Los reyes de Kearny Capítulo 5
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Capítulo 5

—¿Qué pasa con la residencia de ancianos? —le pregunté a Jakob.

Nos habíamos duchado y estábamos otra vez en la cama.

Me había dejado una camiseta para dormir.

Tenía un fresco aroma a lima y me quedaba enorme.

Fuera, la oscuridad se atenuaba en el cielo nocturno y una corona de oro rojizo comenzaba a elevarse hacia el este.

Eran las cinco de la mañana. Me pesaban tanto los párpados que habría necesitado palillos para mantenerlos abiertos, pero tenía que saber si la nana estaba en peligro.

Jakob me miró a los ojos.

—Están metiendo drogas en Kearny.

—Creía que no vendíais aquí —señalé frunciendo el ceño.

—Y no lo hacemos. No son nuestras. En su mayoría son fármacos de gama alta que requieren receta, y creemos que alguien del personal de Magnolia está sustituyendo los medicamentos de los ancianos por placebos y vendiendo los auténticos por su cuenta.

Me giré sobre la espalda y me presioné los ojos con las manos.

—Me cago en todo. ¿Sabes lo mucho que investigué antes de elegir Magnolia Hills? Tenían la mejor reputación del estado en el tratamiento del alzhéimer.

—Esto es algo reciente —aseguró Jakob—. Y aún no hemos podido demostrarlo. No es más que una sospecha.

Aparté las manos y lo miré.

—¿Por qué no habéis podido demostrarlo? ¿No habéis hablado con la dirección?

Él negó con la cabeza.

—No querrían escucharnos. Los Reyes no somos bienvenidos en Magnolia Hills.

—Creía que todos los negocios locales os adoraban.

Los Reyes tenían la costumbre de ayudar a los comercios familiares con dificultades, frecuentándolos cuando el negocio iba mal o concediéndoles préstamos a tipos de interés bajos con los fondos del club cuando los bancos les denegaban asistencia financiera.

En parte, ese era el motivo por el que mucha gente del pueblo aguantaba sus mierdas, además de por todo ese rollo de que eran exmilitares.

A pesar de sus defectos, se preocupaban por el pueblo y hacían más por mantener a sus vecinos sanos y salvos que la mayoría de nuestros funcionarios electos.

¿Convertía eso a una banda de traficantes de armas en los buenos de la película? No, pero mi paso por el Ejército me había enseñado que no todo era blanco o negro, como algunos querían hacernos creer.

—Hay miembros del club que tienen allí a sus padres o a sus abuelos —dijo Jakob—. Igual que algunos tipos de los Jokers. Una vez, sus caminos se cruzaron durante las horas de visita.

No hizo falta que me contara más. Los Jokers, un club de moteros asentado al oeste de Kearny, eran los mayores rivales de los Reyes. Sin duda, ese día habían tenido bronca. Tan solo esperaba que ningún residente hubiera resultado herido.

—¿Qué puedo hacer? —pregunté.

No podía volver a trasladar a la nana. Acababa de instalarse y parecía que Magnolia Hills le gustaba mucho.

—¿Eres su apoderada? —preguntó Jakob.

—Sí.

—¿También para temas médicos?

Asentí con la cabeza.

—Pide que le hagan una prueba farmacológica —propuso.

—¿No se enfadará su médica?

Magnolia Hills tenía varios facultativos en plantilla. La de la abuela era una mujer latina de mediana edad que se apellidaba Perez y hasta el momento había sido excelente. No quería que pensara que cuestionaba la atención que le brindaba a mi abuela.

—Dile por qué quieres hacérsela —respondió—. Que has oído que allí hay alguien sospechoso. Puede que la dirección no quiera escuchar a los Reyes, pero si los familiares de sus pacientes empiezan a quejarse la cosa cambia.

—Vale, sin problema —dije—. ¿Qué más? ¿Quieres que les saque fotos a escondidas a los miembros del personal?

Me miró con gesto divertido.

—Lo mejor sería que la próxima vez me llevaras contigo. Podemos decir que soy tu novio y que quieres presentarme a tu abuela. No les quedará más remedio que dejarme entrar y así podré echar un vistazo por mí mismo.

Me lo quedé mirando.

—Solo si me prometes no hacer nada por lo que acaben prohibiéndome la entrada.

Se las arregló para encogerse de hombros mientras estaba tumbado.

—Te lo prometo.

—Quería ir a verla hoy.

Desvió la mirada más allá de mí, hacia el despertador.

—Entonces, tenemos que cerrar la boca y dormir un poco.

