Capítulo 2 #2
Ladeé la cabeza y le acaricié el cuello con la nariz. Ahí el olor de su colonia era más intenso y embriagador, con notas especiadas y almizcladas y un ligero toque cítrico. Casaba muy bien con el cuero.
—¿Por qué cojeas? —preguntó.
Parpadeé, sorprendida conmigo misma de haber tenido pensamientos obscenos por segunda vez en menos de cinco minutos.
—No te va el parloteo, ¿eh, Jakob?
Noté su aliento acariciándome el cuello cuando me respondió.
—Nunca le he visto la utilidad. No es más que hablar por hablar hasta que alguien diga algo importante.
Joder, visto así…
—Mi pierna derecha es básicamente biónica —dije—. Prótesis de cadera, clavos para sujetarme la rodilla, implantes de acero en la espinilla y el fémur…, supongo que te haces una idea. Me retiraron con una baja médica.
—¿Herida de combate? —preguntó.
Asentí; sabía que notaría mi respuesta debido a nuestra proximidad.
Ahora venía cuando se echaba hacia atrás y me miraba con lástima.
Me había pasado con otros soldados y sabía que ya no me veían a mí, sino a otras personas con las que habían prestado servicio, y que sentían esa terrible culpa del superviviente por haber salido indemnes de un infierno cuando muchos otros no habían corrido la misma suerte.
Jakob no se echó hacia atrás ni me miró con lástima. Me puso delicadamente una mano sobre la cadera lesionada y se inclinó hacia mí.
—¿Qué sucedió?
Por algún motivo, gracias a nuestra intimidad forzada hablar de ello fue más sencillo de lo habitual.
Quizá porque, con su nariz hundida en mi pelo, no tenía que mirarlo al hablar, o a lo mejor porque no había reaccionado como yo esperaba o, tal vez, por el simple hecho de que era un acechador nocturno y sabía que había visto cosas peores que yo y entendía lo que estaba a punto de contarle.
—Nos ametrallaron durante el asedio de Kolomyia —le dije.
—¿Ucrania? —preguntó con una voz tan grave que tenía algo de gruñido.
Asentí de nuevo, recordando la breve pero sangrienta guerra en la sombra que Estados Unidos libró contra Rusia después de que esta reclamara la península de Crimea e intentara arrastrar al resto de Ucrania de vuelta al redil de la nueva URSS.
—El tren de aterrizaje resultó dañado durante el combate —proseguí—.
Nuestro piloto se vio obligado a hacer un aterrizaje de emergencia en un camino de tierra a las afueras de la ciudad.
El cuarto motor chocó contra el suelo. La carcasa se resquebrajó y las líneas de aceite se rompieron, derramando queroseno por todas partes.
Algo debió de provocar una chispa, porque el ala derecha se incendió.
—Eso no explica lo de tu pierna. —Prácticamente me susurró al oído.
Respiré hondo.
—Nuestra equipación se soltó durante el choque y me atrapó la pierna cuando intentaba saltar. Tuvieron que intervenir cuatro miembros de la tripulación para liberarme. Casi mueren quemados.
—¿Y el piloto? —preguntó.
—No era un camino plano —respondí—. El morro cedió tras el impacto. Quedó aplastado.
Me ceñí a los hechos. Directos, sin florituras, clínicos.
Era la historia estándar. Si no le daba muchas vueltas, a veces todo quedaba ahí.
A veces no veía el suelo acercándose a toda velocidad a través de las puertas abiertas de la bodega.
No sentía la mano de la tripulante más joven apretándome con todas sus fuerzas.
Me olvidaba de lo asustada que estaba cuando la violencia del primer impacto nos separó.
No oía el chirrido del metal sobre la tierra y las rocas ni el gemido desgarrador del acero al doblarse bajo una presión inmensa que no estaba diseñado para soportar.
No sentía mi cuerpo destrozado bajo un peso imposible.
No oía a mis compañeros gritar sobre mí mientras perdía y recuperaba el conocimiento.
No sentía el insoportable calor de las llamas que tenía al lado ni el pavor a que me dejaran atrás y me quemara viva.
—Recuerdo ese accidente —afirmó Jakob—. Yo estaba a unos ochenta kilómetros.
Una oleada de sorpresa puso fin repentinamente a las lágrimas que amenazaban con brotar. ¿Él había estado allí? ¿Y tan cerca como para haber visto nuestro avión si hubiera mirado hacia arriba en el momento preciso?
