Capítulo 3
Jakob encendió las luces antes de adentrarse en el apartamento. Recogí el bolso del suelo y lo seguí unos pasos por detrás.
Los Reyes de Kearny eran unos pendencieros, de esos hombres y mujeres más preocupados por su reputación de macarras que por la estética.
Me había imaginado que la casa de Jakob sería austera: un sofá, un colchón en la esquina, ropa sucia esparcida por el suelo, tal vez una mesa de centro con cajas de pizza y latas de cerveza vacías amontonadas encima…
Pero su casa no era austera, sino espartana.
El Ejército nos afecta a todos de formas extrañas.
Si Jakob no era un maniático de la limpieza antes de alistarse, sus años de servicio lo habían convertido en uno.
Tenía un apartamento más grande que el mío, con una cocina abierta a la sala de estar.
Más allá del umbral de una puerta situada a la derecha, vislumbré un cuarto de baño reluciente.
En la misma pared se abría otra puerta. Seguramente un dormitorio.
Los pocos muebles que tenía no eran nuevos ni modernos, pero parecían de buena calidad y estaban impecables.
Sabe Dios lo que revelaría una luz ultravioleta.
La fama de Jakob no se limitaba a su violencia, lo que me hacía suponer que su apartamento estaría pintado del suelo al techo con restos de sus encuentros sexuales.
Lo único que no encajaba era Daniel King.
Sentado en medio del sofá con los brazos extendidos sobre el respaldo, ocupaba todo el espacio que le era humanamente posible.
Si subiera una foto suya a Twitter con el comentario «Mirad cómo se despatarra este», en menos de una hora recibiría diez mil respuestas de mujeres hartas de ese tipo de comportamiento.
Tenía su ropa de motero cubierta de polvo de la carretera.
Había apoyado sus sucias botas sobre la mesita de centro, como si el lugar le perteneciera.
Entre el allanamiento y su lenguaje corporal, el mensaje quedaba claro: «No siento ningún respeto ni por ti ni por tus mierdas».
El tipo rondaba los cuarenta y largos y, joder, no podía conservarse mejor.
Tenía el pelo negro azabache y bastante largo como para que se notara que lo tenía un poco rizado.
Su rostro parecía sacado de un cartel de SE BUSCA .
Una barba de tres días le cubría la poderosa mandíbula.
Cuando clavó sus oscuros y penetrantes ojos en mí, casi me estremecí.
Al ver la mueca sarcástica de sus labios me sentí como si acabaran de contarle un chiste verde sobre mí y ahora él me estuviera imaginando desnuda.
Se había hecho con una de las cervezas de Jakob y, mientras entrábamos, se la llevó a los labios y le dio un buen trago, observándonos por encima del borde.
Su expresión me recordaba a la de esos gatos de YouTube que tiran un vaso de la mesa sin otra razón aparente que la de ser unos capullos y luego miran al dueño como diciendo: «¿Qué coño vas a hacer al respecto? ».
Me acerqué a Jakob y guardé la pistola en el bolso.
—«No hablo militar» —repitió Daniel con una media sonrisa—. Qué graciosa.
Me esforcé por sonreírle.
—Gracias.
Como si fuera algo cotidiano que el líder de tu banda entrara en tu apartamento sin avisar, Jakob colgó las llaves junto a la puerta y se quitó la chupa.
La camiseta oscura que llevaba debajo se le ceñía a los músculos de una forma que me habría hecho babear si no fuera porque teníamos público.
Tenía los brazos totalmente cubiertos de tatuajes.
Me los quedé mirando unos instantes. A algunas personas muy tatuadas se les nota que no han pensado los diseños de antemano y más bien los han ido añadiendo de forma gradual.
El resultado puede ser una estridente mezcla de estilos y patrones.
Jakob debía de haber diseñado sus tatuajes con esmero.
Todos incorporaban de algún modo la temática militar y cada uno fluía tan sutilmente hacia el siguiente que parecían una sola obra maestra de tinta cohesionada.
Debió de tardar años en completarla y, a juzgar por la calidad, seguro que le costó casi tanto como su moto.
Se detuvo junto a la nevera y se volvió hacia Daniel.
—¿Quieres otra cerveza?
—Sí —respondió el otro.
Jakob desvió la mirada hacia mí. Suavizó la voz y la bajó varios tonos hasta alcanzar una sonoridad grave y bronca.
—¿Quieres una cerveza, cariño? —dijo.
Me lo quedé mirando, tiesa como un cirio. «¿Cariño?».
En sus ojos centelleó una advertencia tácita y decidí seguirle el rollo, como había hecho con el resto de las locuras de la noche.
—Claro.
Circulen, que aquí no pasa nada. Somos solo tres adultos racionales manteniendo una conversación de lo más normal después de que uno de ellos irrumpiera en el apartamento de otro sin aparente explicación.