Lo que tienen los rollos de una noche es que se supone que solo duran una noche.

Si te has dejado llevar y te has quedado a dormir, la mañana siguiente puede ser de lo más incómoda.

¿Vuelves a follar, convirtiéndolo en un rollo de una noche y una mañana?

¿Te ofreces a prepararle el desayuno para agradecerle el orgasmo de una forma un poco rara?

¿O intentas escabullirte antes de que tu ligue se despierte, quedando como una completa idiota?

Yo prefería evitar esos conflictos de raíz. Normalmente, disfrutaba de lo lindo y después me iba a casa con una sonrisa. Eso no es posible cuando alguien te ordena que te quedes y bloquea la puerta del apartamento.

Jakob y yo nos habíamos quedado dormidos cada uno a un lado de la cama, con mucha distancia entre los dos, pero, cuando me desperté a las pocas horas, tenía un fornido brazo sujetándome la cintura contra el colchón y la pierna izquierda apoyada sobre una de las de Jakob.

En algún momento de la mañana, él había acurrucado la cabeza en mi cuello y ahora yacíamos así, compartiendo la misma almohada y con su aliento calentándome el hombro mientras el sol se asomaba por los bordes de las cortinas e iluminaba la estancia con su resplandor de mediodía.

El reloj marcaba las 11.06. Adiós a la idea de llegar a la residencia en cuanto abrieran.

Le di un toquecito con el hombro.

—Jakob.

Se despertó sobresaltado y se cernió detrás de mí como una serpiente lista para atacar.

Levanté las manos entre nosotros.

—¡Guau!

—¿Krista? —preguntó con voz ronca por el sueño.

—Sí. Sigo aquí.

—Lo siento —se disculpó mientras se frotaba la cara con una mano.

—No pasa nada.

Nota mental: no volver a despertar a Jakob Larson de un sueño profundo nunca más. Debería haberme dado cuenta de que eso no se le hace a un veterano de guerra, pero solo había dormido seis horas y el cerebro aún me iba lento.

Una vez superada la amenaza de violencia, aparté las manos y me levanté, no sin cierta dificultad. Tenía la pierna agarrotada, pero la noche había merecido la pena.

—Tengo que volver a casa a cambiarme antes de ir a ver a mi nana —dije—. ¿Quedamos en Magnolia Hills sobre las doce y media?

Él asintió y se recostó contra el cabecero.

—Claro.

Tenía el pelo revuelto por haber dormido con él mojado.

Parecía cansado y satisfecho; nunca lo había visto tan relajado.

Tenía las mantas amontonadas alrededor de la cintura, revelando su cincelado torso en todo su esplendor.

Entonces me falló la rodilla derecha y tuve que agarrarme a la barandilla protectora para mantener el equilibrio.

Jakob me puso las manos en las caderas para sostenerme.

—¿Todo en orden? —preguntó.

—Todo en orden, solo estoy un poco dolorida.

Las manos desaparecieron.

—Es el efecto que provoco en las mujeres.

Le eché una mirada por encima del hombro. Su sonrisilla arrogante se correspondía con el tono zalamero y provocador que había utilizado. Entrecerré los ojos y él sonrió aún más. Vaya, vaya. Jakob Larson tenía sentido del humor.

—Me refería a la pierna. No a la vagina —respondí para desinflar un poco su gigantesco ego.

Su camiseta me favorecía igual que un saco de patatas, pero, por la forma en que me miraba, cualquiera diría que estaba completamente desnuda.

—Sabía que debería haberlo alargado un rato más —contestó arrastrando las palabras.

—Madre mía, te lo tienes muy creído —le recriminé mientras recogía mi ropa del suelo.

Necesitaba hacer pis. Me había aplastado la vejiga con el peso de su brazo.

Se reclinó y apoyó las manos detrás de la cabeza, atrayendo mi mirada hacia sus bíceps, y me dedicó una oscura sonrisa de pura arrogancia masculina.

—Dijo la mujer que prácticamente me suplicó que hubiera una próxima vez.

Cerré la boca de golpe y, cojeando, me fui a esconderme al baño.

Es verdad que había dicho eso, ¿no? Por Dios, y además iba en serio.

Incluso en ese mismo momento, al verlo recostado contra el cabecero, la mente se me llenó de pensamientos obscenos y me imaginé haciéndole todo tipo de cosas que le borrarían ese gesto de suficiencia.

Pero no teníamos tiempo para nada de eso. La nana era lo primero. Tenía que salir pitando de allí, cambiarme y asegurarme de que no le estaban dando Tic Tac en lugar de los inhibidores de colinesterasa que supuestamente la ayudaban con la pérdida de memoria.

