Los reyes de Kearny Capítulo 15
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Capítulo 15

Me desperté con el tacto de unos dedos acariciándome la piel. Sentí una presión en el cuello, seguida de un suave cosquilleo y una oleada de calor, como si alguien acabara de besármelo.

«Mmm…, qué agradable».

Abrí los ojos, todavía desorientada. Ese no era mi apartamento.

Unas amplias cortinas opacas cubrían las ventanas que tenía delante.

Estaba tumbada de lado, sobre un colchón blando como una nube.

Bajé la vista. Las sábanas se habían amontonado alrededor de mi cintura.

Llevaba una camiseta blanca enorme y juraría que aún tenía puesta la ropa interior.

La noche previa me vino a la mente de golpe.

La fiesta. La foto que habíamos visto al salir.

Lo último que recordaba era a Jakob mirándome de reojo en el Mustang y diciéndome que reclinara el asiento y descansara.

Debí de quedarme dormida mientras él conducía.

Y, como no recordaba haberme bajado del coche, suponía que él me había llevado en brazos y me había acostado.

Noté una mano deslizándose por debajo de mi camiseta.

Jakob me pasó el brazo por la cintura, flexionando el bíceps mientras me atraía hacia atrás entre las sábanas.

Me acurruqué en el hueco que formaba su cuerpo, grande y cálido.

Cuando noté su erección en la parte baja de la espalda, me invadió una oleada de excitación.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—Casi mediodía —respondió.

Me dio un beso en el cuello. Y otro más.

Gemí de placer mientras bajaba los labios hacia la clavícula, abrasándome la piel.

Me estorbaba la camiseta. Él levantó el brazo de mi cintura y agarró el dobladillo mientras yo me incorporaba lo justo para que me la quitara.

La tiró a un lado y luego me cogió del hombro para girarme hacia él y dejarme boca arriba.

Las cortinas opacas bloqueaban la mayor parte de la luz, pero por los bordes se colaba lo justo para verlo.

En lugar de contemplar a un sanguinario vikingo, me encontré con el rostro de un hombre apenas despierto.

Tenía un aspecto… adorable, la verdad. Tenía el pelo revuelto.

El sueño le había suavizado la dureza de las facciones.

Me miraba con los ojos medio cerrados. Parecía más joven, despreocupado y casi infantil.

Levanté una mano y le aparté el pelo de la frente.

Él cerró los ojos y se inclinó hacia mi caricia.

Intenté recordarme a mí misma lo cabrón que podía llegar a ser a veces, pero entonces se giró y me dio un beso en el interior de la muñeca, y aquello fue extremadamente real, muy parecido al afecto sincero.

El estómago me dio un pequeño vuelco para nada bienvenido.

Tenía que hacer algo para romper el hechizo.

Él seguía con los ojos medio cerrados, clara señal de lo cansado que debía de estar, así que me aferré a eso.

—Me voy a ofender muchísimo si ahora mismo te quedas dormido —bromeé.

Él reaccionó desplomando medio cuerpo sobre mí y empezó a roncarme en el oído.

Le di un empujón en el hombro. Por Dios, pesaba una barbaridad.

—No tiene gracia —aseguré.

Se incorporó apoyándose sobre los codos.

—¿Y por qué sonríes?

Mierda, estaba sonriendo, ¿verdad?

—Cállate —respondí alargando una mano hacia él.

Jakob se deslizó entre mis muslos.

—No, cállate tú.

Me reí y lo rodeé con las piernas, tratando de acercarlo más a mí. Me gustaba ese lado suyo juguetón.

Me puso su enorme manaza en la boca y, amortiguando mi risa, desvió la mirada hacia la puerta.

—En serio, Krista —dijo en voz baja.

Entonces lo pillé: el sonido de la vida fuera del dormitorio. Una conversación flotaba escaleras arriba. En algún lugar cercano, una lavadora arrancaba el ciclo de centrifugado. Vale. No era su apartamento. No estábamos solos.

Le mordí ligeramente la palma de la mano y él la apartó.

—Sé estar callada —aseguré.

Él dibujó una sonrisa inquietante.

—Eso ya lo veremos.

Acomodó los codos a ambos lados de mi cabeza y movió las caderas hacia delante, deslizando su duro miembro por mis genitales.

Me tragué el gemido que amenazaba con salir.

Dios, qué sensación más agradable. Demasiado para haber muchas capas entre nosotros.

Estiré la cabeza para mirar y, efectivamente, Jakob no llevaba calzoncillos.

—¿Cómo va la pierna? —preguntó empujando de nuevo las caderas.

Dejé caer la cabeza sobre la almohada. Mi cuerpo vibraba de placer, lo que me impedía centrarme en sus palabras.

—Bien —respondí.

Y era verdad. Me había tomado un relajante muscular en el coche y, entre eso y las diez horas que debía de haber dormido, el dolor de la noche anterior se había desvanecido en la familiar rigidez matutina a la que ya estaba acostumbrada.

