Los reyes de Kearny Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Llevaba toda la noche ofreciendo respuestas ambiguas. Si algo había aprendido de crecer en un pueblecito con unos padres yonquis era que alimentar los rumores, ya fuera confirmándolos o desmintiéndolos, solo conseguía prolongar los cotilleos y el subsiguiente interés que despertaban.

—Ten cuidado —me advirtió.

Sentí un escalofrío en la espalda.

—¿Por qué?

—A veces es un auténtico capullo.

—¿Te ha pegado? —pregunté.

Negó con la cabeza, sacudiendo sus rizos color chocolate.

—No, por Dios. Jakob no es de esos. Ni siquiera se ha portado realmente mal conmigo. Es solo que… —Lanzó una exhalación y miró alrededor, como si buscara las palabras adecuadas—. No sé, parece que no tiene filtro.

Suspiré.

—Sí. Me he dado cuenta.

—Y puede ser muy celoso —añadió.

Vaya, menuda fuente de información. Aunque no estuviéramos saliendo, no me importaría saber más cosas sobre él. Podrían serme útiles más adelante…, de alguna manera.

—¿Cómo de celoso? —pregunté.

—Una noche mandó a Ricky Sloan al hospital por tocarme el culo.

Fruncí el ceño.

—¿Así que le dio una paliza a un hombre que te había agredido sexualmente?

—¿Qué? —Soltó una risita nerviosa—. No. O sea, sí, lo mandó al hospital, pero Ricky solo me tocó el culo, eso es todo. No intentó… —Echó un vistazo alrededor y bajó la voz—. Ya sabes.

«¿Violarte?». Estuve a punto de preguntárselo, pero no lo hice.

El pueblo de Kearny aún no se había enterado de que no estaba bien manosear a la gente solo porque te pareciera atractiva, así que dudaba de que la mayoría entendiera que un simple toqueteo era una agresión. Ni siquiera Beth, por lo visto.

Había atendido a Ricky unas cuantas veces y el tipo me daba muy mala espina.

Mi instinto rara vez se equivocaba con hombres como él y una parte de mí había estado esperando a que me dijera algo inapropiado o intentara meterme mano, porque me habría encantado ser yo quien le diera una lección vitalicia sobre los límites y el consentimiento.

Lo único que lamenté al enterarme de que Jakob lo había mandado al hospital por magrear a Beth fue que se me hubiera adelantado.

—¿Hay algo más que deba saber? —le pregunté.

—No —respondió con un gruñido.

Beth y yo dimos un respingo cuando vimos a Jakob saliendo de entre dos moteros. No lo había visto llegar, porque, a diferencia de lo que había pasado en la residencia, ahí se mimetizaba perfectamente en el mar de cuero y tejanos que se abría ante nosotros.

Beth dejó unos billetes sobre la barra y se largó con su bebida. Chica lista.

Jakob dejó caer su corpulenta figura sobre el taburete que ella había abandonado y apoyó los codos en la barra.

—¿Has disfrutado de la pequeña sesión de chismes?

Le enseñé los dientes con una mirada demasiado cortante como para considerarse una sonrisa.

—Muchísimo.

Cuando abrió la boca para responder, le posaron una mano en el hombro.

—¡Hola, par de dos! —bramó Daniel King.

Genial. Justo lo que necesitaba esa situación. Otro capullo.

—Hola, jefe —respondió Jakob con desgana, levantándose para cederle el asiento.

Daniel le hizo señas para que se sentara de nuevo.

—Veo que por fin se ha corrido la voz sobre vosotros.

Si hubiera hablado un poco más alto, habría gritado. No me equivocaba al pensar que usaría esa información para sentirse superior a los demás. El hecho de que hubiera elegido ese momento para hacerlo me pareció tan repulsivo que me imaginé escupiendo en la próxima bebida que pidiera.

Jakob asintió con la cabeza.

Yo hice lo posible por no fruncir el ceño.

—¡Krista! ¿Me ayudas con este barril? —gritó Nina.

«Dios la bendiga».

Me excusé y fui a echarle una mano. Estaba agachada, con una mano a cada lado del bidón de acero.

A veces no era fácil ajustar los accesorios cuando intentabas cambiar de barril y a ambas se nos había llenado la cara de espuma de cerveza en más de una ocasión.

Habíamos descubierto que el riesgo disminuía si hacíamos la reconexión de los tubos entre las dos.

Me agaché a su lado, con la pierna quejándose.

—¿Qué le pasa?

—Nada —bisbiseó—. Parecía que estabas a punto de perder los estribos y quería darte una excusa para alejarte de esos dos.

Me la quedé mirando.

—Te abrazaría si no me vieran.

Ella sonrió.

—Abrazo mental recibido. Ahora vamos a poner cara de mala leche mientras fingimos que trasteamos con esto un rato.

Levanté las manos y moví los tubos, arrugando el entrecejo, tal como habíamos acordado.

Ella también lo arrugó, pero el resultado fue más hermoso.

—¿Qué tal la noche?

—De mierda —sentencié—. Pero me están dando muy buenas propinas a pesar de mi actitud horrible.

—Las ventajas de acostarse con uno de los Reyes.

—Solo ha sido una vez, no varias. No volverá a pasar —aseguré.

Ella me clavó la mirada y sustituyó el ceño fruncido por un amago de sonrisa.

—Ajá…

—No me des la razón como a los tontos. Hablo en serio.

Echó un vistazo veloz por encima de mi hombro con sus oscuros ojos antes de volver a posarlos en los míos.

