Los reyes de Kearny Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

La conduje hasta su dormitorio y entre las dos preparamos rápidamente una bolsa de viaje.

Encontré sus medicinas en la cocina y me las guardé en el bolso.

Ya compraríamos cualquier cosa que se me hubiera olvidado en la tienda del pueblo.

No pensaba dejarla ahí ni un día más. Iba a pagar muy caro lo que le había hecho a ese guarda —si es que realmente lo era—, pero, si se trataba de un pandillero, algo por lo que me apostaría un brazo, acababa de pintarme una diana descomunal en la espalda.

¿Dónde estaba la doctora Perez? ¿Le había dicho algo inconveniente a la persona equivocada y la habían silenciado? ¿O al final sería verdad que estaba metida en el ajo y la llamada para que viniera con Jakob no era más que un señuelo?

—¿Vas a decirme por qué has bloqueado mi puerta de una forma tan creativa? —preguntó la abuela.

—Creemos que hay gente peligrosa en el edificio —respondí; no tenía sentido mentir.

Torció el gesto.

—¿Cómo que «creemos»?

—Un hombre llamado Jakob Larson y yo. Te lo presento en unos minutos.

O eso esperaba.

Volví a la puerta, aguzando el oído por si oía disparos.

Los Reyes eran más. Me había molestado que Jakob apareciera con la caballería, pero en ese momento le estaba bastante agradecida.

Esperaba que los hombres de abajo también se dieran cuenta de que tenían las de perder y decidieran no presentar batalla.

—Ya lo conocí ayer —dijo la nana.

Me giré como un resorte.

—¿Te acuerdas de Jakob?

—Claro que me acuerdo de Jakob. Cómo iba a olvidarme de un cabronazo tan guapo.

Me quedé perpleja. Si no tenía un mal día, ¿a qué se debía esa mirada vidriosa?

Ay, no.

Me acerqué a ella e inhalé con fuerza.

Mi abuela levantó las manos y dio un paso atrás.

—¿Qué haces?

El olor herbal y terroso de la marihuana me inundó las fosas nasales.

—¡Nana! ¡Se supone que no debes fumar hierba!

—Es para el glaucoma —replicó.

—Tú no tienes glaucoma.

Dejó caer las manos y me miró con gesto impasible.

—Entonces, es para los dolores de cabeza que me provoca la mandona de mi nieta.

Consiguió desmoralizarme.

—Perdona. Es que me preocupo mucho por ti.

Me dio unas palmaditas en el brazo.

—Ya lo sé, cariño, pero tienes que dejar que me divierta un poco de vez en cuando.

Decidí que no era el momento de señalar que su análisis farmacológico me había revelado lo mucho que se había estado divirtiendo últimamente.

El teléfono me sonó dentro del bolso; lo saqué y contesté. Era Jakob.

—Estamos avanzando por el pasillo —me informó—. Prepárate para abrir la puerta.

Retiré la silla del pomo.

—No he oído ningún disparo.

—En cuanto nos vieron se largaron.

—¿Los has reconocido? —pregunté.

—No, pero uno de los nuestros sí. Tenías razón. Son Jokers.

Mierda.

—¿Crees que se han llevado a la doctora Perez?

—Ya lo investigaremos —aseguró—. ¿Qué coño le has hecho a ese guarda?

—¿Quién, yo? ¿Una pobre chica indefensa? —pregunté con la voz más melosa del mundo.

—Corta el rollo —dijo—. Ya me he disculpado.

Vale. Tenía razón. Me sentía muy ansiosa y lo estaba pagando con él.

—Es verdad. Perdona. Le he dado varias patadas muy fuertes y luego le he empotrado la rodilla en la cara.

—¿Él no te ha dado ningún golpe?

—No.

—Bien —concluyó.

Cielo santo, parecía orgulloso.

Un segundo después, llamaron a la puerta. Antes de abrir, eché un vistazo por la mirilla para asegurarme de que era Jakob. Los dos nos quedamos allí de pie, el uno frente al otro, en lo que fue un momento incómodo. Ni de coña iba a darle un abrazo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí.

—Hola otra vez, Jakob —saludó la nana, acercándose a mí por detrás—. Anda, veo que has traído a unos amigos.

Abrí la puerta de par en par, dejando al descubierto al pequeño ejército uniformado de cuero que tenía detrás: un montón de hombres y mujeres apiñados en el pasillo, algunos con armas militares a la vista. No me extrañaba que los Jokers se hubieran largado.

—¿Listas para irnos? —preguntó Jakob.

Asentí con la cabeza.

—La nana va a quedarse conmigo.

—No puedes volver a tu casa —dijo él.

Lancé un suspiro. Debería haberlo visto venir.

Tanto si los Jokers tenían a la doctora Perez como si ella trabajaba para ellos, a esas alturas ya sabrían que yo era la causante de que los Reyes estuvieran desbaratando su pequeña operación.

Se rumoreaba que tenían casas francas que usaban en situaciones como aquella y, si me guiaba por la indescifrable expresión de Jakob, diría que estaba a punto de pasar un tiempo en una.

—Está bien —convine.

Fui a coger la bolsa de la nana, pero Rob se puso en medio y la levantó.

—Ya me encargo yo —afirmó guiñando un ojo, con una de esas voces de barítono profundas y ronroneantes que te atravesaban.

La abuela se irguió al oírla.

—Ooh, menudo vozarrón.

Él inclinó la cabeza hacia ella.

—Gracias, señora.

—Es usted muy caballeroso —le soltó ella tendiéndole la mano—. Me llamo Izzy.

Mi abuela, la insinuante reina del baile.

—¿Podemos ponernos en marcha? —pregunté una vez que se dieron la mano—. La policía estará de camino.

Milagrosamente, conseguimos salir de allí antes de que apareciera ninguna luz parpadeante.