Los reyes de Kearny Capítulo 7
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Capítulo 7

Me detuve frente a la puerta de la nana y respiré hondo varias veces.

Jakob estaba justo detrás de mí. Había accedido a que viniera conmigo, incluso tras nuestra discusión en el pasillo de abajo, porque él tenía razón: sola era un blanco fácil.

No me preocupaba tanto eso, a pesar de su insistencia en que yo no podía cuidar de mí misma, como el hecho de que, en consecuencia, también podía acabar convirtiendo a la nana en un blanco fácil.

Si alguno de los empleados era corrupto, le resultaría muy fácil atacarla para vengarse de mí, y eso no me lo perdonaría nunca.

Mi única condición era que no le mintiéramos a la nana. Delante de ella no podía hacerme pasar por la novia de Jakob. Al menos de momento. Y, a juzgar por cómo se había cerrado, él tampoco estaba preparado para fingir que nos habíamos enamorado locamente.

Respiré hondo una última vez para calmarme y me volví hacia Jakob.

La ropa de cuero que llevaba era negro mate, como su moto, y la luz parecía esquivar su silueta como si le tuviera alergia.

Sus ojos azules no mostraban ningún atisbo de calidez.

Estaba ahí plantado como un fragmento de noche, proyectando un aura de violencia estigia.

Los rellenos de kevlar de su chupa lo hacían parecer aún más gigantesco.

Si no lo conociera, habría puesto tierra de por medio.

Y aun conociéndolo quería dar un paso atrás.

Cuando me puse frente a él centró su mirada en mí, tan intensa e inflexible como siempre.

—Nada de mentirle a ella, ¿vale? —dije—. Vamos a contarle la verdad para que acceda a ayudarnos en sus propios términos.

—Nada de mentiras —repitió él.

—Está aquí porque tiene alzhéimer —le conté.

Ya se lo había insinuado en su apartamento, pero no se lo había dicho abiertamente y necesitaba que estuviera preparado para la visita.

No me respondió. A diferencia de Hank, yo ni siquiera tenía la garantía de un ligero gesto de asentimiento.

Apreté los dientes para contener un chispazo de irritación y me obligué a usar un tono neutro.

—No sé si hoy va a tener un día bueno o malo, así que prepárate para repetir las cosas un par de veces. Puede que pregunte lo mismo en más de una ocasión. Si lo hace, síguele la corriente. No señales que ya te ha hecho esa pregunta. Eso solo la confundirá y empeorará las cosas.

De nuevo, no hizo más que mirarme fijamente.

Sentí que se me contraía la mano derecha, deseosa de abofetearlo. En lugar de eso, me di la vuelta y descargué mi rabia contra la puerta, golpeándola tan fuerte que hasta me dolieron los nudillos.

—¡Adelante! —gritó la nana.

Abrí de un empujón y entré. El apartamento de mi abuela era igual que cualquier otro de clase media.

A mi derecha había una cocina luminosa, de estilo rústico.

Justo delante estaba el salón, elegantemente decorado con muebles de su última casa.

Frente a la entrada se abría una gran hilera de ventanales, con una puerta corredera en el centro.

Las estancias estaban orientadas al sudoeste, hacia los campos, y a esas horas, cuando la mañana comenzaba a dar paso a la tarde, la luz inundaba el interior.

La puerta corredera daba a un amplio balcón repleto de muebles de exterior y macetas de terracota que albergaban un jardincito de hierbas.

La nana se abrió paso por el salón y vino hacia mí con los brazos abiertos.

—Aquí está mi niña.

La abracé más tiempo del habitual, porque en ese momento necesitaba su consuelo y su calidez.

—¿Va todo bien, cariño? —preguntó ella.

—Sí —respondí separándome un poco—. Nana, este es Jakob Larson. Jakob, esta es mi abuela, Isabelle Evans.

A él se le formó un pequeño pliegue entre las cejas mientras la miraba.

¿Sería de sorpresa? Mi nana no encajaba en el estereotipo del paciente con alzhéimer.

Era alta, como yo, y caminaba con la columna recta a pesar de sus sesenta y largos.

Ese día llevaba suelta su rubia melena, que le caía por la espalda como una cascada de ondas.

Llevaba toda la primavera pasando mucho tiempo al aire libre, así que lucía una piel sonrosada, con los primeros signos de un bonito bronceado.

Tenía un rostro juvenil y unos penetrantes ojos verdes que centró en Jakob.

—Encantada de conocerte, Jakob —saludó la nana, tendiéndole la mano.

Contuve la respiración, rezando para que al menos se mostrara educado.

Él dio un paso adelante y se la estrechó.

—Igualmente, señora Evans.

—Llámame Izzy —dijo la abuela mientras se soltaban. Dio un paso atrás y me dio un codazo—. Bien hecho —señaló con tono de admiración.

Casi me atraganto.

—Nana, que te está oyendo.

—Ya lo sé —afirmó sin dejar de mirarlo como si él fuera un gran vaso de agua y ella estuviera muriéndose de sed—. Pero tiene pinta de que, en las circunstancias adecuadas, podría ser un auténtico cabronazo, así que quiero caerle bien.

—Nana, te lo suplico. Corta el rollo.

Jakob desvió la mirada hacia mí.

—Ya veo de quién has sacado esa boquita.

La mujer soltó una carcajada.

