Los reyes de Kearny Capítulo 8
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Capítulo 8

Llegué a trabajar diez minutos tarde. Después de volver a casa tras visitar a la nana, me había sentado en el sofá y me había quedado dormida al instante.

No es lo que había planeado, pero, en cuanto mi cabeza tocó el respaldo del sofá, la falta de sueño de la noche anterior y el estrés de esa mañana cayeron sobre mí como una tonelada de ladrillos.

Y lo estaba pagando.

Odiaba llegar tarde. Durante la instrucción básica, tuve un sargento cuyo lema era «Si no llegas quince minutos antes, llegas tarde».

Por desgracia, fue una de esas cosas que se me quedaron grabadas, y saber que iba con retraso y que de ningún modo podría fichar a tiempo me había puesto de un humor de perros.

Esa noche, el jefe de turno era un mamonazo irlandés enorme, Jimmy O’Keefe.

Formaba parte de los Reyes y del círculo de amigos de Charley.

Los dos habían servido juntos en la primera guerra de Irak.

Todos los empleados lo odiábamos. Durante sus turnos no hacía más que beber cerveza gratis y parlotear con los clientes.

De vez en cuando berreaba alguna orden desde su taburete para hacerse el importante y, si no le hacíamos caso al momento, se levantaba de un salto y nos gritaba en la cara, como si todavía fuera sargento en activo y nosotros unos cadetes cabezas huecas.

En cuanto anunciábamos la última ronda, siempre era el primero en salir por la puerta, obligando a alguno de nosotros a cerrar por él.

Normalmente llegaba tan tarde al trabajo que era un pequeño milagro que esa noche me hubiera ganado.

—¡Llegas tarde! —bramó mientras pasaba por su lado corriendo.

—¡Y tú temprano! —le grité yo.

Por la cara de tonto que se le quedó, no lo había pillado.

Lo dejé allí, dándole vueltas al asunto, y me dirigí hacia la barra.

Nina, que ya estaba detrás sirviendo pintas, arqueó una ceja y me miró por encima del grifo.

El local estaba a reventar incluso para ser sábado.

Me tocaba sustituir a una mujer llamada Judy que rondaba los sesenta y aún se decoloraba el pelo con agua oxigenada que compraba en la tienda de la esquina.

—Llegas tarde, joder —dijo.

Guardé mis cosas debajo de la barra y empecé a iniciar sesión en la caja registradora.

—Lo sé. Lo siento.

—Llevo aquí desde el mediodía —insistió acercándose hasta rozarme el codo—. Los putos pies me están matando.

Perdí los estribos y me giré hacia ella.

—Ya te he dicho que lo siento. ¿Qué más quieres de mí, Judy? No voy a volver a disculparme.

Lo bueno de ser una mujer de metro setenta y siete con algo de músculo era que, si me lo proponía, podía resultar una zorra bastante intimidante. Judy era casi tan bajita como Nina y, mientras me cernía sobre ella, vi un destello de temor en sus enrojecidos ojos azules.

Dio un paso atrás, con el mentón bien erguido, y echó un vistazo a su derecha. El bar estaba hasta los topes y había un montón de testigos pendientes del altercado. Ella tenía que atender a esos capullos, igual que yo, y, si le perdían el respeto, en su siguiente turno se le iban a desmadrar.

Respiré hondo y aplaqué mi ira.

—Oye, he tenido un día de mierda, y nada de lo que diga cambiará el hecho de que he llegado tarde. Siento haber perdido los nervios.

—Vale, pero que no se repita —soltó antes de irse con gesto indignado.

Nina se acercó con sigilo por el otro lado y la observó mientras se marchaba.

—Bien jugado.

—Gracias.

Pulsé algunos botones de la caja registradora digital con más fuerza de la estrictamente necesaria mientras intentaba controlar mi genio. Los altavoces pitaron y mi identificador de camarera parpadeó en la pantalla, confirmando que había fichado.

Nina se inclinó hacia mí y dijo en voz baja:

—Pensé que estarías de mejor humor después de la noche que has pasado.

Me puse rígida. Bajé la mirada y vi una sonrisa libidinosa en su hermoso rostro.

—¿Quién te lo ha dicho?

Empezó a contar con los dedos.

—Primero mi hermana me envió un mensaje. Luego me lo contó Sally cuando la sustituí en su turno —señaló hacia la barra, detrás de mí—, y después Rob, Steve y Derek me preguntaron si sabía que Jakob y tú os estabais acostando.

—¿Qué les has dicho?

—Que soy tu mejor amiga y que cómo no iba a saberlo. —Cuando se fijó en mi cara, se le borró la sonrisa—. Así que ¿es verdad que habéis…?

Asentí con la cabeza.

Me dio una guantada en el brazo y se inclinó hacia mí.

—¿Por qué narices no me has llamado?

—Es una larga historia —respondí—. Te la cuento cuando cerremos.

Sus oscuros ojos centellearon.

—Más te vale.

Percibí un movimiento por el rabillo del ojo. Alguien me hacía señas para que le rellenara el vaso. Me fui en esa dirección, pero Nina me agarró del brazo. Me volví hacia ella.

—Solo dime si la cosa fue tan bien como imaginamos —insistió.

