Los reyes de Kearny Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Vale —masculló—. Pero llámame en cuanto sientas que algo no va bien.

Solté un suspiro exasperado.

—¿Y qué vas a hacer, asaltar la residencia?

Se le ensombrecieron los ojos siniestramente.

—Sí.

—Podría haber heridos, Jakob.

Dio un paso hacia mí.

—Entonces, más te vale rezar para que no te pase nada ahí dentro.

No sabía si sentirme cabreada o halagada ante tal nivel de preocupación por mi bienestar. De momento, estaba demasiado inquieta por la nana como para ponerme a decidir.

Sin mediar palabra, giré sobre los talones y volví a entrar.

El nuevo guarda se apartó de la pared y me siguió, como si pensara que yo representaba un peligro para los residentes. Ya sabía que la gente iba a tratarme diferente cuando les contara que estaba saliendo con un miembro de los Reyes, pero no me esperaba una reacción tan extrema, y eso me molestó.

Por fin encontré una cara conocida tras el mostrador de recepción.

Annie volvía a estar ahí trabajando. Desvió la vista hacia el guarda y luego hacia mí, y la expresión de sus ojos casi me corta la respiración.

Por algún motivo, o no le caía bien ese tipo, o no confiaba en él.

Quedó claro por su forma de ignorarlo deliberadamente mientras yo me acercaba, clavando en mí su mirada, como si intentara advertirme de algo.

¿Qué narices estaba pasando en ese sitio?

Me acerqué al mostrador.

—He venido a ver a mi abuela.

Annie asintió y me entregó una hoja de registro, más callada de lo habitual.

—¿Has visto a la doctora Perez? —pregunté mientras cogía un bolígrafo.

—Hace horas que no la veo. ¿Quieres que llame a su consulta?

—Sí, por favor —dije.

Terminé de firmar el registro y esperé mientras marcaba el número.

—Hola —saludó un momento después—. Soy Annie, de la planta de abajo. ¿Está la doctora Perez? —Frunció el ceño en respuesta a lo que le dijo la persona que se encontraba al otro lado de la línea—. ¿Cuándo se ha ido? —Posó la mirada en mí—. Ajá. Ajá. Vale, gracias. —Colgó.

—¿No está aquí? —quise saber.

Annie negó con la cabeza.

—Hoy ha parado antes para comer y aún no ha vuelto.

Le eché un vistazo al reloj de pared que había cerca. Con tanto demorar mi entrada, ya eran las doce y cuarto.

—¿A qué hora se ha ido?

—A las diez —respondió ella.

Se me hizo un nudo en el estómago.

—¿Suele tardar tanto en comer?

—Cuarenta y cinco minutos como mucho —afirmó Annie.

El guarda se aproximó.

—Basta de preguntas. Estás retrasando la cola.

Miré hacia atrás y vi a una pareja mayor esperando. Al girarme de nuevo hacia Annie, aproveché para ojearle el pecho al guarda, donde debería llevar una placa con su nombre. No era el caso. El malestar que me producía el nudo del estómago se convirtió en miedo.

Le di las gracias a Annie antes de girarme para ir hacia la amplia hilera de ascensores que ocupaba la pared del fondo. El guarda se metió en uno conmigo y me invadió la angustiante sospecha de que estaba a punto de suceder algo malo.

Tras cuatro años de despliegues casi constantes en zonas de guerra, había aprendido a confiar en mi olfato, y en ese momento el instinto me gritaba que ese hombre representaba una amenaza para mí.

Entre la respuesta inmediata por el walkie , la ausencia de una placa con su nombre y que me había sacado a toda prisa de recepción cuando empecé a hacer preguntas sobre la doctora Perez, ya no tenía la menor duda de que en Magnolia pasaba algo que iba más allá de un simple empleado sospechoso.

—¿Por qué me sigues? —le espeté al guarda, orgullosa de que mi voz sonara tan firme.

El pulso me latía con fuerza en los oídos y la adrenalina se precipitaba por las venas, preparándome para la pelea que mi cuerpo pensaba que se iba a producir.

—Para asegurarme de que no das problemas —contestó—. Ya me he enterado del jaleo que montó ayer tu noviete, pero yo no soy tan blando como Hank. Que tengas una cara bonita no significa que me vaya a tragar tus mentiras.

—¿Quién va a vigilar la puerta principal mientras tú no estás? —pregunté. Ni de coña lo quería ahí conmigo—. Ahora mismo mi noviete puede entrar si le apetece.

Él señaló con la cabeza hacia la derecha.

A través de las puertas del ascensor, que aún estaban abiertas, vi a otros dos hombres ataviados con el uniforme de seguridad dirigiéndose hacia la entrada del edificio para relevarlo.

Tampoco los reconocí. En mi interior resonaron todas las alarmas de peligro.

Yo era una persona amigable y hacía muchas preguntas.