—Ay, Jakob, creo que tú y yo nos vamos a llevar de maravilla. —Se acercó a él, sin miedo, y lo cogió del brazo—. Venga, entra y cuéntame cómo conociste a mi pequeña.

Lo condujo hacia el salón, pasando junto a mí. Y él se dejó. Me quedé de piedra, arrepintiéndome más y más de ese día a cada segundo que pasaba.

—En el bar —dijo Jakob.

—¿De verdad? Yo conocí a mi difunto marido en un bar.

Sus palabras me sacaron de mi ensimismamiento.

—No somos nada, nana —traté de explicar mientras me acercaba a ellos.

Ella nos miró alternativamente a Jakob y a mí, y luego resopló.

—Tonterías. Estáis más erizados que un par de puercoespines cabreados. Si no acabáis de tener una riña de enamorados, me trago mis palabras. —Tiró de Jakob para sentarlo en el sofá, a su lado, y lo miró con seriedad—. ¿Qué ha pasado?

Él desvió la vista hacia mí.

Yo lo observé. «No seas desgraciado».

—Le dije una verdad incómoda que no quería oír —contestó sosteniéndome la mirada.

«¡Desgraciado!».

La nana dio unas palmaditas sobre su antebrazo cubierto de cuero.

—Muy bien. A veces es más terca que una mula. Necesita un hombre con arrestos que le hable claro.

Me ardía la cara, pero no de vergüenza, sino de rabia. ¿Una verdad incómoda? ¿Creía que me había dicho una verdad incómoda que yo no quería oír? ¿Que para mí suponía algún tipo de novedad que mi pierna fuera mi puto punto débil?

Había una enorme diferencia entre un amor malsano y ser gilipollas, y, por cómo me había dicho en el pasillo que no podía cuidar de mí misma, estaba claro que él era un gilipollas de mucho cuidado.

No lo había hecho para protegerme ni para que afrontara una realidad complicada.

Me lo había dicho porque estaba furioso y con un tono de voz de mierda destinado tanto a menospreciarme como a herirme.

Bueno, pues lo había conseguido. Si mi nana no hubiera estado allí, le habría caído una buena bronca.

Jakob necesitaba oír ciertas verdades incómodas.

Me senté en el sofá de dos plazas que había frente a ellos.

—Nana, no somos nada —repetí.

Porque no lo éramos. Lo de anoche había sido algo puntual. De eso estaba segura al cien por cien.

Ella se volvió hacia mí con una sonrisita que desapareció en cuanto vio mi expresión.

—¿Qué pasa?

—Jakob es miembro de los Reyes —dije.

—¿Quiénes son los Reyes? —preguntó.

Ya le había hablado de ellos, pero tampoco me sorprendía que lo hubiera olvidado. El alzhéimer suele afectar primero a la memoria a corto plazo.

La nana recordaba con todo lujo de detalles el vestido que yo había llevado en el recital de quinto, pero, si le preguntara qué había desayunado ella misma el día anterior, era posible que no supiera responderme.

—Son un club de moteros de la zona —aclaré—. Creen que alguno de los empleados del centro podría estar robándoles medicamentos a los residentes y sustituyéndolos por placebos para vender los fármacos en el pueblo.

La nana frunció el ceño. Mucho.

—Me cago en la leche, Krista. Investigamos este sitio. Se suponía que era el mejor.

Sonreí. Sí, había heredado mi boquita de ella. Además, recordaba haber investigado aquel lugar conmigo. Aquel debía de ser uno de sus mejores días.

—Es un problema nuevo —dije.

—¿Qué necesitáis? —Desvió la mirada de mí a Jakob—. ¿Queréis que espíe al personal? ¿Que os informe desde dentro?

Él negó con la cabeza.

—No. Queremos que te hagan unas pruebas farmacológicas para asegurarnos de que no están manipulando tus medicamentos —explicó.

—Sin problema —respondió ella—. Tengo cita con la doctora Perez dentro de una hora. Se lo podemos preguntar.

Jakob se giró hacia mí.

—Enséñame este sitio mientras esperamos.

Míralo, exigiéndome cosas como si le debiera una puta mierda, después de cómo se había comportado.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿No has experimentado suficiente tensión al entrar? ¿Quieres intimidar a algunos ancianos, ya que estás aquí? ¿O quizá tentar a la suerte con Hank y comprobar si de verdad es capaz de dispararte?

—¡Krista! —exclamó la nana con tono de regañina.

Apreté la mandíbula y evité mirarla a los ojos. No pensaba disculparme con él.

—Quiero ver si reconozco a alguno de los empleados —sentenció Jakob—. Si veo a algún cabrón sospechoso entre el personal, nos ahorraríamos mucho tiempo.

Mierda. Por muy tentador que fuera cerrarle el pico porque sí, en mi cabeza siempre acababa imponiéndose la lógica.

Lo que decía tenía sentido. Además, puede que aquella fuera su única oportunidad de echarle un vistazo a ese lugar.

Iba a tener que enseñárselo. No me gustaba, pero iba a hacerlo, y eso me resultaba molesto.

Seguro que era mucho más fácil ser una de esas personas que enterraban la cabeza en la arena y dejaban que sus emociones dictaran ciegamente las decisiones que tomaban. A veces envidiaba a esa gente.

—De acuerdo —concedí—. Pero pórtate bien.

—Mira quién fue a hablar —replicó él.