Agarré la cerveza que me ofrecía Jakob y le quité el tapón, contenta de tener algo que hacer con las manos.
Eso reducía la tentación de volver a coger mi pistola.
La situación no podía ser más insólita. ¿Por qué había forzado Daniel la puerta de Jakob?
¿Y por qué Jakob no le pedía explicaciones?
Había tanta tensión entre los dos hombres que sentí como si estuviera a punto de quedar atrapada en la corriente y ser arrastrada con ellos al mar.
De repente, la paranoia de Jakob en el aparcamiento me pareció mucho más lógica.
—¿Cómo ha ido el turno, Krista? —preguntó Daniel.
Cuando pronunció mi nombre, me atravesó un escalofrío de temor.
—Bien, señor King.
—¿Ningún problema?
—Ninguno.
Asintió con la cabeza, como si infiriera que todo estaba en orden en su reino.
Le di un buen trago a mi cerveza. Ese hombre no había usado mi nombre por casualidad.
Me puso de los nervios, porque yo nunca había hablado con él y no creía siquiera que supiera de mi existencia.
Cada vez que venía al Charley’s, se sentaba en una mesa resguardada especial que había al fondo, siempre reservada para él.
El tío era demasiado importante como para ir a buscar sus bebidas a la barra. Sus lacayos se las llevaban.
No era ninguna ingenua; que me hubiera preguntado por mi noche no había sido casual.
Quería hacerme saber que sabía quién era yo.
Por algún motivo, percibí aquello como una amenaza.
¿Por qué? ¿Porque estaba ahí con Jakob? ¿Sería verdad que había una escisión en los Reyes y los causantes eran esos dos hombres?
En ese caso, sin querer, me había posicionado del lado de Jakob.
Los engranajes de mi cerebro comenzaron a girar.
Si la paranoia de Jakob estaba justificada y nos habían estado observando en el aparcamiento, lo más probable era que esa persona le fuera leal a Daniel y le contara lo cerca que habíamos estado.
Seguro que ese era el motivo de que Jakob me hubiera llamado «cariño».
Por eso me había lanzado esa mirada de advertencia: quería que siguiera con el juego que habíamos empezado abajo.
Me había puesto en una situación incómoda.
Aunque el nombre que aparecía en mis nóminas era el de Charley, yo sabía para quién trabajaba realmente.
Si cabreaba a Daniel o si este desconfiaba de mí, me quedaría sin trabajo y de patitas en la calle.
Pero ¿y si estaba interpretando mal la situación?
¿Y si había algo más, alguna otra razón por la que Jakob quisiera mantener aquella treta?
Me apoyé contra la encimera de la cocina y le di otro trago a la cerveza, con la mente trabajando a marchas forzadas.
Jakob sacó dos cervezas más de la nevera y se dirigió hacia el líder de su banda.
Le dio una y los dos brindaron con las botellas.
Luego volvió hacia mí y se apoyó a mi lado, tan cerca que nos tocábamos la cadera.
Le dio un trago a su cerveza y, con total naturalidad, me pasó un pesado brazo sobre los hombros, como si fuera algo que hiciera todo el tiempo, como si yo fuera suya o algo así, y, aunque una parte de mí quería liberarse de ese abrazo, me quedé donde estaba.
Puede que no conociera muy bien a Jakob, pero lo creí cuando dijo que no iba a hacerme daño. A Daniel, por el contrario, no lo conocía en absoluto y, si me hubiera dicho lo mismo, nunca lo habría creído.
Supongo que por eso era del equipo Jakob.
Puse cara de tonta y le sonreí como una mujer en plena fase de enchochamiento.
Él bajó la vista y, al encontrarse con mis ojos, su cara de «que te jodan» se transformó en algo tipo «voy a follarte hasta que grites mi nombre».
Estaba tan cerca que era imposible que no se hubiera dado cuenta de que me había estremecido.
Con la mirada aún fija en la mía, levantó la cerveza y le dio un trago.
No debería haberme excitado tanto esa imagen —trabajaba en un bar lleno de moteros que, noche tras noche, repetían ese mismo gesto hasta la saciedad—, pero, cuando Jakob apartó la botella y se limpió el labio inferior con el pulgar, desvié la vista hacia abajo y la clavé en ese movimiento.
Contrajo los labios tan solo una vez y en sus ojos capté un destello de algo parecido al regocijo antes de que pestañeara…
, y luego me encontré mirando a un hombre con menos expresión que un bloque de hielo.
Como si no acabara de encenderme la sangre, apartó la mirada y se volvió hacia el hombre del sofá.
—¿Qué pasa? —dijo.
Mierda, durante un segundo me había olvidado por completo de Daniel.
Sacudí la cabeza para despejarme y bebí un poco más de cerveza. «Esto me pasa por estar tan cerca de la viva imagen de la tentación».
—Lo de Mike no ha salido bien —dijo Daniel.
