Los reyes de Kearny Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

El mundo se inclinó cuando me dejó sobre la cama.

Me hundí en el colchón, más aún cuando se añadió su peso.

Dios, cómo había echado aquello de menos.

La calidez de otra piel bajo las manos. Ver a un hombre cerniéndose sobre mí.

No me había acostado con nadie desde antes de mudarme al pueblo y cuatro meses de abstinencia me habían dejado hipersensible al tacto.

Temblé cuando deslizó las manos por mis brazos y noté la deliciosa aspereza de sus callosidades en la piel.

Me había recogido la larga melena en una trenza para que no me molestara mientras trabajaba, y él se la enrolló en la muñeca y luego me agarró por la base del cuello para girarme la cabeza hacia un lado.

Me hizo cosquillas con la barba cuando me rozó la garganta con los labios.

Volví a estremecerme, esa vez con más fuerza, y sentí un anhelo familiar entre los muslos.

No era suficiente. Había demasiadas capas entre nosotros y yo quería estar piel contra piel.

Alargué la mano y tiré del dobladillo de su camiseta.

Él me soltó, se impulsó sobre el colchón y se arrodilló entre mis piernas para quitársela.

Dudaba entre abalanzarme sobre él y quedarme donde estaba para mirarlo un rato.

El tío estaba mazado, pero no parecía una de esas monstruosidades testosterónicas que a veces se veían en las salas de pesas.

Era más esbelto, más delgado. Denso. No tenía ni un gramo de grasa.

Su físico era de esos que solo se consiguen a base de un esfuerzo constante.

Me había dicho un pajarito que iba a un gimnasio local de artes marciales mixtas.

Seguro que iba al dojo seis días a la semana para tener ese aspecto.

Los tatuajes no acababan en sus brazos. Le subían por los hombros y le bajaban por el pecho, cubriéndole los pectorales.

Bajo la tenue luz de su dormitorio, el contraste entre la tinta oscura y su piel pálida era muy llamativo y, al ser tan blanco, resultaba imposible pasar por alto las cicatrices.

En la parte inferior derecha destacaba la reveladora marca de una herida de bala.

Aunque la tapaban los tatuajes, vi una hendidura similar en su pectoral derecho que podría ser otra.

Tenía una línea oscura a lo largo de las costillas izquierdas; el tipo de herida cortante que haría un cuchillo.

Todavía estaba rosada y no acaba de tener buen aspecto, como si no hiciera mucho que se le hubieran caído los puntos.

Tenía varias cicatrices más en el torso, cada una de un color diferente según su antigüedad.

Los Reyes de Kearny no eran precisamente un grupo pacífico y, debido a la cercanía con otras bandas y clubes de moteros, la violencia estaba siempre a la orden del día.

Era imposible saber si Jakob se había hecho la mayoría de esas cicatrices durante su estancia en el Ejército o después de licenciarse.

Yo no iba a preguntárselo. Al fin y al cabo, la respuesta a esa pregunta no era importante en ese momento y habría estropeado el ambiente.

En lugar de interrogarlo, me quité la camiseta.

Menos mal que esa noche había ido a trabajar con la esperanza de acabar debajo de él.

Me había afeitado antes de salir de casa y había sido muy previsora: me había puesto uno de mis conjuntos de bragas y sujetador más bonitos.

Nina y yo nos habíamos pasado los días libres holgazaneando en la piscina de mi bloque de apartamentos y el encaje rojo resaltaba sobre mi bronceado.

Jakob desvió la mirada desde el sujetador hasta mi abdomen y la posó sobre la cinturilla de mis vaqueros. Alargó la mano y los desabrochó con un hábil movimiento de dedos.

—Dime que llevas un conjunto a juego.

Me estiré debajo de él como un gato.

—Llevo un conjunto a juego.

Soltó un gruñido ronco y me bajó la cremallera.

Normalmente, ese era el momento de la noche en el que paraba a mi posible amante y lo advertía sobre la pierna.

Las lesiones que había sufrido, junto con las cirugías posteriores, me habían dejado unas cicatrices horribles.

Y no solo unos finos cortes rojizos atravesándome la piel, como los peores que Jakob parecía tener.

A mí me faltaban trozos allí donde el metal había seccionado el músculo, tenía patrones de malla permanentes de los injertos de piel que había necesitado y marcas a lo Frankenstein en las zonas unidas con grapas.

No pensé que hiciera falta advertir a Jakob.

Él tenía su propia ristra de lesiones pasadas y, como miembro de los Reyes y compañero veterano, debía de haber visto un buen número de heridas mortales, tanto recientes como curadas.

Aun así, no soportaba la idea de ver su cara de asco al contemplar mi pierna por primera vez, tal como le había ocurrido a uno de mis antiguos rollos de una noche, con quien no llegó a pasar nada.

—Tengo la pierna bastante mal —dije.

Me agarró la parte superior de los vaqueros y tiró de ellos hasta debajo del trasero. Tardó en alzar los ojos hacia los míos, como si no quisiera dejar de mirarme las bragas.

