Los reyes de Kearny Capítulo 6
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Capítulo 6

La residencia de ancianos Magnolia Hills se erguía en un excelente terreno de cuatro hectáreas sobre las ondulantes colinas de Texas.

En su mayoría era zona verde, con vastas extensiones de césped muy bien cuidado salpicadas aquí y allá de unos imponentes robles que proporcionaban una sombra bastante necesaria.

Había unas pintorescas vallas de madera que separaban un área de la siguiente.

Los senderos serpenteaban perezosamente por todo el recinto y el personal no dejaba de animar a los residentes a que salieran e hicieran un poco de ejercicio los días que no había alertas de bandera negra.

A la nana y a mí nos gustaba escaparnos por la puerta de atrás cuando iba a visitarla y pasarnos horas paseando.

A veces nos dirigíamos hacia nuestro banco favorito.

Se encontraba bajo un magnolio que daba nombre a la residencia, en la cima del cerro más alto de la finca.

Allí nos sentábamos juntas a charlar mientras las nubes, blancas y esponjosas, desfilaban sobre nosotras.

Estábamos en la tierra de los cielos inmensos, donde las vistas se extendían hacia el horizonte en todas direcciones.

Estacioné en el aparcamiento de la residencia y apagué el coche. El edificio en sí era menos imponente que los alrededores. Solo tenía tres pisos y no se había construido para impresionar, sino para resistir los tornados que azotaban la región cada primavera.

A las doce y media en punto, oí el rugido de una motocicleta revolucionada.

Cuando miré, Jakob estaba aparcando junto a mí.

Debí de haberme imaginado que sería puntual.

Apagó el motor, se bajó de la moto y se quitó el casco.

Ataviado con sus prendas de cuero de los Reyes, parecía tan inaccesible y peligroso como la noche anterior en el bar.

Tal vez aquello fuera un error.

Dejó el casco sobre el asiento de la moto, consciente de que nadie iba a ser tan idiota como para robárselo, y se acercó con total parsimonia hasta mi puerta.

Llevaba unas gafas de sol que me impedían verle los ojos y no tenía ni idea de si su mirada seguía siendo tan cálida como esa mañana o si se había vuelto a congelar.

—¿Te vas a quedar ahí sentada todo el día o nos ponemos manos a la obra? —preguntó con la voz amortiguada por el cristal.

Estaba segura de que aquello era un error.

Suspiré y salí del coche. Jakob se quitó los guantes de la moto mientras nos dirigíamos hacia la puerta principal. Se los guardó en el bolsillo de la chupa y alargó la mano para entrelazar los dedos con los míos, haciéndose pasar por mi novio.

Los problemas comenzaron nada más pasar por la puerta.

En la entrada, un hombre corpulento que vestía un uniforme de seguridad se levantó de una silla y nos cerró el paso, separando bien los pies, como si fueran a embestirlo.

Tenía la piel negra clara, llevaba la cabeza rapada y su complexión me hizo pensar que era capaz de sacarnos literalmente al vuelo de allí.

Se llamaba Hank. Yo había charlado con él varias veces, sobre todo cuando había una cola de visitas esperando para firmar el registro.

Era un expolicía que trabajaba para el servicio de seguridad del centro.

Magnolia Hills los había contratado a él y a otros agentes para ayudar con los pacientes más rebeldes.

No era de extrañar que las personas con demencia se volvieran violentas y, a veces, hasta los celadores más fornidos del personal necesitaban que les echaran una mano.

Hank siempre había sido de lo más amable conmigo, pero en ese momento no se molestó en ocultar su cara de repulsa mientras miraba fijamente a Jakob.

Le apreté la mano a mi supuesto novio, rezando para que me dejara ocuparme del asunto.

—Hola, Hank.

—No puedes entrar —espetó con la vista clavada en Jakob.

El motero se puso rígido y me apretó más fuerte la mano.

«Mierda».

Me solté antes de que me lastimara los dedos y me puse delante de él, con la esperanza de apaciguar la situación.

—Hank, es mi novio. No ha venido a crear problemas. Solo quiero que conozca a mi abuela.

Él por fin posó la mirada en mí, reconociéndome al instante.

—¿Estás saliendo con un miembro de los Reyes, Krista?

Asentí con la cabeza.

—Trabajo en el Charley’s, ¿recuerdas?

Él arrugó el entrecejo.

—No serás una de ellos, ¿verdad?

—No. Mira, te prometo que no habrá ningún problema. Solo quiero que conozca a mi nana, ahora que todavía… —respiré hondo e imposté cierto tembleque de voz— es mi abuela, ya sabes.

Se le suavizó la expresión. Él sabía que ella tenía alzhéimer y que había empezado a fallarle la memoria a corto plazo.

Me sentí como una capulla por jugar esa carta y manipularlo intencionadamente, pero, si así lograba proteger a la nana y a sus amigos de algún candidato a traficante de drogas, haría eso y cosas peores, y más adelante ya rezaría para obtener la absolución.

