Capítulo 4
—¿Perdona? —dije apoyando la cerveza sobre la encimera—. Ni de coña voy a quedarme aquí esta noche. Tengo que ir a casa y darle de comer a mi perro.
Mentira. Yo no tenía perro, pero eso él no lo sabía.
Tan solo era un intento desesperado de escapar.
No podía quedarme ahí con ese hombre. Era un peligro para él.
Era evidente que en su vida estaban pasando cosas muy perturbadoras.
Dudaba mucho que alguien en su situación tuviera en mente el sexo; lo más lógico era que le preocupara su supervivencia.
Yo siempre había sido demasiado directa con ese tema y no confiaba en no acabar haciéndole determinadas proposiciones si me quedaba a dormir en su sofá.
Jakob frunció el ceño.
—Tú no tienes perro.
Me quedé estupefacta.
«Mierda, es un puto polígrafo».
—Eh…, claro que sí.
Se acercó a mí con calma y se detuvo tan cerca que nos tocamos las puntas de los zapatos.
Si intentaba intimidarme, estaba fracasando de un modo espectacular.
Sus anchos hombros ocupaban todo mi campo de visión y tuve que frenar el impulso de tocarle el pecho para comprobar si era tan duro como parecía.
—No es verdad —insistió con voz grave—. Vives en un estudio diminuto, en un edificio que no admite mascotas.
Me obligué a alejarme de él. «Desear a un acosador en potencia no es mentalmente sano, Krista».
—¿Cómo sabes dónde vivo?
—Charley me pidió que te investigara cuando solicitaste el puesto de camarera.
Me lo imaginé rebuscando en el cajón de mi ropa interior. No fue ni la mitad de inquietante de lo que debería.
—¿Y cuándo ibas a decirme que habías estado acosándome?
Me miró con gesto impasible.
—Yo no te he acosado. Investigamos a todos los recién llegados a Kearny, sobre todo a los que van a tener acceso al club.
¿Crees que no ha habido agentes encubiertos que han intentado colarse en el pueblo?
Teníamos que asegurarnos de que no pertenecías a las fuerzas del orden antes de dejarte entrar en nuestro bar.
Sí, vale, tenía sentido.
—Aun así, no pienso quedarme aquí —aseguré.
Cogió su cerveza, pero, en lugar de darle otro trago, dio media vuelta y la tiró por el desagüe de la cocina.
Dejó la botella vacía en el fregadero y se giró hacia mí, cruzándose de brazos.
Los ojos se me fueron hacia sus bíceps, que le tensaban las mangas de la camisa.
Si los flexionaba un poco, podría llegar a romperlas.
«Flexiónalos, joder».
—Daniel cree que estamos follando —apuntó, ajeno a mis sucios pensamientos—. ¿Qué pensaría si te largaras cinco segundos después que él? Se olería algo.
—Entonces, me quedaré lo justo para convencerlo. —Miré a Jakob. Entre su espartano apartamento y la practicidad de su carácter, el sexo con él debía de ser tan bestial como diligente—. ¿Qué te parece media hora?
Bajó la mirada y me dio un buen repaso mientras se le derretía el hielo de los ojos.
—Dos, por lo menos.
Me quedé sin aliento. «Céntrate, Krista, es todo hipotético».
—¿Por qué tenemos que hacer todo esto?
Se le tensó un músculo de la mandíbula.
—No necesitas saberlo.
Por su expresión, supe que nada de lo que le dijera iba a hacerlo hablar.
Ambos habíamos pasado por la escuela SERE: supervivencia, evasión, resistencia y escape.
El Ejército nos había entrenado para soportar interrogatorios y mantener la boca cerrada.
No iba a sacarle nada acerca de por qué se había colado Daniel en su apartamento ni de quién era Mike.
Al menos, no sin cinta americana, unos alicates y una sala insonorizada.
Aquello era cosa del club de moteros. Como yo no lucía sus prendas de cuero, no tenía por qué saber de qué iba. Y seguramente era lo mejor. La respuesta podía hacer mención de las actividades ilegales de los Reyes, y a mí no me apetecía nada ser cómplice de ninguno de sus delitos.
Le di otro trago a la cerveza.
—Bueno, no me imaginaba que la noche fuera a ir así.
—¿Cómo te la imaginabas? —preguntó con una voz algo más áspera.
Parpadeé; me había pillado con la guardia baja.
Daniel ya no estaba ahí. No había que aparentar, pero el rudo personaje de Jakob comenzaba a desvanecerse ante mis ojos, reemplazado por algo mucho más tentador.
Me recorrió lánguidamente con la mirada, deteniéndose en mis pechos y en el contorno de las caderas.
Virgen santa, a ver si él también estaba pensando en sexo.
Noté que me miraba con expresión desafiante cuando volvió a posar los ojos en los míos, como si no esperara que fuera a responderle con sinceridad.
Nunca había rehuido una pelea en mi vida y no iba a empezar en ese momento.
¿Quería saber cómo me había imaginado yo la noche?
Muy bien. No tenía ningún problema en contárselo.
—En el peor de los casos, me iba a la cama sola y cachonda —le solté.
Clavó los ojos en los míos.
—¿Y en el mejor?
Dejé la cerveza y le sonreí con picardía.