Era extraño pensar que ese hombre había estado en el mismo lugar que yo durante el peor día de mi vida, pero de alguna manera eso me hizo sentir aún más cerca de él. Nuestra intimidad perdió su matiz forzado y se convirtió en algo mucho más peligroso.
No le pregunté dónde había estado exactamente ni qué hacía a las afueras de Kolomyia. Las respuestas podrían ser clasificadas, lo que significaba que, si me lo contaba, ambos podríamos ir a la cárcel, y no me entusiasmaba la idea de pasar el resto de mis días en Leavenworth.
Volvió a apretarme la cadera, con mucha suavidad, y dio un paso atrás.
—Siento lo que te pasó.
La cabeza me daba vueltas. Quizá no fuera un alfa de mierda, después de todo. Quizá la imbécil fuera yo por juzgarlo a la primera de cambio.
—Gracias.
—¿Lista para subir?
Dije que sí con la cabeza, aún tratando de recomponerme.
Me condujo hasta la entrada posterior de un pequeño edificio de piedra rojiza. Estábamos en una zona antigua del centro del pueblo donde los bloques formaban una hilera de casas y aún no había llegado la gentrificación.
—¿Cuántos tramos de escaleras hay? —pregunté.
Me abrió la puerta y me cedió el paso.
—Dos.
Miré el primero y suspiré. Podía bajar escaleras sin problema, pero subirlas a veces me costaba mucho, como en ese momento, que ya estaba cansada y el dolor me punzaba la pierna.
Jakob se quedó detrás de mí, dejándome tomar la delantera y marcar el ritmo.
Puse el pie izquierdo en el primer escalón, respiré hondo y comencé a subir.
Mi cadera protestó. La parte inferior de la pierna me dolía como si la tuviera increíblemente inflamada.
Parecía como si los huesos de la rodilla se me estuvieran pulverizando contra el metal que los mantenía en su sitio.
Apreté los dientes y seguí adelante, impulsándome con una mano en la barandilla.
Tras un tiempo que me pareció una pequeña eternidad, alcanzamos el último rellano. Me detuve frente a la puerta de Jakob y traté de recuperar el aliento. Más le valía que hubiera un sofá cómodo de cojones al otro lado.
—Por favor, dime que tienes aspirinas —dije.
Jakob se deslizó junto a mí y metió la llave en la cerradura. O al menos lo intentó. Ante la ligera presión de su mano, la puerta se abrió con un chirrido. Bajé la vista y observé signos, ahora evidentes, de que habían forzado la entrada.
Jakob también los vio. Se apartó rápidamente y se sacó una pistola de la chupa.
Yo cogí la mía al mismo tiempo y dejé caer el bolso a mi lado.
Debido a nuestro entrenamiento militar, los dos sujetábamos el arma de un modo idéntico: con la boca apuntando hacia el suelo, la mano derecha alrededor de la empuñadura, la izquierda ahuecada debajo y el dedo índice extendido a lo largo del cañón.
Cruzamos la mirada. Él soltó la mano izquierda y me hizo unos gestos extraños.
—No hablo militar —le susurré.
Me lanzó una mirada indescifrable y se agachó, listo para tomar la delantera. Cuando la gente sostiene un arma, suele apuntar a la altura del pecho. Si Jakob se ponía en cuclillas, tenía más probabilidades de pillar desprevenido a quienquiera que estuviera dentro.
El problema era que las luces no estaban encendidas. La oscuridad irradiaba desde las entrañas del apartamento como una bestia aguardando para morder.
Le indiqué a Jakob que esperara un segundo y saqué el teléfono del bolso.
Con los dedos temblorosos, pulsé el botón de la linterna, apreté los dientes para soportar el dolor que me producía agacharme y deslicé el teléfono hacia dentro, por el suelo.
Dio unas vueltas encima del parquet, iluminando la estancia como una bola de discoteca.
Jakob esperó medio segundo y dobló la esquina en cuclillas, apuntando con el arma.
Al ver que no disparaba de inmediato ni volvía al pasillo, supuse que no había nadie dentro.
Se irguió.
—Despejado.
Lancé un suspiro entrecortado y bajé el arma.
—Hola, Daniel —saludó Jakob.
«Espera. ¿Qué?».
Me asomé por el marco de la puerta. Cuando los ojos se me acostumbraron a la tenue luz del teléfono, Daniel King se materializó frente a mí.
El cabronazo más mezquino de Kearny estaba sentado en medio del apartamento, en el sofá con el que yo había fantaseado recientemente.
No se veía a nadie más, así que supuse que había sido él quien había forzado la puerta.
¿Qué narices estaba pasando?