Capítulo 4 #3
Cuando me imaginé elevándome sobre él, con sus manos atadas a la barandilla protectora de la cama mientras lo cabalgaba, supe que quería hacer aquello una y otra vez. Y otra.
«Y otra».
—No me hagas decirlo —balbuceé.
Volvió a empujar hacia mí, tan lentamente que se me iba arqueando la espalda a medida que las estrías del condón bailaban sobre mi piel hiperestimulada. Luego me rozó la oreja con los labios y esa fue su única advertencia antes de morderme el lóbulo más fuerte que yo antes a él.
—Dilo —gruñó.
Madre. De. Dios.
—Por favor, Jakob —carraspeé.
Deslizó la mano desde mi pecho hasta mi vientre.
Me la metió entre los muslos y con los dedos se guio hasta el agujero.
Al mover las caderas hacia él, sentí una punzada en la parte derecha.
Menos mal que no pudo ver mi mueca de dolor.
Con tanto acero sujetándome los huesos, el sexo nunca era una experiencia indolora.
A veces se acercaba a ese ideal si me lo tomaba con calma, pero, en una noche así, tras tantas horas de pie, no había forma de evitar la dosis de incomodidad que acompañaba al placer.
Al menos había aprendido a engañar a mi cerebro para disfrutar de un poco de dolor durante el sexo.
Debía agradecerle el consejito a un simpático terapeuta del Ejército con cierta tendencia al sado.
Cuando me introdujo su cálida punta, el dolor se ahogó bajo una oleada de placer.
«Sí. Dios, sí». Lo necesitaba.
El ángulo me hacía estar más prieta de lo habitual y, a pesar de mi excitación, Jakob tuvo que meterla y sacarla varias veces para cubrir el condón de fluidos y penetrarme con mayor profundidad. Incluso entonces, el cabrón se tomó su tiempo para empujar.
Resoplé con cara de fastidio.
—Si me tratas con tanto cuidado, te juro que voy a decirles a todas las mujeres que conozco que Jakob Larson me hizo el amor de forma lenta y apasionada.
Su pecho vibró contra mi espalda mientras se reía, no sin cierta perversión.
—Sabía que te impacientarías.
Giré la cabeza para intentar verle la cara. ¿Cómo que sabía que me impacientaría? ¿Es que aquello también lo tenía pensado? En la tenue luz de su cuarto, tuve el tiempo justo para ver el destello blanco de sus dientes antes de que me embistiera.
Estuve a punto de gritar. Y no de dolor.
—Uf, Dios, Jakob…
Todavía tenía la mano entre mis piernas y al siguiente envite me puso la yema de un dedo sobre el clítoris.
En ese momento, las palabras perdieron todo su significado y yo me entregué al deseo que me recorría las venas y a la sensación de su gruesa y rígida polla llenándome.
De algún modo, aquello era a la vez demasiado e insuficiente.
Jakob debió de sentir lo mismo. Suspiró de frustración y luego me apretó más fuerte la trenza.
—Gírate —dijo, tirándome del pelo para que me moviera.
Me giré un poco hacia delante y con otro tirón me señaló que estaba justo donde él quería.
Deslizó una pierna entre las mías, se incorporó sobre el codo y empezó a follarme de lado.
Mi cuerpo se amoldó a él, palpitando al ritmo de sus envites, como si intentara atraerlo más hacia dentro.
No sabía si podría aguantarlo mucho más, pero me sentía tan bien que estaba dispuesta a arriesgarme.
Consciente de mi lesión de cadera, eché la pelvis hacia atrás con sumo cuidado.
El ángulo cambió y entonces me la clavó hasta el fondo.
Los dos lanzamos un gemido.
Él siguió penetrándome, afanándose con los dedos y con la polla. Extendí la mano y le agarré el culo para animarlo a seguir. A ese ritmo, ni siquiera íbamos a necesitar la media hora que yo había previsto al principio. Casi acabábamos de empezar y yo ya estaba pasando el punto de quiebre.
—Jakob… —susurré, clavándole las uñas en la piel.
En lugar de darme lo que quería, ralentizó los movimientos y se inclinó sobre mí, acercándome los labios al oído.
—Joder, si no te doliera la pierna, alargaría esto hasta que me suplicaras que te dejara correrte.
¿Cómo podía seguir hablando con frases completas? Intenté responderle, pero me acarició el clítoris con los dedos justo cuando su polla impactó en mi cérvix, así que solo conseguí balbucear:
— Para… la… próxima…
Dios, ojalá hubiera una próxima vez.
No cambió el ritmo al saber que estaba a punto de correrme.
Muchos hombres pensaban que ese era el momento de follarte como un conejo hasta hacerte llegar al clímax, sin entender que lo que habían estado haciendo era justo lo que necesitabas.
Jakob no. Mantuvo una cadencia lenta pero implacable, tocándome como si fuera un instrumento de cuerda.
Yo cantaba debajo de él; todas mis terminaciones nerviosas cobraban vida mientras me llevaba cada vez más al límite.
La cadera seguía doliéndome incluso en esa posición, pero no tanto como para retrasar lo inevitable.
Hundí los dedos de la mano que me quedaba libre en las sábanas y me perdí en la sensación de sus acometidas.
Casi al instante, me corrí gritando su nombre, apretándolo con los músculos internos.
Él me soltó la trenza y apoyó ambas manos, cambiando de ángulo para prolongar mi orgasmo; comenzó a ralentizar sus embestidas y noté su polla palpitando dentro de mí tras la potencia de su liberación.
—Joder, Krista.
Plantó la boca sobre mi hombro y me lo mordisqueó, moviéndose cada vez más despacio. Lancé un profundo suspiro de satisfacción debajo de él, completamente agotada.
Después nos tumbamos boca arriba, inertes, con el sudor enfriándose en nuestra piel cuando el aire acondicionado se puso en marcha.
—Necesito una ducha —dije—. Huelo a sexo y a cerveza.
Jakob se inclinó hacia mí y volvió a darme unos mordisquitos en el hombro.
—Sabes a sexo y a cerveza.
Aunque estaba exhausta, el murmullo grave de su voz me tentó a abrir las piernas y preguntarle si quería comprobar si todo el cuerpo me sabía igual, pero, antes de articular las palabras, dio media vuelta y se puso en pie.
Giré la cabeza para no perderme las vistas.
Joder, el tío tenía un culo increíble. Siempre me habían vuelto loca los hombres con el trasero redondo.
La única imperfección del suyo eran las cuatro pequeñas medialunas que le había dejado en la piel con las uñas.
Salió de la habitación a zancadas y, un minuto después, oí el sonido de la ducha. Estaba convenciendo a mi cuerpo de que levantarme merecía la pena cuando Jakob volvió a entrar en la habitación y me recogió de la cama.
—Sabes que puedo caminar, ¿verdad? —bromeé.
Sus rasgos adoptaron la misma expresión que cuando le advertí sobre mi pierna.
—¿Y?