—¿Y?

Solté un fuerte suspiro.

«Y».

Que Dios bendijera a ese hombre por hacer como si le importara un comino.

—Me ha parecido que debía avisarte, por si eras aprensivo —respondí.

Él no dijo nada, tan solo siguió tirando de mis vaqueros hacia abajo hasta que se dio cuenta de que yo aún llevaba puestas las zapatillas.

Solté una blasfemia y empecé a quitármelas con los pies.

En pocos segundos, ambos estábamos desnudos.

Ninguno de los dos había tenido la paciencia de desvestir al otro y saborear lentamente cada centímetro de piel recién descubierta.

La cosa no iba de eso. Así que cada uno se arrancó su propia ropa con gestos rápidos y bruscos.

Se sacó un condón del bolsillo de los vaqueros antes de tirarlos al suelo.

No me ofendió que hubiera previsto la situación ni me sorprendió que tuviera uno tan a mano.

Si yo tuviera el aspecto de Jakob Larson, llevaría siempre los cuatro bolsillos a reventar y además me ataría un paquete de repuesto al tobillo, como una pistola de reserva.

Me apoyé sobre los codos para verlo mejor. Cuando abrió el condón, bajé la mirada para ver cómo se lo ponía. Tenía la polla enorme, como el resto del cuerpo, y tan gruesa que tendríamos que tomarnos las cosas con calma si no fuera porque yo ya estaba empapada.

Jakob tiró el envoltorio a un lado y luego se detuvo, recorriéndome la pierna derecha con la mirada. Levantó un hombro con indiferencia.

—He visto cosas peores.

Bajé la vista hacia el punto de su muslo izquierdo en el que una llamativa hendidura en la carne y unas cicatrices gruesas y fibrosas indicaban que él también había perdido un trocito de músculo.

Se detuvo al advertir mi línea de visión.

—¿Aún quieres follarme?

Exhalé un suspiro entrecortado.

—Sí, por Dios.

—Bien.

Me dio una palmadita en la rodilla izquierda y luego sacudió la cabeza a modo de orden silenciosa para que me pusiera de lado.

Aquello podría haberme molestado si no me hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo.

Quería tomarme por detrás para que yo me apoyara sobre el costado derecho, porque en esa posición tendría que mover menos mi pierna dolorida.

Genial. Justo cuando ya me había convencido de que aquello iba a ser cosa de una sola noche, va Jakob y se pone en plan encantador.

Me coloqué de lado y el colchón se hundió detrás de mí.

Cuando eché un vistazo por encima del hombro, casi me quedo sin aliento.

La imagen de Jakob acercándose a mí sigilosamente sobre la cama era algo que nunca jamás iba a olvidar.

Movía su colosal y musculoso cuerpo de una forma poco menos que inhumana, con una elegancia casi perezosa y una potencia lánguida marcada por unos tendones rígidos.

En cierto modo, estar con él en la vida real era mejor que los cientos de fantasías que había tenido de nosotros dos juntos, y eso que de momento no habíamos hecho más que besarnos.

A la expectativa, mis músculos profundos se tensaron mientras se deslizaba detrás de mí. Me agarró del hombro y me giró un poco, lo suficiente para sellarme la boca con los labios.

«Eres mía», decía su beso.

Me entregué a él en cuerpo y alma. Tal vez solo fuera por una noche, pero, mientras yo estuviera allí, era suya . Podía tener la parte de mí que quisiera y yo a cambio lo reclamaría a él con mucho gusto.

Volvió a enrollarse mi trenza en la muñeca y me agarró del pelo, sujetándome mientras me deslizaba la polla entre los muslos. Levanté un poco la pierna izquierda para facilitarle el acceso y lo sentí resbalando por la humedad. Notaba el calor que desprendía su piel incluso a través del condón.

Me preparé para sentir cómo me penetraba desde ese ángulo, pero me sorprendió empujando hacia delante hasta rozarme el clítoris con la punta.

Se me escapó un gemido, que él se bebió mientras seguía dedicándose a mi lengua.

Subió la mano libre por mi costado y aterrizó en mi pecho.

Me lo agarró y abarcó mi copa C antes de aflojar y pasarme los dedos por el pezón.

Moví el culo hacia atrás en respuesta y volvió a rozarme el clítoris con la punta del miembro.

Mientras me acariciaba el pezón y jugueteaba con mi lengua volvió a embestirme, esa vez con más fuerza.

Por la humedad que se acumulaba entre nosotros, sabía que él era consciente de lo que me estaba haciendo sentir, y cuando mis gemidos adquirieron un tono de súplica debió de darse cuenta de que yo quería más.

Dejó de besarme y se rio. El sonido era despótico.

La madre que lo parió. Me lo estaba negando a propósito.

Y lo peor era que eso me ponía como una moto.

Podía tolerar que tomaran el control en la cama si la persona era Jakob. Con otra pareja sexual, o, qué coño, incluso con otro estado de ánimo, tal vez habría sido yo quien dirigiera el cotarro.