme tirada en alguna casa franca de mierda, me había llevado al hogar que compartió con sus padres.

Puede que estuviera sacando conclusiones precipitadas, pero cada vez quedaba más claro que lo que estaba pasando entre nosotros tampoco era algo pasajero para Jakob.

El sudor me perlaba la frente. Saqué el brazo por la ventanilla y extendí los dedos para ver si conseguía que entrara algo de aire en el interior del habitáculo.

Tenía calor y estaba agitada. La pelea con el guarda me había sacado de quicio, y nada como un pequeño roce con la muerte para que a una le entren ganas de hacer alguna locura.

Me volví hacia Jakob. Se había quitado las prendas de cuero antes de salir y llevaba puestos unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.

Su chupa de los Reyes estaba en el asiento de atrás.

No me cabía la menor duda de que se la iba a poner en cuanto saliéramos del coche.

Aunque le había tomado el pelo al señalar su necesidad de llevarla siempre puesta, me alegraba de que la hubiera traído.

Si alguien encargado de vigilarme veía el emblema de los Reyes que tenía bordado en la parte posterior, a lo mejor se lo pensaba dos veces antes de hacer nada.

Se movió sutilmente y yo lo miré de arriba abajo.

Agarraba la parte superior del volante con la mano izquierda, marcando bíceps bajo la tinta de los tatuajes.

Si decidía ver hasta dónde llegaban las cosas con él, un día de esos tendría que preguntarle qué significaba cada uno de ellos.

No parecía la clase de hombre que se estampaba cualquier símbolo en el cuerpo.

Bajé la mirada. Tenía la mano derecha apoyada sobre la palanca de cambios que había entre nosotros, listo para reducir de marcha mientras nos acercábamos a la siguiente cuesta.

Fantaseé con esos dedos largos y hábiles durante un par de minutos antes de volver a centrarme en su rostro.

Se había puesto unas gafas de sol clásicas y, con el pelo así peinado hacia atrás, parecía el hermano rubio y barbudo de James Dean.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó arrastrando las palabras; se había dado cuenta de que lo miraba.

—Sí —contesté sin ningún tipo de vergüenza.