Hank volvió a mirar a Jakob. Se le endurecieron los rasgos.

—Si te pasas de la raya, te pego un tiro —sentenció, apoyando la mano sobre la culata de la pistola que llevaba amarrada al cinturón.

Jakob no dijo nada, pero el gesto brusco que hizo con la barbilla podría considerarse de asentimiento.

Esperé en tensión mientras Hank lo miraba y luego exhalé un suspiro entrecortado cuando por fin se hizo a un lado y nos dejó entrar.

Por su expresión, supe que nuestros días de charleta amistosa mientras esperaba para ver a la nana habían terminado.

Como expolicía, tenía sentido que odiara a los Reyes —se habían librado de cargos de asesinato en el pueblo, si algunos de los rumores más desagradables que había oído eran ciertos—, pero no pude evitar sentir una punzada de tristeza que iba ensombreciendo mi estado de ánimo a medida que dejábamos atrás la entrada.

Por suerte, la zona de recepción estaba bastante despejada.

Solo había otros dos grupos de visitas delante de nosotros, esperando para entrar: tres hombres latinos mayores y una pareja joven que parecía de origen asiático oriental con dos niños revoltosos corriendo alrededor.

La mujer se giró al oír las estruendosas pisadas de las botas de Jakob sobre el mármol y en cuanto lo vio se le borró la sonrisa.

Se inclinó hacia su marido y le susurró al oído mientras nos acercábamos.

Él miró hacia atrás y agarró a sus hijos, manteniéndolos cerca de él.

Si Jakob se sintió ofendido, no lo demostró.

Examinó la sala en la que nos encontrábamos con un gesto de aburrimiento absoluto, como si no quisiera estar ahí.

De lejos, era imposible que nadie se diera cuenta de lo concentrado que estaba, de cómo parecía captar cada detalle.

A nuestra derecha se abrió una puerta y él se volvió para seguir con los ojos al hombre que había salido por ella.

Lo miró de tal forma que yo también giré la cabeza.

Se trataba de un tipo blanco que rondaba la treintena.

Vestía un traje azul marino que le quedaba como un guante y revelaba anchura de hombros y una cintura estrecha.

Tenía el atractivo de los pósteres antiguos de Abercrombie.

Llevaba el pelo castaño cortado a cepillo.

El intenso color dorado de su piel delataba una vida al aire libre.

Parecía joven, exitoso y tremendamente seguro de sí mismo.

Mientras caminaba, iba recorriendo la sala con su oscura mirada, que acabó deteniendo un momento en Jakob y luego en mí.

Yo era una mujer atractiva. Estaba acostumbrada a que me dieran esos repasos.

Por Dios, la primera semana que trabajé en el Charley’s me entraron más veces de las que podía contar.

Ese hombre me miraba con interés, pero no parecía una mera admiración.

Me examinó de arriba abajo con una precisión clínica, como si estuviera comparando mis rasgos con algún tipo de base de datos interna. Debía de ser médico.

Un segundo después, apartó la vista y se esfumó por otra puerta.

No volvió a aparecer, pero Jakob se quedó mirando en esa dirección como un sabueso.

¿Habría reconocido a ese tipo? No podía preguntárselo sin que nos oyeran.

Entre lo cavernoso del espacio y el mármol que cubría el suelo, esa sala poseía una acústica por la que cualquier teatro mataría.

Todos los sonidos se amplificaban, incluso los susurros apagados de la pareja que teníamos delante.

Tras varios minutos de incomodidad, nos acercamos a la recepción.

La mujer blanca que había detrás era aún más alta que yo y de constitución robusta.

De cuarenta y pocos años, llevaba el pelo castaño claro recogido en el mismo moño sobrio de siempre.

Nos miró con sus penetrantes ojos color avellana a través de unas gruesas gafas de pasta.

Puse las manos sobre el mostrador y sonreí, tratando de no parecer amenazante.

—Hola, Annie.

Ella señaló a Jakob con la cabeza.

—Él no puede entrar.

Le repetí la misma historia lacrimógena que le había contado a Hank, pero, por desgracia, ella era inmune a mi cara bonita y mis lágrimas de cocodrilo.

—La última vez que dejamos entrar a uno, acabamos con veinte mil dólares en daños —aseguró con un firme gesto de obstinación en la barbilla.

Vale, ¿y eso por qué narices no había aparecido en mi búsqueda de Google? ¿Daniel King se había encargado de suavizar o encubrir el asunto?

Jakob se puso a mi lado y deslizó dos billetes nuevos de cien dólares por el mostrador hacia Annie.

—No daré problemas.

Ella miró el dinero un segundo y después le echó un rápido vistazo a la sala.

Por suerte, no había nadie más en la cola detrás de nosotros, porque en ese caso quizá no se habría sentido tentada a aceptar el soborno.

Finalmente, con una expresión que aseguraba que no quería hacer aquello por nada del mundo, extendió la mano y cogió los billetes.

—Más te vale —contestó.