Me centré en lo mío y me puse la ropa de la noche anterior.

No había forma de evitar el espejo que descansaba sobre el lavamanos de Jakob, así que hice lo posible por arreglarme frente a él.

Tenía los ojos, de color marrón oscuro, un poco irritados y los labios aún más carnosos de lo habitual, prueba del buen uso que les había dado la noche anterior.

Entre eso y el pelo, que se me había rebelado por completo mientras dormía, parecía como si me hubieran dado una buena paliza.

Cuando reaparecí, Jakob estaba en la cocina, con unos vaqueros desgastados que le quedaban por las caderas.

No llevaba camiseta y el aire se me escapó con un «Ufff» sordo.

Era diferente ver todos esos músculos a plena luz del día.

En el suave resplandor de la noche anterior, las sombras jugaban sobre su piel, suavizando sus ángulos, otorgándole un aspecto menos macizo, más maleable.

Y mirarlo desde arriba esa mañana mientras él estaba sentado en la cama había distorsionado mi perspectiva y me había hecho olvidarme momentáneamente de la inmensidad de su tamaño.

Ahora se me antojaba indestructible. Ahora era imposible ignorar el hecho de que parecía la versión exterminadora de un ser humano.

Sus bíceps eran tan grandes como mis muslos.

Podría haberme columpiado en sus músculos trapecios.

Más que abdominales, tenía ladrillos apilados en el torso.

Se detuvo junto a la encimera y se volvió hacia mí, y el aroma a café recién hecho me impregnó la nariz.

—¿Cómo lo tomas?

«Como tú quieras dármelo», estuve a punto de soltar.

La mayoría de la gente sentía rechazo por las cosas que la intimidaban.

A mí, en cambio, siempre me habían atraído.

Supongo que respondía a algún tipo de necesidad enfermiza de demostrar mi valía.

De convencerme a mí misma de que podía ser igual de mala, igual de cruel, igual de peligrosa.

O de que la gran Krista Evans no le temía a nada.

Fuera cual fuera el motivo, Jakob me atraía como un imán.

Era medio salvaje, lo precedía una tremenda reputación de violento y, aun así, lo único en lo que yo pensaba en ese momento era en cómo convencerlo para que me dejara atarlo al mueble más cercano.

El hecho de que me hubiera puesto a fantasear con la idea de que alguien tan peligroso decidiera someterse a mí era un tema completamente diferente que le tocaría desentrañar a mi terapeuta.

—Krista.

Parpadeé.

Jakob estaba de pie con la jarra de café en la mano, observándome. Su expresión se llenó de picardía y arrogancia.

—Por un momento he pensado que te estaba dando un ictus. ¿Quieres que me ponga una camiseta o ya estás bien?

Me ardía la cara de vergüenza. No era de sonrojarme fácilmente, pero, joder, es que me había pillado babeando por él.

«Bien hecho, Krista». En lugar de desinflarle el ego, se lo había conectado a un tanque de helio. Por su sonrisa de engreído, sabía que nunca lo iba a olvidar.

—Estoy bien —mascullé.

—¿Cómo tomas el café? —repitió.

—Solo con leche, si tienes —contesté intentando actuar con la mayor naturalidad posible. El Ejército me había enseñado que responder a ese tipo de bromas solo empeoraba las cosas.

Sacó una taza para llevar de un armario, me la llenó y se reunió conmigo en la puerta mientras yo me calzaba las zapatillas.

—Aquí tienes.

La cogí mientras me erguía, impresionada pero un poco confusa.

Jakob no parecía mal tío. Quizá fuera un pelín arrogante, pero, seamos realistas, se había ganado a pulso esa seguridad en sí mismo.

Y quizá se había mostrado brusco, reservado sobre su vida y, a veces, demasiado dominante, pero luego estaban esas otras pequeñas cosas, como no haber sentido rechazo por mi pierna, que me hubiera llevado hasta la ducha, su oscuro sentido del humor y ahora lo del café, que me hacían pensar que no acababa de merecerse esa mala reputación.

—Gracias —le dije.

—De nada. —Apartó la silla del pomo de la puerta, abrió los cerrojos, y luego se giró y se fue hacia la cocina sin mirar atrás—. Nos vemos luego.

Me tragué mi frustración y salí del apartamento. Para nada había deseado que me diera un beso de despedida. Vamos, ni de coña.

Casi me había convencido a mí misma de que eso era cierto cuando me fui con el coche, saboreando uno de los mejores cafés caseros que había tomado en años.