Los reyes de Kearny Capítulo 9
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Capítulo 9

Me despertó el sonido de una llamada de teléfono.

Estaba teniendo un sueño extrañamente lúcido en el que chapoteaba en una piscina llena de Grand Marnier con mi mejor amiga de la infancia mientras el señor Rogers nos leía una novela de Stephen King.

El sueño se fue desvaneciendo mientras le echaba un vistazo al despertador que hay en mi mesilla de noche.

Eran las nueve de la mañana. Al menos había dormido unas cuantas horas.

No reconocí el número de móvil, pero vi que era de la zona y, consciente de que ese día podía llamar la doctora Perez, contesté.

—¿Hola?

—Krista, soy la doctora Perez.

Me apreté el teléfono contra la oreja y me incorporé en la cama.

—Hola. Sí, soy yo.

—Ya tengo los resultados de tu abuela. Tenías razón. Han estado manipulando su medicación.

«Mierda».

Una parte de mí tenía la esperanza de que todo aquello no fuera más que un gran malentendido, pero sus palabras borraron cualquier destello de optimismo.

La cosa iba a ponerse fea, tanto si Magnolia iniciaba una investigación interna como si los Reyes atrapaban al culpable.

Ojalá fuera el propio centro quien lo descubriera, porque así al menos todo se resolvería por la vía legal.

Si los moteros llegaban primero, que Dios se apiadara de esa alma cándida.

Me daba la impresión de que cualquiera que desobedeciera sus órdenes recibiría un castigo ejemplar.

—Krista —dijo la doctora Perez.

—Sigo aquí. Lo siento. Intento asimilarlo.

—Lo entiendo —repuso ella—. Yo…, eh…, quería contarte otra cosa.

Lancé un suspiro.

—Había marihuana en sus análisis de sangre, ¿verdad?

—Sí.

—Hablaré con mi abuela al respecto —le aseguré.

Con todos los fármacos que tomaba la nana, no podía añadir THC a la mezcla sin más. Era una droga y, como todas las drogas, tenía efectos secundarios y el potencial de interferir negativamente con sus medicamentos legítimos.

—Gracias —respondió la doctora Perez—. ¿Vas a venir a verla hoy?

—Sí, esa es la idea.

—¿Puedes volver a traer a Jakob contigo? Quiero hablar de esto con la dirección y estaría bien que estuvierais los dos presentes para explicar el motivo de vuestras sospechas.

—Lo llamaré para ver si está disponible.

—Gracias. Os agradecería mucho que vinierais los dos.

Parecía nerviosa. No me quitaba de la cabeza lo que Jakob había dicho sobre su posible implicación, pero yo no creía que estuviera metida en el ajo.

Por el ligero temblor de su voz, intuí que quizá tenía miedo, lo que me llevaba a pensar que tal vez yo estaba en lo cierto y ella ya sospechaba que olía a podrido en Magnolia.

—¿Se encuentra bien, doctora Perez? —le pregunté.

Al otro lado de la línea se oyó una sonora exhalación.

—Sí, gracias. Solo estoy un poco alterada.

—Usted ya sabía que algo iba mal, ¿verdad? —quise saber.

—Ahora mismo no puedo hablar de eso —dijo en voz baja, como si le preocupara que la oyeran—. Por favor, llámame a este número cuando hables con Jakob y concertamos una cita.

—De acuerdo.

Nos despedimos y colgamos. Lo llamé de inmediato.

Contestó al tercer tono con la voz ronca, como si acabara de despertarse.

—¿Hola?

—Soy Krista. Ha llamado la doctora Perez. Tenías razón. Han estado robando medicamentos.

Tres horas después, estaba sentada en mi coche con el motor encendido en el aparcamiento de Magnolia Hills. Iba a visitar a la nana al mediodía, según lo previsto, y luego Jakob y yo nos reuniríamos con la doctora Perez a la una.

El familiar bramido de una moto llegó a mis oídos.

Al principio era lejano, como una tormenta que se avecina en el horizonte, pero luego rugió más cerca, tan fuerte que me entraron ganas de taparme los oídos.

Estaba esperando a Jakob, que me imaginé que llegaría en su moto de color negro mate al aparcamiento.

Sin embargo, fueron diez las motos que atravesaron la entrada, una detrás de otra.

Me hundí en el asiento, con la esperanza de que aquello fuera una simple coincidencia y todas estuvieran accediendo a la residencia por cualquier otro motivo, pero entonces avisté a Jakob, justo en el medio de la cuadrilla, y entendí que aquello era obra suya.

Las motos pasaron junto a mi coche y estacionaron alrededor, formando un perímetro.

Me traqueteaban los dientes. El ruido de todos esos motores en marcha debía de estar sacudiendo las ventanas del edificio.

Seguro que los residentes ya se estaban levantando del asiento para saber a qué venía tanto alboroto, e iban a llevarse una buena sorpresa cuando vieran a esos peligrosos delincuentes rodeando mi coche.

Quizá se preguntaran qué hacían allí los Reyes, pero el mensaje que los moteros querían enviar con su pequeña demostración de poder no iba dirigido a ellos.

Era para el traficante que trabajaba ahí dentro, que miraría por las ventanas y comprendería que yo pertenecía a los Reyes y que, si me jodía a mí, los estaba jodiendo a ellos.

Sin saber muy bien qué pensar al respecto, apagué el coche y salí.

Jakob bajó la pata de cabra, se apeó de la moto y vino a mi encuentro.

