Capítulo 7 #2
—Ufff, cuánta tensión hay entre vosotros —señaló la nana levantándose del sofá. Suspiró con cierta nostalgia—. Lo que más me gustaba de pelearme con tu abuelo era cuando llegaba el momento de hacer las paces.
«Puaj».
—Nana, no necesitaba esa información.
A ella se le dibujó una sonrisa.
—Una vez rompimos una mesa.
Me entraron náuseas y me tapé los oídos para evitarme más traumas.
Ella se rio. La conocía; el peligro no había pasado.
Para mi abuela, no había nada más entretenido que avergonzar o escandalizar a quienes tuviera alrededor, por lo que, aunque sabía que eso me haría quedar como una idiota delante de Jakob, mantuve los dedos en los oídos y empecé a tararear para ahogar su voz mientras la seguía fuera de su apartamento.
A los diez minutos, abandoné cualquier esperanza de que Jakob y yo no fuéramos la comidilla del pueblo al caer la noche. La nana no paraba de presentárselo a todo el mundo como «el apuesto novio de mi nieta» y, cuando le decía que dejara de hacerlo, me mandaba callar.
—Solo ayudo a mantener la farsa —aseguró—. Además, acompañar a un delincuente peligroso por las instalaciones me hará ganar popularidad. Sin ánimo de ofender, Jakob.
Mi abuela, la reina del baile.
A Jakob se le ensombreció el rostro nada más entrar en la cafetería. Examinó la sala con su gélida mirada.
—No me has ofendido.
¿Me lo estaba imaginando o acababa de añadir un toque aún más amenazante en su expresión solo para satisfacer a mi abuela?
Desde el momento en que la doctora Perez puso un pie en el apartamento de la abuela, quedó claro que no era precisamente fan de Jakob.
Al verlo, se detuvo en seco. Era una mujer de cuarenta y tantos, menuda y esbelta, con la piel muy bronceada.
Tenía el pelo oscuro cortado en una media melena.
Vestía unos elegantes pantalones negros con una blusa de seda blanca de cuello redondo metida por dentro.
Llevaba una chaqueta negra desabrochada con las mangas remangadas, que dejaban a la vista una franja del forro de seda rosa.
Su estilo era refinado y profesional y, por mucho que intentara copiárselo, siempre había algún detalle que se me escapaba.
Cruzamos la mirada y su expresión se tornó en decepción.
—¿Cómo lo has metido aquí? —Levantó una mano para impedir que respondiera—. Y, lo que es más importante, ¿por qué?
La puse al corriente de lo que creíamos que estaba pasando en Magnolia.
Se le arrugó el entrecejo mientras escuchaba, hundiéndose entre la nana y yo en el sofá. Cuando terminé, miró a Jakob, que se había quedado de pie cerca de la puerta corredera.
—¿Has reconocido a alguien?
Jakob dudó medio segundo antes de negar con la cabeza. Me extrañó, porque me acordaba del hombre que habíamos visto al entrar. Se había fijado en él, pero supongo que en realidad no debía de conocerlo. O eso o estaba mintiendo.
—¿Desde cuándo tienes sospechas? —preguntó la doctora Perez.
—Desde hace un mes —respondió él.
Ella arqueó las cejas.
—¿Y no se te ha ocurrido decírselo a alguien del centro?
Él encogió un hombro, casi como un gesto de desprecio.
—No me habrían hecho caso.
—Yo sí —replicó ella—. Tal vez al principio no habría querido creerte, pero lo habría investigado. —Se volvió hacia la nana—. Me tomo muy en serio la salud de mis pacientes.
Mi abuela sonrió y le dio una palmadita en el brazo, igual que había hecho antes con Jakob. A veces la nana podía ser brusca y un poco impertinente, pero en el fondo era una persona muy cálida.
—Ya lo sé —dijo.
—Eso es genial, doctora —añadió Jakob con un tono más áspero—, pero usted no es quien coge el teléfono aquí.
—Eso no ayuda —señalé antes de volverme hacia la doctora Perez—. ¿Ha notado algo? ¿Algún comportamiento sospechoso por parte de algún empleado? ¿Residentes que no responden a la medicación como deberían?
Ella me lanzó una mirada llena de elocuencia.
—No podría responder a tu última pregunta aunque así hubiera sido. Es secreto profesional.
Vale. Jugaríamos a su manera.
—¿Ha respondido mi abuela a la medicación como cabría esperar?
El brillo de sus ojos indicaba que había hecho la pregunta correcta.
—Ha respondido mejor de lo esperado. A todo menos al fármaco para la artritis.
Torcí el gesto.
—¿Cree que podrían haberlo manipulado?
—Es una posibilidad —afirmó—. Sus brotes han mejorado poco o nada desde que iniciamos el tratamiento y, hasta ahora, eso me tenía desconcertada. Incluso llamé a un colega de Houston especializado en osteoartritis para saber si alguna vez se había encontrado con una respuesta similar.
—¿Y es así? —pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Pero ¿no es una simple receta genérica de antiinflamatorios no esteroideos? —dije—. ¿Por qué querría nadie robar eso? —Como apoderada de la abuela, conocía todas las pastillas que le habían recetado.
La doctora Perez se metió el pelo detrás de la oreja.
—Combinados con litio, a veces consiguen emular los efectos de un opioide. Conlleva un riesgo enorme de reacciones adversas potencialmente catastróficas, pero… —Se encogió de hombros.
Suspiré.
—Pero la gente que quiere colocarse suele estar dispuesta a correr ese riesgo.
El rostro de la nana se endureció.
—Quiero que me hagan esa prueba farmacológica.
La doctora Perez me miró en busca de confirmación.
—Por favor, hágale esa prueba —ratifiqué.
La médica se levantó de su asiento.
—Vuelvo en unos minutos.
En cuanto se fue, me giré hacia mi abuela.
—Más te vale que no encuentre marihuana en tu organismo.
Ella puso cara de inocente.
—No recuerdo haber fumado nada.
Me la quedé mirando. La nana le había dicho a Jakob que a veces yo podía ser terca como una mula, pero lo que no le había contado es que eso lo había aprendido de ella.
—Escudarte en tu alzhéimer me parece de lo más bajo, incluso para ti.
Un destello acerado le atravesó los ojos.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando.
—Como quieras, pero sabré si has mentido en cuanto lleguen los resultados.
Se cruzó de brazos y se recostó en el sofá.
—Supongo.
No iba a dar su brazo a torcer, lo que significaba que sin duda había estado fumando marihuana. ¿De dónde narices la sacaba allí dentro?
Junto a la puerta corredera, Jakob miraba por la ventana, como si lo aburriéramos.
Seguí su mirada: estaba buscando entre el improvisado jardín de hierbas de mi abuela las características hojas de las plantas de marihuana.
No vi ninguna, pero antes de irme saldría a echar un vistazo más en profundidad, por si acaso.