Capítulo 7 #3
La doctora Perez regresó unos minutos más tarde y se llevó a la nana al dormitorio para recoger las muestras con un mínimo de intimidad.
Jakob y yo nos quedamos solos en la sala de estar.
Lo ignoré deliberadamente, porque cada vez que lo miraba volvía a subirme por las paredes.
Por desgracia, el apartamento de la abuela estaba cubierto de tonos crema y blanco roto, y él constituía un borrón de oscuridad aislado que se colaba en mi campo de visión incluso cuando yo apartaba la mirada.
Por eso siempre era mejor largarse después del sexo.
Antes de que las cosas se complicaran o el recuerdo de un orgasmo alucinante se viera empañado por la revelación de que tu pareja era el mayor de los cretinos.
La próxima vez que mi cavernícola interior asomara la cabeza, yo misma le daría con un palo.
—Hecho —anunció la doctora Perez cuando reaparecieron—. Debería tener los resultados del laboratorio mañana por la mañana si los pido con urgencia.
—Gracias —dije, poniéndome en pie—. ¿Me llamará cuando se los comuniquen?
Me prometió que lo haría. Después, salió de allí disparada.
Nos había dedicado más tiempo del habitual y tenía que atender a otros pacientes.
Antes de irse, también prometió que no airearía nuestras sospechas hasta tener los resultados de mi abuela, y, si había signos de que habían manipulado la medicación, entonces ya decidiríamos qué hacer.
Le dije a Jakob que podía irse, pero él insistió en quedarse hasta que yo me marchara.
Estuve otros veinte minutos con la nana, que me puso al corriente de todo lo que me había perdido desde mi última visita, dos días antes.
Me deleitó con el relato del drama acontecido en el comedor —al parecer, en la segunda planta se estaba gestando un asunto escabroso que estalló mientras se comían el pollo a la parmesana—, seguido de una crónica de la partida de cartas que había ganado la noche anterior contra su rival del final del pasillo.
Algunas semanas eran así. Parecía que su memoria estaba perfecta, salvo por algún que otro descuido común en cualquier persona de edad avanzada, como no encontrar las gafas cuando las tenía justo en la cabeza. Otras semanas, en cambio, repetíamos la misma conversación tres veces en un día.
El alzhéimer era brutal. Tan impredecible que, justo cuando creías que tu ser querido estaba mejorando, la enfermedad se recrudecía y te recordaba que no había forma de superarla. Acabaría llevándoselo todo, a mí incluida.
Jakob permaneció en silencio casi todo el rato, pero al menos respondió educadamente a las pocas preguntas que le hizo la abuela. Si hubiera sido grosero con ella, todo se habría ido al garete.
Antes de irnos, revisé las plantas de la terraza. Ninguna era de maría. La nana debía de habérsela comprado a algún vecino. ¿Quién iba a imaginarse que las residencias de ancianos eran auténticos nidos de vicio y pecado?
—¿Nos vemos mañana? —preguntó mi abuela mientras nos acompañaba hasta la puerta—. Tienes el día libre, ¿no?
Asentí, a la vez triste y contenta de que lo recordara.
—Vendré cerca del mediodía.
—Perfecto —dijo ella.
Me gustaría ir en cuanto abrieran las puertas, pero esa noche volvía a hacer el último turno y, si después no dormía un poco, luego no serviría para nada.
Me despedí de la nana con un abrazo y conduje a Jakob fuera de la residencia. Nos echaron algunas miradas de reojo, pero nadie dijo nada y respiré aliviada al salir a la agradable calidez de primera hora de la tarde.
Mientras atravesábamos el aparcamiento, Jakob iba pegado a mí como una lapa. Cuando fui a meterme en el coche —sí, era tan mezquina que intenté huir sin despedirme—, él plantó una mano sobre mi puerta y me impidió abrirla.
—Dame tu teléfono —me soltó.
Me giré para mirarlo.
—¿Por qué?
Se había vuelto a poner las gafas de sol y le ocultaban los ojos.
—Voy a guardar mi número para que me llames cuando tengas noticias de Perez.
—La doctora Perez —murmuré mientras rebuscaba en el bolso.
No quería darle mi teléfono, pero me pudieron las ganas de irme de allí cuanto antes, así que se lo entregué.
Además, la estúpida de mi parte lógica me recordó que los Reyes se enterarían si pasaba algo.
Yo tampoco quería drogas en Kearny, y menos aún si las hacían con fármacos que robaban a gente que de verdad los necesitaba.
Cogió el teléfono e introdujo su número en mi lista de contactos.
—¿Te has fijado en que la buena de la doctora no ha respondido a tu pregunta sobre si algún empleado se comportaba de forma sospechosa?
Fruncí el ceño. No, no me había fijado, pero, pensándolo bien, era verdad que ella había desviado astutamente el tema hacia la medicación que tomaba mi abuela.
—¿Crees que ella ya sospechaba que algo no iba bien en la residencia y tenía miedo de decirlo?
Me devolvió el móvil.
—O eso o está metida en el ajo.
Tras el inquietante comentario, cogió el casco de la moto y pasó la pierna sobre el asiento.
—Nos vemos esta noche.
Enseguida arrancó el motor y se marchó de allí entre estruendos.