Los reyes de Kearny Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Le hice un resumen de nuestra visita, incluido el motivo y que habíamos convencido a la doctora Perez para que nos ayudara.

La expresión de Nina se suavizó.

—Siento que dijera eso sobre tu pierna.

—No es lo que dijo, sino cómo.

Ella asintió.

—Lo sé, y aun así lo siento.

Suspiré.

—Gracias.

Se mordió el labio un segundo, observándome con expresión cautelosa.

—Suéltalo ya —le dije.

—No te lo tomes a mal ni pienses que estoy de su parte ni nada por el estilo, porque no es así. Yo siempre seré del equipo Krista.

—Lo sé. ¿Qué pasa?

—¿No crees que él podría haber interpretado tu comentario sobre que la gente fuera a tratarte diferente como si te avergonzaras de él? ¿Y que por eso luego se portó como un capullo contigo?

—Ya lo he pensado, pero eso no justifica su comportamiento.

Alzó las manos.

—No lo estoy justificando, solo digo que hasta los tipos como Jakob tienen sentimientos, y no sería la primera persona que se pone a la defensiva cuando se siente herida. —Me lanzó una mirada llena de elocuencia.

Quería revolverme en mi asiento. Si me paraba a pensarlo, debía admitir que yo también podría haber manejado mejor la situación. Aquel comentario sobre su necesidad de recordarle a la gente que era de los Reyes no había salido ni del mejor lugar ni en el tono más amable.

—¿Alguna vez te cansas de tener siempre razón? —le pregunté a Nina.

Ella me brindó una enorme sonrisa.

—Nunca.

Me dirigía a mi apartamento cuando, de pronto, oí el ruido de un motor. Vi un faro por el retrovisor mientras una moto doblaba la esquina de una calle lateral y se colocaba detrás de mí. Me siguió durante todo el trayecto a casa.

Salí del coche con la mano dentro del bolso, agarrando mi pistola.

La moto se detuvo a mi lado e inmediatamente reconocí a Jakob, que apagó el motor y se acercó a grandes zancadas.

La noche se aferraba a su corpulenta figura como si estuviera dándole la bienvenida a un hijo perdido.

Los grillos chirriaban en los árboles cercanos.

El calor se cernía pesadamente sobre nosotros a pesar de que el sol se había puesto hacía horas.

La enredadera de buganvillas que envolvía la escalera de hierro forjado de mi edificio de apartamentos perfumaba el aire con el embriagador aroma de sus flores.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Asegurarme de que llegas bien a casa —respondió.

Solté la pistola y me colgué el bolso al hombro.

—No necesito guardaespaldas. Sé que piensas que no puedo defenderme en una pelea, pero estoy segura de que puedo disparar un arma sin tu ayuda.

Me miró fijamente durante un buen rato.

—Yo no he dicho que no pudieras defenderte. He dicho que esa rodilla te hace vulnerable.

Sentí que me subía calor por el cuello.

—¿Hablas en serio? Literalmente, he dicho: «Puedo cuidar de mí misma», y tú has respondido: «Y una mierda», así que queda bastante claro que para ti no soy más que una víctima indefensa.

Me miró con indiferencia. El tono de su voz era igual de insulso.

—Yo no pienso eso.

—Todo apunta a lo contrario —repliqué—. Y no me gusta que me pintes como si fuera hipersensible delante de mi abuela. —Puse voz grave para imitarlo—. «Le dije una verdad incómoda que no quería oír».

La ira se apoderó de mí y, cuando intentó contestarme, lo avasallé sin piedad.

—No es lo mismo ser directo que ser un capullo, y decirme medio mosqueado que no puedo cuidar de mí misma fue una cagada y lo sabes.

Y, por cierto, no era una verdad incómoda.

Créeme, me recuerdan veinte veces al día que mi pierna es mi punto débil, pero eso no quiere decir que esté indefensa.

Nunca me has visto pelear, Jakob. Soy despiadada.

Si vas a por mi pierna, te arrancaré la yugular con los dientes a poco que te acerques.

—Lo siento —dijo.

—Además, tampoco… Espera. ¿Qué?

Me lo quedé mirando; mi ira se desvaneció. ¿Acababa de disculparse?

Clavó los ojos en los míos con una concentración inquebrantable.

—Fue una cagada. Lo siento. Estaba cabreado porque te avergonzabas de mí y perdí los nervios.

Si me hubieran pinchado, no habría sangrado. Había herido los sentimientos de Jakob Larson y él se estaba disculpando por su reacción. No podía contárselo a Nina. Se le subiría tanto a la cabeza que ya no cabría por las puertas.

—No me avergüenzo de ti —le aseguré.

Él arrugó el entrecejo.

—Has dicho que te iban a tratar diferente y que no deberías haber accedido a llevarme allí.

—Sé lo que he dicho. No me he expresado bien y tú has saltado con lo de mi ropa antes de que pudiera disculparme.

—Respiré hondo y dejé a un lado mi estúpido y obstinado orgullo—.

Siento haberte hecho sentir así. De verdad, no me avergüenzo de ti.

Pero sé que la gente del centro me lo va a poner difícil si cree que salgo contigo, como si fuera asunto suyo, y con lo bocazas que soy seguro que exploto y empeoro las cosas.

—Estabas guapa.

Parpadeé.

—¿Eh?

—Con esa ropa —aclaró, acercándose. Durante un segundo, bloqueó la luz de una farola que había cerca con su enorme complexión y los dos nos sumimos en una profunda sombra—. Aunque parecieras una santurrona camino de misa, estabas muy buena.

Me quedé boquiabierta.

Jakob se inclinó como si fuera a besarme, pero se quedó temblando a un centímetro de mis labios, como si algo lo hubiera frenado.

A la mierda.

Lo agarré por la chupa y tiré de ella.

Nuestras bocas chocaron.

Me golpeé la espalda con la puerta del coche.

Jakob me comprimió con su inmenso cuerpo.

Le solté la chupa y le envolví el cuello con los brazos, aferrándome a él con tanta fuerza que lo aplasté contra mí.

Casi lo asfixio. Él me agarró el pelo para sujetarme mientras me devoraba la boca.

Entonces le mordí el labio y sentí un sabor a cobre en la lengua.

No sabía si estábamos a punto de follar o de pelear.

De repente, Jakob se apartó del coche impulsándose y me vi obligada a soltarlo para no caerme de bruces sobre el pavimento. Me quedé tambaleante, con la cabeza dando vueltas por la falta de oxígeno. Mierda, me había olvidado de respirar mientras me besaba.

Tenía el pecho agitado, como si él también se hubiera olvidado de respirar.

—¿Me llamas mañana cuando te conteste Perez?

No confiaba en poder responderle de viva voz ni en que no fuera a invitarlo a subir, así que tan solo asentí con la cabeza.

Él se quedó allí parado un minuto más, recorriendo mi cuerpo con la mirada, con los hombros en tensión, como si estuviera librando algún tipo de batalla interna.

Me daba algo de miedo que, si volvía a abalanzarse sobre mí, le hiciera un placaje y acabáramos follando sobre mi coche, en un aparcamiento perfectamente iluminado en el que podía vernos cualquiera.

Abrí la boca.

—Mañana —repitió antes de darse la vuelta, con una voz tan grave que sonó como una especie de amenaza pecaminosa.