Los reyes de Kearny Capítulo 2
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Capítulo 2

El resto del turno se quedó en un recuerdo borroso.

Serví cervezas, preparé combinados, espanté a los que me tiraban los trastos y luché por mantenerme centrada mientras mis pensamientos daban vueltas como el agua que se escurre por el desagüe.

¿Por qué me había preguntado Jakob a qué hora salía de trabajar?

¿Era una forma sutil de decirme que no quería responderme en un bar abarrotado? ¿Se suponía que debía esperarlo?

Miré el reloj. Habíamos cerrado a las dos de la mañana, pero había tenido que acabar mis tareas nocturnas antes siquiera de pensar en irme. Ya eran casi las tres. La faena estaba hecha y acababa de enseñarle a Nina cuatro formas diferentes de soltarse si la agarraban por la muñeca.

Eché un vistazo por la ventana delantera.

En el aparcamiento no había ni rastro de la moto de Jakob.

Mis compañeros se iban marchando uno a uno por la puerta de atrás y yo no estaba dispuesta a quedarme sola esperándolo.

El bar no estaba en la mejor zona del pueblo y, a pesar de mis años de entrenamiento en el combate cuerpo a cuerpo, no me emocionaba la idea de poner en práctica mis habilidades contra un motorista borracho que seguramente llevara un cuchillo o una pistola.

—¿Vienes, Krista? —preguntó Chiquitín.

—Sí —respondí.

Unos minutos más tarde, salí del bar climatizado al sofocante calor de la noche.

Solo estábamos a principios de mayo, pero en el sur de Texas el verano comienza en abril y dura hasta noviembre.

Hacía unas semanas que un intenso calor había tomado el pueblecito de Kearny, envolviéndonos en su cálido abrazo.

El zumbido de los insectos que poblaban los árboles cercanos era ensordecedor.

La humedad pesaba en el aire y mis movimientos parecían lentos y aletargados.

El agotamiento tampoco ayudaba. No había salido ilesa de mi época en el Ejército y mi cuerpo, lleno de cicatrices, se sentía maltrecho y lastimado por llevar tanto tiempo de pie.

Me despedí de mis compañeros y puse rumbo a mi coche con una torpeza vacilante y preartrítica.

Una de las razones por las que la nana y yo decidimos establecernos en este pueblo, aparte de por la supuesta excelencia de la residencia de ancianos, fue la cercanía del hospital militar.

Tenía una cita allí con mi fisioterapeuta en unos días y no veía la hora de ir.

Me metí en el coche, bloqueé las puertas y me dirigí a casa.

El horario de visitas de la residencia era de diez a cinco.

Después de lo que había dicho Jakob, quería estar allí en cuanto abrieran las puertas, lo que significaba que con suerte dormiría unas cinco horas.

Al menos nunca había tenido problemas para conciliar el sueño.

Como es bien sabido, los veteranos de guerra son capaces de planchar la oreja en cualquier sitio, y yo no era ninguna excepción.

Me detuve en un semáforo en rojo a dos manzanas del bar.

El estruendo de un motor cercano rugió en la noche como un león reclamando su presa.

Pocos segundos después, una moto se paró a mi lado.

Era tan ruidosa como una Harley, pero, cuando le eché un vistazo, vi que llevaba la palabra VICTORY estampada en el lateral del depósito de gasolina.

El conductor llevaba un casco abierto y gafas protectoras, pero solo por la barba ya sabía que era Jakob.

Me miró y luego sacudió la cabeza hacia la izquierda, indicándome claramente que lo siguiera.

Pues vale.

El semáforo cambió a verde. No había nadie más en la calzada, así que puse el intermitente y giré, conduciendo tras la moto de Jakob hacia una calle lateral.

No era idiota. Sí, me sentía atraída por el cuerpo de Jakob y su magnética energía sexual, pero en realidad no sabía nada de él. Podría ser un completo psicópata.

Aguanté el volante con una mano y con la otra abrí la consola central.

Dentro llevaba una 9 milímetros que había comprado cuando aún estaba en activo.

Como artillera del aire, no me iba la parafernalia de las pistolas más llamativas; prefería un diseño resistente y una reputación sólida.

Esa marca no era muy popular, pero tenía unas críticas espectaculares.

La gente de Guns otra la habían congelado en un bloque de hielo que luego habían descongelado bajo un sol abrasador, y una tercera la habían lanzado desde un edificio de diez pisos.

Después de todo aquello, las tres armas dispararon más de mil veces sin fallar.

No era bonita, pero cumplía su función. Me la guardé en el bolso mientras estacionaba detrás de Jakob, en un pequeño aparcamiento residencial.

Él apagó el motor y se quitó las gafas y el casco. Pasó su larga pierna por encima de la moto y avanzó hacia mí con pasos rápidos y firmes.

Mantuve el coche en marcha y con las puertas bloqueadas mientras bajaba la ventanilla.

—Bueno, qué normal todo, ¿no?