Las dos nos habíamos pasado una cantidad de tiempo vergonzosa sentadas junto a la piscina, comentando qué miembros de los Reyes serían mejor en la cama. Jakob solía situarse entre los cinco primeros. Qué ingenuas habíamos sido.

Bajé la voz y me incliné hacia ella.

—Fue aún mejor.

Ella parpadeó.

—No puede ser.

Entonces tuve un flashback , que no era el primero del día, de Jakob agarrándome el pelo con fuerza mientras me follaba de lado. Sentí un eco del orgasmo que me había provocado y me estremecí de la cabeza a los pies. Nina se dio cuenta y me soltó el brazo.

—Madre de Dios. ¿Tanto?

Asentí, con expresión sombría.

—Tanto.

Por eso, en lugar de intentar calmar mis emociones en la residencia, les había dado rienda suelta.

Me preocupaba que, si me hubiera olvidado un solo segundo de quién era realmente Jakob, podría haber acabado en algún cuarto de mantenimiento de Magnolia inmovilizada contra una pared de estanterías mientras él me empotraba hasta dejarme sin sentido por segunda vez en menos de veinticuatro horas.

—¿Vas a volver a verlo? —preguntó Nina.

—No si puedo evitarlo —respondí—. Fue algo puntual. ¿Podemos dejar de hablar de eso?

Ella asintió con la cabeza.

Yo me fui a rellenar ese vaso.

Por desgracia, todo el mundo quería hablar del tema.

Jakob ya me había contado que varios miembros de los Reyes tenían familiares en Magnolia.

Pues, al parecer, esos viejos metomentodo no tenían nada mejor que hacer que llamar a sus familiares en cuanto me vieron con Jakob y decirles: «No te vas a creer a quién le están haciendo una visita guiada de este sitio».

Más de un cliente dejó caer la palabra «novio».

Siempre me impactaba como una bomba. En el club, la gente o bien follaba con quien quisiera, es decir, con promiscuidad y sin ataduras, o bien se echaba una «parienta» o un «pariente», lo que significaba que estabas unido a alguien de por vida, como los hombres lobo.

Hasta donde yo sabía, no había término medio.

Resultó que hasta entonces Jakob nunca había reclamado a ninguna «parienta» —decidí asesinar violentamente a la primera persona que intentara llamarme así—, y el hecho de que conmigo estuviera haciendo una excepción se consideraba todo un acontecimiento.

Mis clientes me trataban con una reverencia inédita que me daba ganas de romper algo.

Uno de los miembros más jóvenes del club me deslizó un billete de cinco dólares después de servirle un chupito de dos dólares del whisky más barato que teníamos en la casa y luego me dijo:

—Quédese con el cambio, señora.

—Yo me gano la vida trabajando —le espeté.

En el Ejército, el tratamiento de «señor» o «señora» se reservaba para la gente con galones en los hombros.

Yo había sido soldado raso, de infantería, y estaba muy orgullosa.

En los Reyes, solo los matones y los jefes de rango superior se ganaban el derecho a que los llamaran «señor» y «señora», y, como yo ni siquiera pertenecía al club, ni loca iba a permitir que la gente empezara a tratarme como si fuera una de sus miembros más destacados.

Todo era tan retrógrado que, solo porque pensaban que salía con uno de sus esbirros, de repente se había disparado mi valor.

Como si estuviéramos en el siglo XVII y yo fuera una sirvienta de cocina casada con un lord.

Pues no estábamos en el siglo XVII . Y yo no había heredado el rango de Jakob solo por haberme acostado con él, así que la próxima persona que lo insinuara se iba a llevar una buena bronca.

Me habría dejado llevar por mi cólera feminista de no haber presenciado exactamente lo mismo cuando una de las mujeres que formaba parte del consejo de los Reyes empezó a salir de forma oficial con un mecánico del pueblo. Aquello no era sexismo, era clasismo.

Hacia las diez, una morena guapa se sentó en uno de mis taburetes.

Yo estaba trabajando en un extremo de la barra y ella decidió ponerse justo al lado de la pared, encogida, como si intentara pasar desapercibida.

La reconocí enseguida. Se llamaba Beth. La había visto en plan fogoso con Jakob cuando empecé a trabajar en el Charley’s, pero poco después se distanciaron y ahora ella estaba con un tipo al que todos llamaban Flaco.

Parecían bastante felices juntos, pero, cuando le vi la cara, me atravesó una pequeña punzada de ansiedad. Parecía una mujer con ganas de hablar.

—¿Qué te pongo? —le pregunté.

—Un vodka con tónica.

Tenía una voz agradable, grave para ser de mujer, melódica, como si supiera cantar. Con un poco de carraspera, seguro que volvía locos a los hombres con su charla poscoital.

Le serví la copa y se la puse delante.

Ella se mordió el labio y miró alrededor.

—¿Algo más? —dije.

Entonces se inclinó un poco sobre la barra y se le bajó la camiseta, dejando al descubierto un generoso escote. Jakob debía de ser más de tetas que de culo, porque yo también iba bien servida.

—¿Tú y Jakob…? —inquirió.

—¿Qué pasa con nosotros? —contesté.