—¿Qué Mike? —preguntó Jakob.
—Mike Kaschak —respondió aquel echándole un vistazo al apartamento—. Pensé que podría estar aquí.
Jakob mantuvo una expresión neutra, pero cuando tensó el brazo a mi alrededor me di cuenta de que aquellas palabras le habían afectado más de lo que dejaba entrever. Mi sentido arácnido se activó. ¿Ese era el motivo por el que Daniel había cometido un pequeño allanamiento de morada?
—No lo he visto —sentenció Jakob.
Daniel se acabó su primera cerveza y empezó con la segunda.
—¿Me lo dirás si lo ves?
—Por supuesto.
Daniel frunció los labios en una sonrisa irregular.
La blancura de sus dientes contrastaba con su tez bronceada.
El cabrón era atractivo, pero no me hacían falta cinco minutos para saber si me iría a la cama con él.
Con Jakob, mi cavernícola interior había sopesado si era seguro tener un rollo de una noche y había decidido que valía la pena arriesgarse.
Daniel, por su parte, la devolvió gritando a la cueva.
Nos miró a Jakob y a mí.
—Así que estáis juntos.
—Estamos juntos —repitió Jakob.
Moteros, qué gente tan locuaz.
—Debe de ser reciente —aventuró Daniel—. No había oído nada al respecto.
Jakob se encogió de hombros.
—Krista es reservada.
Lo que implicaba que lo nuestro no era nuevo y que queríamos mantenerlo en secreto.
Y él se lo acababa de contar al hombre más poderoso del pueblo.
Si tenía algo claro sobre la gente con poder es que disfrutaban ejerciéndolo sobre el resto.
Por eso no se les daba bien guardar secretos, porque, en su necesidad de quedar por encima de los demás, a menudo usaban a las personas que consideraban inferiores como trampolín.
Ya me estaba imaginando a Daniel contándoselo a sus esbirros solo para presumir de que él, el rey de reyes, se había enterado de lo nuestro, mientras que ellos no tenían ni idea.
Me daba la sensación de que, por desgracia, al día siguiente a esas horas Jakob y yo seríamos la comidilla de todo Kearny.
La sonrisa de Daniel se volvió más pronunciada, como si fuera un tiburón que hubiera olido sangre en el agua. Posó sus ojos oscuros en los míos.
—Estaría bien que vinieras a cenar. A Eva le encantaría que le echaran una mano en la cocina.
Eva era su esposa, una mujer alta y despampanante de ascendencia armenia y mexicana a la que solo había visto de refilón entre la gente.
Estuve tentada de decirle que no sabía cocinar, aunque la verdad es que soy un as de los fogones.
Ese tipo de comentarios fuera de lugar siempre me tocaban las narices; era muy típico de hombres como él suponer que había ciertas «tareas femeninas».
El mensaje subliminal era este: ven a mi casa y hazme la cena mientras yo me quedo sentado sin hacer nada, porque tengo pene.
«No seas idiota», me dije a mí misma. Necesitaba estar a buenas con ese hombre si quería conservar mi trabajo y, aunque al hacerlo moría un poco por dentro, le sonreí.
—Me encantaría.
No me di cuenta de que Jakob había vuelto a tensar el brazo que tenía sobre mí hasta que volvió a relajarlo.
Daniel miró a su matón.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
Levanté la vista. Jakob había recibido el puñetazo de Rob en la mejilla izquierda y, aunque se había puesto hielo, parecía más hinchada que antes y empezaba a adquirir un tono púrpura de aspecto enfermizo.
—Micky y Rob han vuelto a las andadas —explicó Jakob.
Daniel soltó un taco.
—¿Han destrozado el local?
Él negó con la cabeza.
—Se separaron antes de llegar a las manos.
Su cara evidenciaba lo contrario.
—Bien —dijo Daniel levantándose de su trono. Se terminó la cerveza y la dejó encima de la mesita—. Os dejo solos, tortolitos.
Me guiñó un ojo al marcharse y me entraron ganas de vomitar.
Intenté alejarme de Jakob cuando Daniel cerró la puerta tras de sí, pero él me retuvo con el brazo que tenía a mi alrededor y me impidió moverme.
Nos quedamos así varios minutos, con las botas de Daniel resonando de fondo por las escaleras.
Cuando oímos el golpetazo de la puerta del edificio, Jakob retiró el brazo de mi hombro y se alejó de la encimera.
Lo observé mientras se dirigía hacia la entrada, más silencioso de lo que cabría esperar de un hombre de su envergadura.
El marco tenía una brecha, como si Daniel hubiera irrumpido por la fuerza, pero más arriba había una serie de cerrojos que solo podían echarse desde dentro, y esos estaban intactos.
Jakob los cerró y, por si acaso, encajó una silla debajo del pomo.
—Ponte cómoda —dijo volviéndose hacia mí—. Esta noche te quedas aquí.