No solo podía nombrar a todos los integrantes del equipo de seguridad de Magnolia, sino que además sabía quiénes de ellos estaban casados y a cuáles no les caían bien sus suegros.

Podía comprar que hubiera un nuevo guarda de seguridad, pero tres, justo después de descubrir que ahí podía estar desarrollándose una actividad ilegal y con la doctora Perez desaparecida en combate…

, no. Eran demasiadas coincidencias como para quedarse tranquila.

La guinda del pastel fue que el uniforme no les quedaba bien.

Todos los guardas con los que había tratado hasta entonces lo llevaban a medida.

El más bajo de los dos hombres que iban camino del vestíbulo se revolvió dentro de su camisa color camel, y la manga, que le quedaba demasiado ajustada, se le levantó lo justo para revelar un trazo oscuro en su brazo.

Me fijé bien, entrecerrando los ojos. Era el borde inferior de un tatuaje.

No veía más que una pequeña parte, pero distinguí que era cuadrangular. Como una especie de… naipe.

«Ay, Dios».

La manga volvió a moverse y se le subió un poco, y yo me quedé sin aliento. Por la esquina inferior derecha asomaba una pequeña «J».

Joder. Aquello era mucho peor de lo que me imaginaba.

Los Jokers, los mayores rivales de los Reyes, hacían un uso muy distintivo de los naipes en su club.

El emblema de la banda era precisamente ese: una carta con el arquetípico joker destacado en bajorrelieve en el centro.

El guarda llevaba uno tatuado. Quería estar equivocada.

Quería que fuera cualquier cosa menos lo que era, pero ya había visto uno de esos tatuajes antes y se me había quedado grabado a fuego en la memoria.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.

Jakob había mencionado que algunos de los Jokers tenían familiares ingresados en Magnolia.

¿Acaso esos moteros habían visto una oportunidad mientras los visitaban?

¿Una forma de colar drogas en Kearny a través de la residencia de ancianos y debilitar la influencia de los Reyes?

Aunque estaba desesperada por salir del ascensor, no me moví de donde estaba.

Tenía que ir a por la nana. Ahí pasaba algo tremendamente grave y ni loca iba a permitir que ella se viera envuelta.

Ese guarda no se separaba de mí y, si salía, solo conseguiría que se subiera a otro ascensor conmigo o me siguiera por las escaleras, y cualquier retraso podría darle ventaja a otra persona para que llegara hasta la nana antes que yo.

Me deslicé hacia un rincón cuando las puertas se cerraron; necesitaba poner algo de distancia entre el «guarda» y yo.

El corazón me martilleaba las costillas.

Estaba atrapada en un espacio cerrado y diminuto con un hombre que no solo pensaba que Jakob era mi novio, sino que podía pertenecer a una banda rival.

Había oído toda clase de historias terribles sobre la violencia que perpetraban contra amigos y familiares de los Reyes como forma de venganza o advertencia, y, cuando se volvió hacia mí, me preocupó acabar siendo la siguiente.

—Así que Jakob Larson, ¿eh? —dijo.

Yo no había dicho su nombre completo delante de él, y aun así lo sabía. Mierda, ojalá me estuviera equivocando con todo aquello.

—¿Qué pasa con él? —solté.

—Solo me preguntaba qué le ves a ese tío.

Me encogí de hombros. Quizá, si le hacía creer que no había nada entre nosotros, no me consideraría tan importante como para hacerme daño o acosarme.

—¿Quién ha dicho que le vea nada?

El guarda me miró, sonriendo.

—¿Pero no era tu novio?

Le sostuve la mirada.

—Eso solo lo dije para meterlo aquí.

Su sonrisa se desvaneció y fue sustituida por una expresión fría e impasible que me erizó el vello de la nuca.

—Entonces ¿era mentira?

Me dejé de disimulos y di rienda suelta a mi propia locura.

Había hecho frente a un misil tierra-aire ruso y había sobrevivido para contarlo.

Me había pasado cuatro años de mi vida volando con los mejores, sembrando muerte y destrucción desde el puto cielo.

Un gilipollas en un ascensor no iba a intimidarme.

—Era mentira.

Nos movimos a la vez. Me aparté hacia la izquierda mientras él se abalanzaba hacia delante y, en lugar de recibir su puño en la cara, lo esquivé. No se lo esperaba, así que, incapaz de frenar, estampó los nudillos contra la impenetrable pared de acero del ascensor.

Lo bueno de entrenar el combate cuerpo a cuerpo todos los días durante años es que al final se te da bien calar a la gente.

Puede que ese tipo fuera grande, pero no estaba tan preparado como yo.

Me di cuenta justo antes de que arremetiera contra mí, cuando bajó el hombro derecho para lanzar el puñetazo.

No le había mentido a Jakob hacía un rato. Era una luchadora despiadada. Casi siempre mantenía mi carácter a raya, pero, si intentaban hacerme daño, le daba rienda suelta y todos esos meses de furia contenida salían despedidos a borbotones.