Capítulo 10
Los Reyes cercaron mi coche mientras conducíamos, cinco por delante y cinco por detrás, formando ambos grupos una falange.
Jakob iba a la cabeza. Supuse que nos quedaríamos cerca del pueblo, del territorio de los Reyes, pero, a medida que nos alejábamos de Kearny y ganábamos altitud en Hill Country, empecé a preguntarme adónde demonios nos estaba llevando Jakob.
—Tienes unos amigos muy interesantes —observó la nana girándose hacia mí en su asiento.
—No son mis amigos —le contesté.
—¿Tus compinches? ¿Tus camaradas? ¿Tus compañeros de fechorías? —insistió.
—No estoy en los Reyes.
—Bien. Esta familia ya tiene suficiente con una pareja de malhechores. —A través del parabrisas, miró la ancha espalda de Jakob—. Aunque tal vez podría hacer una excepción y dejar entrar a uno más.
Solté un suspiro.
—Ya te he dicho que no somos nada.
—Y yo sigo pensando que mientes.
—Si saliéramos juntos, nos mataríamos durante la primera semana —argumenté.
La noche anterior era prueba de ello. Lo que había ocurrido entre Jakob y yo no había sido tanto un beso como un enfrentamiento físico.
Beth me había asegurado que él no era el tipo de hombre que pegaba a las mujeres, y yo la había creído.
Yo tampoco era violenta, y aun así casi lo estrangulo en mi desesperado intento por acortar la distancia que nos separaba.
Una suave risita inundó el coche, sacándome de mis pensamientos.
—Nada como un poco de violencia amigable para animar las cosas.
Casi me ahogo y me salgo de la carretera.
—¡Nana!
—Cariño, conduce con cuidado —dijo dándome una palmadita en la espalda.
—¿Por qué siempre intentas mandarme de nuevo a terapia? —gimoteé—. ¿Por qué no te limitas a darme la lata con lo de casarme y tener hijos, como hacen las demás abuelas?
Me miró con picardía y entreabrió los labios, lista para darme una réplica sin duda traumática.
Intenté taparle la boca mientras conducía.
—Si dices algo más sobre ti y el abuelo, doy la vuelta y te dejo con esos traficantes de droga.
Con gran sabiduría, cambió de tema.
—¿Ya os habéis reconciliado después de la pelea de enamorados de ayer?
—No fue una pelea de enamorados —insistí—. Pero sí, nos hemos reconciliado.
—¿Cómo te lo ha compensado? —preguntó.
«Siguiéndome a casa y besándome como un loco».
—Se disculpó por ser un idiota.
—¿Y tú te disculpaste por ser una idiota?
—¿Quién ha dicho que yo fuera una idiota?
Estaba tan callada que me arriesgué a mirarla de reojo. Tenía la ceja derecha arqueada y me lanzó la mirada que tantas y tantas veces había recibido durante mi juventud, esa que decía: «A mí no me engañas, jovencita».
—Sí, me disculpé —respondí entre dientes.
—Así me gusta. Ser capaz de admitir que te has equivocado es la mitad de la batalla. Os llevaréis bien.
Logré resistir el impulso de corregirla otra vez. Cuando a mi nana se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla cambiar de opinión. Recuerdo preguntarle a la doctora Perez si aquello era un síntoma del alzhéimer, pero me contestó que no, que era un síntoma de terquedad.
Al cabo de una hora de trayecto, la primera pareja de Reyes se desvió de la ruta, dejándonos con ocho escoltas. Cinco minutos más tarde, vimos que se alejaba el siguiente grupo, y después, el siguiente dio media vuelta en medio de la nada. Al final solo quedó Jakob.
El motor de mi coche chirriaba mientras ascendíamos por la antigua cuenca de un río. La carretera atravesaba la roca roja de la colina, ocultándonos las vistas hasta que alcanzamos la cima.
—¡Uy, qué bonito! —exclamó la nana cuando llegamos arriba.
Tenía que darle la razón. Ante nuestros ojos se extendía una meseta de terreno agrícola salpicada de ranchos y campos de cultivo.
Jakob nos guio hasta el mismísimo corazón de aquel altiplano antes de girar a la derecha por un discreto camino de tierra.
A menos de un kilómetro, pasamos por debajo de un arco que rezaba R ANCHO F RIHET y entonces me di cuenta de que estábamos atravesando un acceso.
La vía doblaba a la izquierda y, al salir de la curva, apareció una casa a lo lejos.
Se erigía colina abajo, encaramada al borde de un despeñadero.
Más allá había un río ancho y de corriente lenta que serpenteaba perezosamente.
Era un entorno idílico, sobre todo por el pequeño rebaño de vacas longhorn que pastaba en un prado cercano.
—¿Adónde nos ha traído tu pretendiente? —preguntó la nana.
—Ni idea —respondí, porque aquello parecía demasiado bonito para pertenecer a los Reyes.
La región de Hill Country era conocida por la violencia y la ferocidad de sus tormentas, y la casa estaba diseñada para soportarlas.
Era grande, pero, en lugar de extenderse a lo alto, se desplegaba a lo largo del precipicio, y tenía un estilo moderno con acabados de estuco y piedra clara en el exterior.
Las líneas del tejado eran asimétricas, con unos ángulos muy pronunciados para que la lluvia resbalara al momento.