Jakob se inclinó hacia delante y apoyó los codos en el marco de la ventanilla. Su olor me penetró en la nariz: cuero, aceite de motor y un toque de colonia intensa. De tan cerca, sus ojos eran increíblemente azules, como si hubiera capturado el cielo ártico en su mirada.

—No quería que nos oyeran en el bar —aclaró—. ¿Puedes parar el motor y venir conmigo? Si nos ven, es mejor que piensen que vamos a follar, no a intercambiar secretos.

Y ahí se fueron mis pensamientos, directos al abismo.

Él interpretó mi sofoco momentáneo como una vacilación.

—No soy ninguna amenaza para ti —aseguró—. Sería como hacerle daño a un familiar.

Sacudí la cabeza para despejar la neblina de lujuria que me obnubilaba la mente. ¿Acababa de decir algo así como que éramos parientes?

—¿Qué?

Se subió la manga derecha de la chupa lo justo para revelar una parte de su fibrado antebrazo.

Las espirales de tinta que había observado antes no eran más que los bordes deshilachados de la estilizada capa de un espectro.

Sobre la siniestra criatura destacaban las palabras L A MUERTE ESPERA EN LA OSCURIDAD escritas en una marcada negrita.

Levanté la vista hacia él.

—¿Eras un acechador nocturno?

Él me sostuvo la mirada y asintió con la cabeza.

Me quedé de piedra. Jakob era de las fuerzas aerotransportadas, igual que yo, solo que él pertenecía a un regimiento de helicópteros del Ejército de operaciones especiales que volaba sobre territorio enemigo de noche, bajo y a gran velocidad.

Durante un tiempo, estuve destinada con una unidad de acechadores nocturnos en Siria.

Eran de los cabrones más locos de operaciones especiales. Y eso era mucho decir.

Por eso no confié en él al instante, pero ya no me preocupaba tener que pegarle un tiro.

Solo el uno por ciento de los estadounidenses sirven a su país.

En cierto modo, eso te convierte en familia; formas parte de ese pequeño porcentaje de la población que se ha unido a otras personas de todo tipo de procedencias y estás dispuesto a luchar y morir para proteger al resto.

El hecho de que ambos fuéramos combatientes aéreos significaba que pertenecíamos a un grupo aún más reducido de individuos.

Era una comunidad muy unida y las noticias volaban.

Si me hacía daño, en el mejor de los casos lo extirparían como a un tumor maligno.

En el peor, alguien podría animarse a hacer un vuelecito y lanzarle un montón de hierro sobre la cabeza.

Mi expresión debió delatarme, porque se enderezó y dio un paso atrás, con las manos caídas a los costados, esperando.

Subí la ventanilla, apagué el coche, cogí el bolso y salí.

Entonces plantó las manos sobre el techo, a ambos lados de mi cabeza, para encerrarme.

Apenas tuve espacio para darme la vuelta después de cerrar la puerta.

Me lo quedé mirando a escasos centímetros.

Una farola cercana proyectaba su tenue luz sobre nosotros, lo que no contribuía a que pareciera menos peligroso.

Las cejas le ensombrecían los ojos, convirtiéndolos en dos pozos azul cerúleo.

De repente, su apodo, el Vikingo, cobró todo el sentido.

Con los laterales de la cabeza rapados, unas manchas de sangre y algunas estilizadas runas pintadas sobre la piel, estaría listo para ir a aterrorizar a alguna aldea inglesa del siglo VI .

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Tenemos que vender la mentira —dijo inclinándose más hacia mí.

Claro. La mentira de que íbamos a follar.

Madre de Dios.

—Vale —contesté recostándome contra la puerta.

Mi aceptación le iluminó los ojos, como si le impresionara que, en lugar de discutir con él, hubiera optado por seguirle el rollo. Si supiera lo dispuesta que estaba a apoyar cualquier cosa que atrajera su enorme cuerpo hacia el mío…

Aun así, no podía evitar preguntarme a qué venía tanto follón.

¿Por qué pensaba que lo estaban vigilando?

¿Era una especie de agente encubierto que se había infiltrado en el club?

Lo observé detenidamente, tomándome mi tiempo.

No parecía poli. De hecho, por lo que sabía de él, estaba encantado haciendo de matón para los Reyes.

¿Tendría aquello que ver con alguna otra cosa?

¿Quizá con una banda rival o con una escisión dentro del club?

Dejé de hacerme preguntas cuando acortó la distancia que nos separaba.

Con mi metro setenta y siete, soy bastante alta, pero aun así tenía que levantar la vista para mirarlo a los ojos.

Me hacía cosquillas en la mejilla con la barba mientras se inclinaba hacia mí.

Cuando me rozó la oreja con los labios, me estremecí.

Llevaba toda la noche deseando tenerlo cerca.

Joder, para ser sincera, soñaba con ese momento desde la primera vez que lo vi y ¿quién sabía cuándo iba a tener otra oportunidad como esa?

«A la mierda».