—Eso díselo al psicópata que lleva mirándote toda la noche.

Me puse tensa. La pierna me falló y estuve a punto de caerme.

—Creía que acababa de llegar.

Sus labios esbozaron una amplia sonrisa.

—Qué va. Lleva rato en una de las mesas de la esquina con otros dos matones.

—Ah.

Me dio con el hombro.

—Antes, cuando Rob te hizo reír, se medio levantó de su asiento como si fuera a matarlo.

Quizá Beth no se equivocaba con el tema de los celos, después de todo.

—Pues no sé por qué —dije—. Las cosas no han terminado especialmente bien entre nosotros.

Se extrañó.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—Te juro que luego te lo cuento. Ahora ayúdame a levantarme. Me están empezando a dar calambres en la pierna.

Como era de esperar, Jimmy se escabulló por una puerta de servicio en cuanto anunciamos la última ronda.

—Qué desgraciado —soltó Nina.

El tercer camarero del turno de esa noche, un negro bajito de veintipocos llamado Kyle, se cruzó de brazos mientras observaba con gesto indignado la puerta cerrándose de golpe.

Con apenas la edad mínima para beber y esa cara de niño, su mirada resultaba más graciosa que amenazante, pero no tuve el valor de decírselo.

—Uno de estos días, voy a descuadrar la caja —afirmó—. Si faltan mil dólares, Charley tendrá que intervenir y Jimmy se verá obligado a confesar que se largó antes de tiempo.

—No hagas eso —respondimos Nina y yo al unísono.

Kyle frunció el ceño.

—Son compañeros de guerra —le expliqué—. Aunque Charley sepa que Jimmy es un miserable, seguirá poniéndose de su lado si es su palabra contra la tuya.

Kyle soltó una maldición y se marchó enfadado.

Nina se lo quedó mirando.

—El chaval aún tiene mucho que aprender de la vida.

Asentí.

—No como nosotras, que somos dos brujas viejas.

Me tiró un trapo de la barra.

—Habla por ti.

Una hora después, las dos estábamos sentadas en su coche, en el aparcamiento.

La noche había sido una locura y, aunque la mayor parte del tiempo había estado de mal humor, no podía negar que se me había acabado contagiando el ambiente del local.

Todavía estaba en una nube, como buena extrovertida, y, aunque sabía que enseguida llegaría el bajón, aún no estaba lista para volver a casa.

—¿Qué ha pasado entre tú y Jakob? —preguntó Nina.

—Ayer hizo un comentario críptico sobre Magnolia durante nuestro turno que me puso los pelos de punta —le conté—.

Más tarde, paró junto a mí en un semáforo y me pidió que lo siguiera hasta su casa.

Los Reyes creen que alguno de los empleados del centro está vendiendo fármacos para drogas en el pueblo.

Levantó las cejas.

—Solo un loco o un idiota vendería drogas en Kearny.

—Lo sé —dije—. Cuando llegamos al apartamento de Jakob, Daniel King estaba sentado en el sofá y la puerta estaba reventada, como si la hubiera forzado.

Nina se reclinó en el asiento.

—¿Qué cojones…?

Le conté la extraña interacción que tuvieron y que luego Jakob me ordenó que me quedara a pasar la noche.

Cuando acabé, su rostro reflejaba preocupación.

—¿Crees que tienen alguna rencilla?

—No tengo ni idea —repliqué—. Es lo que pensé al principio, pero esta noche han estado de colegueo en el bar.

—A lo mejor es algo privado y se lo están ocultando al resto del club.

Se me escapó una risita.

—Pues están haciendo un buen trabajo, porque esos moteros son unos cotillas de cuidado. Dudo que sean capaces de mantener su desavenencia en secreto por mucho tiempo.

—¿Y qué crees que está pasando? —preguntó ella—. ¿Quién habría vigilado el apartamento de Jakob si no era alguien leal a Daniel?

—Ni idea. Lo único que sé es que algo no va bien y no voy a quedarme tranquila hasta que averigüe de qué se trata.

Me puso una mano en el antebrazo.

—Ten cuidado. La gente que mete las narices en los asuntos de los Reyes suele acabar arrepintiéndose.

—No te preocupes —la tranquilicé—. No soy tan tonta como para meterme donde no me llaman. A estas alturas, ya me he resignado a que el tema me carcoma indefinidamente.

Apartó la mano de mi brazo.

—Vale, entonces, Daniel se fue… ¿y luego qué?

—Luego Jakob me dio el orgasmo más intenso de toda mi vida.

Nina soltó un suspiro tembloroso.

—O me cuentas los detalles o no pasó.

Le conté los detalles.

La gente siempre le ha dado mucha importancia a las charlas que tienen los hombres en los vestuarios, pero, según mi experiencia, las mujeres somos igual de propensas a hacer esa clase de bromas.

Adornamos los hechos, fanfarroneamos sobre el tamaño del pene y hasta exageramos detalles tontos, como el número de posturas que probamos; cualquier cosa para quedar como una especie de diosas del sexo y dejar a nuestra pareja como un súbdito devoto, por supuesto.

Con Jakob no hacía falta adornar nada y, mientras hablaba, era como si reviviera cada uno de los sórdidos y gloriosos momentos de la noche anterior. Cuando terminé de hablar, además de muerta de sed, estaba lista para la siguiente ronda, aunque seguía cabreada con él.

Nina lanzó un silbidito.

—Madre de Dios…

—Ya. Pero luego, en la residencia, ha sido una auténtica pesadilla, así que no volverá a pasar.