Unos enormes ventanales ofrecían vistas de los alrededores.
Jakob se detuvo junto al garaje y deslizó la moto junto a dos Harleys.
Yo aparqué, dejando una distancia prudencial entre nosotros, y salí del coche con la nana.
Los insectos chirriaban en el prado de al lado.
Los pájaros trinaban sobre nosotros. Habían plantado un sauce un poco más abajo, un poco alejado de la casa para que las raíces no dañaran los cimientos, pero incluso a esa distancia se oía la brisa susurrando entre sus ramas encorvadas.
Percibí un destello rojizo por el rabillo del ojo.
Me giré justo a tiempo para ver a un golden retriever bajando a brincos por el sendero frontal hacia nosotros.
Cuando divisó a Jakob, se puso a ladrar como un loco, cambiando de rumbo para abalanzarse sobre él, que se agachó para saludar al perro y a punto estuvo de caerse de culo cuando este lo embistió a toda velocidad.
Saltaba y gimoteaba sobre él, intentando lamerle la cara, las manos, meneándose lo más cerca posible de su inmenso cuerpo…
¿Qué culpa tenía? La escena me recordó a uno de esos vídeos de YouTube en los que un perro fiel se reencuentra con su humano después de haber estado separados un tiempo, y eso despertó una inquietante sospecha en mi interior.
El animal se apartó de Jakob y vino hacia la nana y hacia mí. Las dos nos preparamos para el impacto.
Un penetrante silbido rasgó el aire.
—¡Molly, vuelve aquí ahora mismo! —gritó un hombre.
La perra, al parecer una hembra, dudó un segundo y nos lanzó un quejido, como si estuviera dispuesta a volver, y después salió disparada hacia un hombre rubio igual de corpulento que Jakob.
Debía de tener entre cincuenta y tantos y sesenta y pocos años, y caminaba tranquilamente por el sendero con unos vaqueros gastados y una camiseta blanca de cuello de pico.
Tenía los brazos cubiertos de tatuajes descoloridos e iba descalzo.
Lo seguía una mujer pelirroja y menuda que llevaba un vestido holgado sin mangas sobre unas mallas.
Parecían un par de hippies con pasta y entrados en años.
Cuando el hombre cruzó la mirada conmigo, reconocí esos ojos al instante. Los había visto convertirse en hielo cientos de veces.
La nana también advirtió el parecido.
—Ya veo que su aspecto le viene de familia —soltó.
Virgen santa, eran los padres de Jakob. No me había llevado a una casa franca; me había llevado a su hogar.
El hombre que, según mis suposiciones, era el padre de Jakob se acercó a él, sonriendo con una transparencia que su hijo no había heredado.
—Cuánto tiempo sin vernos. —Tenía la voz grave y un poco ronca, como si hubiera fumado durante toda su juventud.
En lugar de abrazarse, los dos hombres se dieron la mano.
La mujer menuda, entendía que la madre de Jakob, fue menos formal.
En cuanto ellos se separaron, ella agarró a su hijo por los hombros, lo atrajo hacia sí con una sorprendente demostración de fuerza y lo abrazó durante un minuto largo.
Oí el murmullo suave de una voz femenina, pero lo que le dijo se lo llevó la brisa antes de que llegara a mis oídos.
Conocer a los padres de alguien siempre me ponía nerviosa. Por lo general, no me preocupaba demasiado lo que la gente pensara de mí, pero la cosa cambiaba cuando se trataba de los seres queridos de personas que me importaban. El día que conocí a la madre de Nina acabé sudando la camiseta.
Últimamente no paraba de repetirme que Jakob no significaba nada para mí.
Que solo era un hombre con el que me había acostado.
Las mariposas que sentía en el estómago dejaron al descubierto la mentira.
Si no me importara ni un poquito, la amenaza inminente de conocer a sus padres no me provocaría ganas de vomitar.
Jakob y su madre se soltaron.
Entonces él se volvió hacia mí y confirmó mis temores.
—Estos son mis padres, Liam y Jennifer. Papá, mamá, ellas son Krista y su abuela, Izzy.
Los cuatro intercambiamos holas.
Liam señaló la casa.
—¿Por qué no entráis y nos cuentas por qué tu novia tiene sangre en los vaqueros?
—No soy su novia —dije.
—No es mi novia —respondió él a la vez.
Liam resopló, nos miró a los dos y se giró hacia la casa.
—Ya, claro —soltó con un marcado sarcasmo.
La nana estalló en carcajadas, como si fuera lo más divertido que había oído en años, y luego se cogió del brazo de Jennifer mientras las dos seguían a Liam.
Jakob y yo nos quedamos allí parados, viéndolos alejarse con esa mirada de resignación característica de los niños que se avergüenzan de sus mayores.
Molly eligió ese momento para saltar sobre mí. Casi me caigo de espaldas.
—Sí, hola. Yo también estoy encantada de conocerte. —Levanté una mano para bloquearla—. No, no puedes lamerme la boca si la tengo abierta.
—Baja, Molly —ordenó Jakob.
La perra volvió a ponerse a cuatro patas y se escabulló entre nosotros, moviendo la cola tan rápido que todo su cuerpo se contoneaba.
—Me has traído a tu casa —solté.
Jakob se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.