—En el mejor de los casos, rompíamos el somier de mi cama.
Antes de que me diera cuenta, estaba con el culo plantado sobre la isla de la cocina. Jakob me había levantado sin el menor esfuerzo. Era de lo más sexy, pero del impacto contraje el gesto: mis cicatrices de guerra no dejaban de recordarme que no podía tener ni un solo momento sin dolor.
Detuvo las manos y las bajó hasta mi cintura. Seguramente había visto cómo me estremecía.
—Es la maldita pierna —dije—. Ignórala. Eso intento yo.
En lugar de besarme, como esperaba que hiciera, se dio la vuelta.
Alargué la mano y lo agarré por la parte de atrás de la camiseta.
—¿Adónde te crees que vas?
La mirada que me echó por encima del hombro fue demoledora.
—A buscarte la aspirina que habías pedido.
Lo solté.
—Permiso concedido.
Se rio entre dientes, con un gruñido sordo y grave que parecía un trueno lejano, y abrió un cajón de la cocina.
Cogí un par de aspirinas del blíster, me las metí en la boca y las bajé con un trago de cerveza.
—¿Sabes? Creo que puedo contar con los dedos de una mano las veces que te he visto reírte.
Se puso entre mis piernas y me plantó las manos en las caderas, acercándose mucho.
Mientras me observaba arrugó el entrecejo y vi en primer plano su cara de «que te jodan».
La táctica intimidatoria se vio ligeramente deslucida por la forma en que le brillaban los ojos, como si en realidad se estuviera divirtiendo.
—¿Y cuándo ibas a decirme que habías estado acosándome? —preguntó, echándome en cara mis propias palabras.
—Ja, ja —respondí tratando de no sonreír—. No va por ahí. Es solo que… me fijo en ti cuando estás en el bar.
—Allí no me río mucho —señaló.
—Así es.
Detrás de aquello había una historia, me daba cuenta, pero ya había aprendido hacía un par de minutos que de él no iba a obtener respuestas que no quisiera darme.
Vale. No las necesitaba. Tampoco es que quisiera conocer toda su vida ni que tuviera pensados nuestros votos matrimoniales.
Ni siquiera quería ser su novia. Tan solo quería desnudarlo y hacer con él cosas terribles e impúdicas a lo largo de un fin de semana maratoniano, y acabar caminando un poco raro durante la semana siguiente.
Extendí la mano y volví a agarrarle la camiseta, esta vez para acercarlo a mí. Él apoyó las manos en la encimera, tensando los bíceps, y detuvo la boca a un centímetro de la mía. Gruñí con frustración e intenté acortar la distancia, pero él se enderezó.
—No querría tocarte sin permiso —dijo.
Lo miré con hastío.
—Acabas de levantarme y ponerme sobre la encimera.
—Me estaba dando tortícolis de tanto mirar hacia abajo —contestó—. Esto es diferente.
Por la sonrisilla que dibujó, me di cuenta de que, al menos en parte, se estaba quedando conmigo, pero el hecho de que recordara lo que le había dicho en el bar y de paso insinuara sutilmente que yo tenía el control sobre cualquier contacto que hubiera entre nosotros me ponía muchísimo.
Si le decía que parara, no tenía ninguna duda de que se apartaría y no volvería a intentar nada conmigo.
El tema era que yo quería que lo intentara todo conmigo.
Centré la atención en sus labios.
—Te doy permiso para tocarme cuanto quieras durante el resto de la noche.
Fue como si hubiera pulsado un interruptor.
Apenas había terminado de pronunciar esas palabras cuando se abalanzó sobre mí.
Me estampó los labios en la boca. Con el choque de pechos mis tetas quedaron aplastadas contra la dura superficie de sus músculos pectorales.
Alcé los brazos, desesperada por agarrarme a algo, y le rodeé el cuello.
Él se inclinó más contra mí, y el culo se me deslizó un poco por la encimera de mármol, alejándome de él.
Por el gruñido que soltó, aquello no fue de su agrado.
Me puso su gigantesca mano en el trasero y me arrastró hacia él con un movimiento que parecía una orden inaudible: «Vuelve aquí, joder».
A pesar de su aspecto de invasor vikingo medio congelado, besaba como si estuviera en llamas. Sus labios eran cálidos y exigentes. La cabeza me daba vueltas mientras intentaba seguirle el ritmo. Aquello no eran preliminares; había empezado directamente follándome con la boca.
Cuando se apartó, estuve a punto de gimotear.
Se quedó ahí parado, con los labios tentándome de cerca y su cálido aliento recorriéndome la piel.
—¿Te dolerá si te cojo en brazos?
Tardé unos segundos en recordar cómo se hablaba.
—Sí, pero caminar me dolería más.
Le enganché los brazos al cuello y los pies a la espalda, y él bajó las manos hasta mi trasero y me levantó de la encimera.
El apartamento se volvió borroso mientras él se giraba para ir hacia el dormitorio.
Aprovechando la posición en la que me encontraba, pegué la nariz a su cuello y respiré su colonia.
Por instinto, separé los labios y le di un mordisquito.
Él lanzó un masculino gemido de aprobación y me atrajo más hacia él, con la polla erecta entre los dos.