Los reyes de Kearny Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

El hombre lanzó un aullido cuando golpeó la pared con el puño y el sonido de su dolor nos envolvió en aquel espacio cerrado.

Me escurrí hacia el hueco que había detrás de él.

Tenía una milésima de segundo para tomar una decisión antes de que se recuperara.

Por lo general, los cabrones fornidos como él encajaban los golpes mejor que la mayoría.

Si veía venir el puñetazo y se tensaba justo antes de que lo alcanzara, había pocas esperanzas de causarle daño de verdad.

Toda esa musculatura le haría de amortiguador.

Tenía que pegarle donde tuviera menos protección.

En las articulaciones. En la cara. Allí donde la piel cubriera el hueso con poco músculo o cartílago de por medio.

Esas eran mis mejores opciones si quería salir de ahí ilesa.

Apuntalé la pierna derecha, agradeciéndole a Dios que aguantara, y le lancé una patada con la izquierda.

Fuerte. Mi pie aterrizó en la parte posterior de su rodilla.

Se le dobló la pierna y se desplomó de lado hacia la pared por el inesperado cambio de equilibrio.

Se agarró al pasamanos e intentó levantarse, pero le propiné una patada en las costillas.

Por instinto, se balanceó hacia mí para intentar protegerlas de un nuevo golpe.

Fue una jugada de principiante; se notaba que no estaba acostumbrado a ese tipo de peleas sin reglas.

Di un paso adelante y le clavé la rodilla en la cara, imaginándome que le atravesaba el cráneo con la pierna para golpearlo con todas mis fuerzas.

Sentí un crujir de huesos y, cuando basculó hacia atrás, vi que le manaba sangre de su destrozada nariz.

Rebotó contra el suelo, aturdido, y ya no se levantó. Apenas habían pasado cinco segundos desde que me había lanzado el primer puñetazo. Todavía era rápida.

«Chúpate esa, Jakob».

Se oyó un tintineo sobre nosotros y las puertas se abrieron.

En la planta baja había detectores de metal, así que no había entrado con mi pistola.

Ni de coña iba a dejar a ese tío con su arma para que me disparara por la espalda cuando recuperara el conocimiento.

Se la saqué de la funda antes de pasar por encima de él.

Me la metí en el bolso, cogí el teléfono y eché a correr hacia la habitación de la nana.

Mi pierna mala explotó de dolor desde la cadera hasta el tobillo, pero hice caso omiso.

Llamé a Jakob mientras recorría el pasillo a toda velocidad.

—¿Qué ha pasado? —bramó.

—El guarda acaba de atacarme en el ascensor.

—¿Estás bien?

—Te estoy hablando, ¿no?

—¿Y por qué parece que te estás muriendo?

Esa me dolió. Seguramente estaba menos en forma de lo que pensaba.

—Estoy corriendo; quiero llegar lo antes posible a la habitación de la abuela. La doctora Perez no está. Salió a comer temprano y no se sabe nada de ella.

Más adelante se abrió una puerta. Reduje el paso y me puse a caminar cuando vi que salía una pareja de ancianos. Oí que se abría otra puerta a mis espaldas. Un segundo después, un grito de mujer. Habían encontrado al guarda.

—¿Qué está pasando? —preguntó Jakob.

Seguí andando pausadamente y le sonreí a la pareja al pasar junto a ellos, fingiendo que no había oído el grito. En cuanto se alejaron, volví a acelerar el paso.

—Perdona, acabo de cruzarme con alguien. Jakob, creo que he visto un tatuaje de los Jokers en el brazo de otro guarda.

Soltó un taco.

—Preparaos. Vamos a entrar a por vosotras.

—Ten cuidado. Van armados.

—Nosotros también —respondió él antes de cortar la comunicación.

Llegué a la habitación de la nana y llamé a la puerta.

—¡Está abierta! —gritó ella.

Casi me da un aneurisma. No estaba cerrada con pestillo. Podría haber entrado cualquiera y…

«Basta», me dije a mí misma. No era el momento de agobiarme pensando en todo lo que podría haber pasado.

Entré a toda prisa y cerré la puerta con pestillo. Al recordar lo que había hecho Jakob la otra noche, agarré una de las sillas de la cocina de la nana e intenté encajarla bajo el pomo. No era tan fácil como parecía y hasta el tercer intento no conseguí que quedara bien sujeta.

—Vaya, menuda entrada —bromeó la nana.

Me fui hasta ella a zancadas y le di un fuerte abrazo. Gracias a Dios, estaba bien.

Llevó la vista a mi pierna cuando nos separamos.

—Uy, cariño, tienes sangre en los vaqueros.

—No es mía.

Suspiró.

—Nunca es tuya. ¿Con quién te has peleado ahora? ¿Con Amy?

Fruncí el ceño. ¿Amy? Ay, mierda, se refería a Amy Smith, la chica que un día se me echó encima en el autobús. Cuando iba a secundaria.

Me quedé mirando a la abuela, buscando en sus ojos esa expresión ausente que revelaba cuándo tenía un mal día. Efectivamente, tenía la mirada perdida más allá de mí, como si estuviera escuchando una melodía que solo oía ella.

Maldita sea.

—Oye, nana. ¿Te apetecería quedarte conmigo un par de días?

Ella sonrió.

—Me parece estupendo. Siempre y cuando no te suponga una molestia.

—Claro que no.