Los reyes de Kearny Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Nos apunté en el registro y alejé a Jakob de allí, rezando para que nadie más intentara detenernos. Su cara de «que te jodan» volvió a aparecer en todo su esplendor y, por cómo apretaba la mandíbula, me preocupó que pudiera golpear a la próxima persona que lo mirara raro.

Y justo por eso no buscaba más que un rollo de una noche con él.

Por eso no quería ser su novia. No quería estar preocupada por sus cambios de humor.

No quería allanarle el camino ni enfadarme cuando la gente lo tratara como si tuviera la rabia.

Tenían todo el derecho a temerlo. Estaba en una banda, joder.

Había muchas maneras de adornarlo, pero, aunque todos los Reyes fueran veteranos, también formaban parte de una organización criminal.

Me dirigí a grandes zancadas hacia la habitación de la nana con mi propia cara de «que te jodan», arrepintiéndome de haberlo dejado ir.

Por ese tipo de cosas no debería aceptar nada que me propusieran justo después de follar: las hormonas me nublaban el cerebro y me impedían tomar buenas decisiones.

El pasillo estaba vacío y nuestro calzado resonaba estrepitosamente sobre el suelo de baldosas.

De repente sentí un tirón en el brazo y me vi aprisionada contra la pared, con Jakob alzándose imponente frente a mí.

En ese momento, a plena luz del día y ya muy molesta con él, no me parecía ni de lejos tan sexy como la noche anterior.

Le puse las manos en el pecho y le di un empujón.

Mi pierna era un verdadero fastidio, pero iba al gimnasio cuatro veces por semana y tenía músculo y técnica suficientes como para mover a alguien del tamaño de Jakob si me lo proponía.

Al pillarlo con la guardia baja, se tambaleó unos pasos hacia atrás.

Sus ojos reflejaron una enorme sorpresa antes de endurecer el gesto.

—¿Qué te pasa? —gruñó.

—Ya no estamos en tu apartamento —dije en voz baja para que no se oyera—. No tienes permiso para agarrarme cuando te dé la gana.

Me echó una mirada característica de los Reyes.

—Vale, pero ¿qué te pasa de verdad ?

—No debería haber accedido a hacer esto —respondí—. A partir de ahora, aquí todos van a tratarme diferente, porque pensarán que estamos saliendo.

En cuanto las palabras abandonaron mi boca, me di cuenta de hasta qué punto me hacían quedar como una capulla.

Como si me avergonzara de él. No era el caso.

Me importaba una mierda lo que pensaran los demás, simplemente no me apetecía estar escuchando los juicios de la gente.

Con lo franca que era, tarde o temprano acabaría llamándoles la atención y las cosas se pondrían aún más feas.

—Jakob…

—Ya veo —intervino antes de que pudiera disculparme—. No vaya a pensar nadie que la novia de Estados Unidos se ha rebajado a salir con un puto miembro de los Reyes.

Lo fulminé con la mirada.

—¿Qué quieres decir con eso ?

Agitó una mano hacia mí.

—Parece que te has arreglado para ir a misa.

Me eché un vistazo. Llevaba una falda tobillera de cintura alta con una camiseta de tirantes ajustada metida por dentro que me hacía unas tetas increíbles.

A mí me parecía que me quedaba bastante bien, y si había elegido esa ropa había sido, en parte, por cómo pensaba que reaccionaría Jakob al verme con ella.

Pero esa no era la respuesta que esperaba.

Sus palabras me dejaron helada y me sentí como una idiota por haber querido impresionarlo.

—Tú no eres quién para hablar de ropa —repliqué, ya algo airada—. Vas cubierto de cuero negro de los pies a la cabeza y estamos a veintisiete grados.

—Para protegerme si tengo un accidente con la moto —espetó.

Desplegué los brazos.

—Estamos dentro. Aquí no hay peligro de caerse. Pero tú no te quitas esa chupa en todo el día, no vaya a ser que la gente no sepa que eres de los Reyes.

Se acercó y, con voz grave e iracunda, dijo:

—Soy de los Reyes lleve o no la chupa.

Abrí la boca para contestarle y me di cuenta de que no merecía la pena.

—Deberías irte —dije en su lugar.

Él clavó los ojos en los míos como un taladro subártico.

—No.

—No necesito que estés aquí para que le hagan las pruebas a mi abuela y, después de esto, la idea de fingir que eres mi novio delante de ella me da ganas de vomitar.

Bajó aún más el tono.

—Me necesitas y lo sabes. Estás metiendo las narices en asuntos turbios.

Supera tu cabreo conmigo y piénsalo, Krista.

Si le dices a tu médica que alguno de los empleados está traficando con medicamentos sin el respaldo de los Reyes, te convertirás en un blanco fácil.

Quienquiera que sea tan imbécil como para jugársela a mi banda no tendrá ningún problema en cerrarle la boca a una mujer entrometida.

—Puedo cuidar de mí misma —contesté.

Él resopló.

—Y una mierda. Cualquier luchador que se precie detectaría esa pierna lesionada a un kilómetro de distancia. Es lo primero que golpearía yo, y sabes que si un tipo de mi tamaño te diera una buena patada estarías jodida.

Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. Qué rabia de hombre.

—Eres un gilipollas.

Esbozó una sonrisa tan fría como sus ojos.

—Nunca he dicho lo contrario.

Cierto. La idiota que había malinterpretado un momento de decencia humana básica como prueba de que Jakob Larson era mejor de lo que parecía había sido yo.

No volvería a cometer ese error.