Se detuvo como a un metro de distancia, con la cabeza ligeramente ladeada, mirando más allá de mí.

Se le tensaron un poco los hombros, lo justo para que mis entrenados ojos percibieran el movimiento, y respiró hondo.

Estaba mirando la puerta de mi coche y lo supe: supe que estaba pensando en nuestro beso de la noche anterior, porque yo estaba pensando en lo mismo.

Sacudí la cabeza para despejarla e hice un gesto hacia las motos que había detrás de Jakob.

—Qué sutil.

Él llevaba puestas las gafas de sol, pero por la forma en que juntó las cejas supe que estaba frunciendo el ceño.

—¿Qué?

Levanté la voz por encima del estruendo.

—¡Que qué sutil!

Se giró un poco e hizo un gesto tajante, y los motores que teníamos alrededor se fueron apagando uno tras otro. Cuando pararon, se volvió hacia mí.

—No estoy intentando ser sutil.

«No me digas, Sherlock». Miré al resto de los moteros.

—No pueden entrar.

—Lo sé —dijo—. Pero se van a quedar sentados tranquilamente aquí fuera mientras nosotros hablamos con la dirección con cara de malos.

—Vale —convine—. ¿Estás listo?

—Un segundo.

Se acercó sin prisas a un hombre negro corpulento que llevaba un chaleco de cuero.

Cuando se levantó la visera del casco, reconocí a Rob, el hombre que la otra noche le había dejado a Jakob un ojo morado, aún en proceso de cura.

Los dos intercambiaron algunas palabras durante varios minutos.

No parecía que hubiera ningún tipo de rencor entre ellos mientras hablaban.

Rob asintió una última vez y Jakob regresó con paso firme, devorando el pavimento con sus largas piernas.

—Acabemos con esto de una vez —dijo.

—Intenta no insultar a nadie —respondí yo mientras nos dirigíamos adentro.

Lanzó un gruñido sordo.

—Aplícate el cuento.

Ufff. ¿En serio estuve dispuesta anoche a lanzarme a sus brazos?

Igual que el día anterior, las gilipolleces empezaron nada más llegar.

Esa vez no fue Hank quien nos impidió el paso, sino un hombre blanco más joven y musculado al que no había visto jamás.

Si alguna vez hiciera de extra en una película, el nombre del personaje que aparecería en los créditos sería «Rubio descerebrado».

Parecía un tipo con más músculos que seso.

—Él no puede entrar —soltó, señalando a Jakob con el mentón.

—Creo que ha habido un problema de comunicación. —Di un paso hacia él, pero me quedé paralizada cuando vi que bajaba la mano hacia su arma. ¿Qué coño…?—. La doctora Perez debería haber avisado de que lo dejaran pasar.

—No os mováis —ordenó sacándose un walkie-talkie del cinturón. El aparato comenzó a chasquear y el hombre habló a través de él—. Aquí hay una joven con un miembro de los Reyes. Dice que lo han autorizado a entrar.

Se oyó el restallido de las interferencias, pero la respuesta llegó de inmediato y con total claridad: «Negativo».

Pero si ni siquiera han tenido tiempo de comprobarlo…

El guarda volvió a colocar el walkie-talkie en su sitio y se me quedó mirando.

—Él no va a entrar.

—Déjame llamar a la doctora Perez —propuse.

Parecía de gatillo fácil, así que señalé mi bolso. En cuanto asintió, metí la mano lentamente y saqué el teléfono.

Dio varios tonos antes de pasar al buzón de voz. Dejé un mensaje.

—Hola. Soy Krista Evans. El guarda de abajo no deja entrar a Jakob y, al parecer, nadie ha autorizado su acceso. —Colgué y me volví de nuevo hacia el hombre uniformado—. La doctora quería que él entrara para que los dos habláramos con la dirección sobre mi abuela.

El guarda se cruzó de brazos. Al menos ya no tenía la mano en la pistola.

—Hasta que llame y me lo diga ella misma, este hombre no entra.

Jakob me tiró del brazo y me sacó al exterior.

—¿Conoces a ese tipo?

Negué con la cabeza.

—No lo había visto en mi vida.

Echó un vistazo por encima de mi hombro hacia la puerta principal. Sin duda, el guarda estaba justo al otro lado, devolviéndole la mirada.

—Esto no me gusta.

—A mí tampoco —dije.

—¿Dónde coño está la buena de la doctora?

—No sé. Voy a llamarla otra vez.

Como la primera vez, saltó el buzón de voz. No me molesté en dejar otro mensaje.

Guardé el móvil en el bolso y me volví hacia Jakob, consciente de que no iba a gustarle lo que estaba a punto de decirle.

—Quédate aquí fuera y déjame ver si puedo averiguar algo.

—No vas a entrar ahí sola —respondió.

Me puse como una fiera.

—Te recuerdo que no eres mi jefe.

Apretó la mandíbula y se le dilataron las fosas nasales, como si estuviera cabreado, pero, cuando se dio cuenta de que no iba a intimidarme, bajó el tono autoritario de su voz.

—No me parece inteligente que entres ahí sola ahora mismo. Todo esto es muy raro, joder.

—No voy a ponerme a discutir contigo, pero mi abuela está ahí dentro y, si realmente está pasando algo raro, ella es más vulnerable que nadie. Lo más seguro es que se haya olvidado por completo de nuestra conversación de ayer y ni siquiera sepa que debe tener cuidado.