Con la fricción de la polla de Jakob sobre el clítoris se me tensó el bajo vientre y mi creciente excitación relegó cualquier molestia residual a un segundo plano.

—Hazlo otra vez —le pedí.

Él volvió a embestirme con las caderas y bajó la cabeza, dejándome una estela de besos en la mejilla.

Aparté el rostro para darle mejor acceso y él siguió adelante; la presión de su miembro desaparecía a medida que bajaba más y más con sus besos, que me ardían por el cuello y a lo largo de la clavícula.

Con cualquier otra persona, en esa posición me habría apetecido un polvo pausado y somnoliento, y luego quizá volver a echar una cabezadita.

Pero se trataba de Jakob. Sus besos no eran suaves.

No eran aletargados ni tiernos. Aunque no podíamos hacer ruido, me marcaba la piel de una forma que me obligaba a apretar los dientes y a respirar entrecortadamente por la nariz.

Cinco minutos antes estaba dormida, pero en ese momento estaba tan excitada que sentía mi propia humedad empapando las bragas.

Frente a nosotros, el elegante aire acondicionado de pared se puso en marcha con un zumbido y el aire frío me endureció los pezones.

Jakob agachó la cabeza, se metió uno en la boca y pasó la lengua por encima.

Yo me agarré a las sábanas y me arqueé hacia él.

Siempre había tenido unos pezones sensibles.

Si seguía lamiéndome así, cualquier roce suave en el clítoris me desarmaría por completo.

Pasó de un pecho al otro, envolviéndolos con las manos y ahuyentando el frío del aire acondicionado con el calor de sus palmas.

Mientras me pasaba la lengua por un pezón, el otro me lo acariciaba con los dedos, manteniéndome hiperestimulada.

Me sentía cada vez más llena, más blanda; mi cuerpo se estaba preparando para él.

El calor se me acumuló en el bajo vientre.

Las paredes internas me palpitaban al ritmo de los latidos, un doloroso recordatorio de que seguía vacía.

Casi me sentía abandonada por no tenerlo dentro… , así de desesperada me tenía.

Sabía que parte de esa desesperación era un remanente del día anterior.

Había hecho que me corriera mientras él conducía, pero, en lugar de liberarme, eso solo había conseguido ponerme más tensa.

Los dos estábamos completamente vestidos.

Apenas volvimos a tocarnos el resto del día.

Me había visto obligada a contemplar sus anchos hombros, ocultos bajo la chupa, y su firme trasero, cubierto por los vaqueros, durante horas y horas.

Así que verlo en ese momento, totalmente desnudo y adorando mi cuerpo, me destrozó por completo.

—Jakob —musité.

Debió de percibir la necesidad en mi voz, porque me puso una mano en la cadera y empezó a bajarme las bragas.

Sus labios desaparecieron de mi pezón y casi grito al sentir su ausencia.

Descendió por mi cuerpo, deteniéndose sobre el vientre para inhalar.

De su pecho brotó un sonido grave de aprobación, casi como un ronroneo.

— Huele a lo mucho que me deseas.

Yo también lo olía. Con el aparato del aire acondicionado aún soplando sobre nosotros, el aroma almizclado de mi excitación era incuestionable.

Volvió a respirar hondo, expandiendo la caja torácica entre mis muslos, y luego bajó más todavía.

Con las manos, me empujó las rodillas hacia los lados, abriéndome para él.

La mirada posesiva de su rostro al contemplar mi coño me volvió absolutamente del revés.

—Jakob —dije más alto.

Vislumbré la oscura silueta de una sonrisa perversa mientras se inclinaba hacia delante.

No jugó conmigo. No se tomó su tiempo. Hundió la lengua en mi interior sin más.

Yo me arqueé sobre la cama, sin aliento.

Ese hombre debía de estar famélico, porque me comió con tal dedicación que enseguida me puse a jadear.

Pero si yo tenía mi lado sádico, Jakob me superaba.

En lugar de proporcionarme el alivio que necesitaba tan desesperadamente, hizo el deliberado ejercicio de ignorar mi clítoris y siguió lamiéndome el coño, llevándome a cotas de placer cada vez más intensas.

Moví las caderas, intentando decirle con el cuerpo lo que quería que me hiciera.

Él lanzó un gruñido sordo contra mi carne húmeda y me colocó las piernas sobre sus hombros.

Luego me rodeó los muslos y la cintura con sus fuertes brazos, inmovilizándome por completo.

El mensaje estaba claro: él ya sabía lo que yo quería y me lo haría cuando le saliera de los huevos.

Hasta entonces, pensaba tomarse su tiempo para devorarme.

Me habría enfadado si no hubiera estado tan preocupada por si me daba un infarto.

Estar tan excitada durante tanto tiempo sin llegar a correrme no podía ser bueno para mi salud a largo plazo.

Mi respiración se reducía a unos jadeos entrecortados.

El pulso me latía por todo el cuerpo como un tren descarrilado.

En lo más profundo de mi ser, los músculos se me contraían una y otra vez, suplicando por algo a lo que aferrarse.