Capítulo 1 #2
Alargó la mano, pero, en lugar de coger el trapo, me agarró la muñeca a tal velocidad que apenas vi el movimiento.
Contuve la respiración. Tenía la piel cálida y los dedos tan largos que me rodeó la muñeca por completo, sujetándome con firmeza.
Sí, quería que ese hombre me tocara, pero mi deseo entraba en conflicto con el mosqueo que me provocaba el hecho de que me hubiera puesto las manos encima sin preguntarme primero.
—¿Qué coño crees que estás haciendo? —le solté.
Me subió la manga de la camiseta con la otra mano y me rozó la piel con sus dedos callosos, poniéndomela de gallina a su paso. Solo se detuvo cuando descubrió el tatuaje que tengo en la parte superior del brazo. Era un estilizado avión de combate AC-130 volando frente a una calavera.
—¿Eres exmilitar? —preguntó.
—Sí. —Haciendo gala de las habilidades que aprendí en el Ejército, levanté el brazo y se lo retorcí para zafarme de él—. Y, si vuelves a agarrarme de esa forma, los llamo para que me hagan el favor de lanzar un Maverick encima de tu casa.
Elevó sus ojos azul pálido hacia los míos; brillaban como la escarcha bajo las luces del techo.
—Ese es un misil de los gordos.
—Yo no me ando con tonterías —repliqué con tono de advertencia—. ¿Quieres el hielo o no?
Su respuesta fue arrebatármelo.
—¿Fuerza Aérea?
Asentí antes de añadir:
—Artillera del aire.
Me miró como si intentara imaginárselo. Me preparé para recibir un comentario sexista.
—Perdona por agarrarte —dijo en su lugar.
Se me destensaron un poco los hombros.
—No vuelvas a hacerlo.
—No lo haré —respondió mirándome a los ojos.
Por extraño que parezca, lo creí.
Otra de las moteras de mi sector levantó el vaso en el gesto universal de «ponme otra». Me alejé de Jakob para servírsela. Le rocé el hombro a Nina mientras me dirigía hacia el tirador de cerveza.
—Tienes que enseñarme ese movimiento —dijo.
—En cuanto acabemos el turno —le aseguré.
Trabajar rodeada de tipas y tipos duros tenía sus riesgos, así que le había estado enseñando algunas técnicas básicas de defensa personal. Al parecer, la lección de esa noche iba a centrarse en cómo zafarse de alguien.
—Aquí tienes. —Le pasé la cerveza a la mujer que la había pedido—. ¿La pongo en tu cuenta?
—Sí. Gracias, Krista. —Me dejó un dólar en la barra antes de darse la vuelta.
Lo cogí y me fui a la caja registradora.
Como Charley formaba parte de los Reyes, fiaba a sus colegas moteros, que no tenían que pagar hasta final de mes.
A mí esa práctica no me parecía muy inteligente.
Algunos de nuestros clientes acumulaban cuentas astronómicas tras sumar rondas y rondas de chupitos que no podían permitirse, porque no tenían que pagarlas hasta un par de semanas después.
La mayoría pensaba que conseguiría el dinero antes de ese día, algo que ocurría rara vez.
Me preocupaba un poco que en realidad eso fuera lo que quería Charley.
Él era uno de los miembros fundadores de los Reyes, junto con Daniel King, el presidente, cuyo apellido traducido al español daba nombre al club.
Había visto a Daniel pagar las cuentas de sus motoristas cuando ellos no podían cubrirlas, diciéndoles que ya encontrarían la manera de saldarlas.
De ese modo tan inquietante, conseguía que le fueran leales y estuvieran en deuda con él.
Me los imaginaba haciendo toda clase de ilegalidades para devolverle el favor.
—Krista.
Me volví al oír mi nombre.
Jakob apoyó un codo enfundado en cuero sobre la barra, con el hielo que le había dado presionado contra la mejilla.
—¿Me pones una cerveza tostada?
—Claro. —Se la serví y se la dejé delante, esa vez tratando de no acercarme demasiado.
—¿Por qué no has solicitado unirte a los Reyes? —preguntó.
El club de moteros de los Reyes de Kearny solo admitía a miembros con experiencia militar previa.
Todos y cada uno de los hombres y mujeres que vestían su chupa de cuero habían luchado por el país.
En parte, ese era el motivo por el que la Policía local les daba cierto margen y mucha gente del pueblo aguantaba sus gilipolleces.
Jakob no era la primera persona que me hacía esa pregunta, pero sí que era una de las pocas a las que quería respondérsela.
—No vine a Kearny por el club —le conté—. Mi abuela está en una residencia de ancianos del pueblo.
Tenía los ojos clavados en los míos, con su enorme cuerpo inmóvil en el taburete.
La mayoría de la gente se movía nerviosamente cuando se sentaba, pero él no.
Parecía un lobo acechando a un ciervo. Esa era una de las cosas que más me atraían de Jakob.
Cuando te hablaba, sentías que te convertías en todo su mundo.
No podía ni imaginarme lo bien que debía traducirse esa concentración en el sexo.
—¿En Magnolia Hills? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—Avísanos si esa gente os da algún problema —dijo.
Un escalofrío de malestar me atravesó la espalda.
—¿Por qué? ¿Es que ha pasado algo allí?
Él asintió y desvió la mirada a la derecha, alejándola de mí, y juro por Dios que sentí como si la temperatura bajara. Como si el sol hubiera desaparecido tras una nube.
—Eh…, ¿te importaría darme más detalles? —le pregunté.
Él volvió a mirarme y negó con la cabeza.
—¿A qué hora sales?
—Hoy cierro.
Con la cerveza en la mano, se levantó del asiento.
Me puse a parpadear mientras él empezaba a darse la vuelta.
—Tío, en serio, ¿te vas a…?
Sí, tal cual. Sin echar la vista atrás, tiró algo de efectivo sobre la barra y desapareció entre la multitud.
Me tragué el enfado y volví al trabajo. Mi nana era la única persona que me quedaba en el mundo. Bueno, mis padres aún seguían vivos, pero eran unos seres humanos despreciables y, si no volvía a verlos nunca más, lo consideraría una bendición.
La nana era mi abuela paterna. Me acogió la primera vez que arrestaron a mis padres por temas de drogas —a él por posesión y a ella por conducir bajo los efectos de sustancias conmigo en el asiento de atrás— y ya nunca me devolvió.
Tras su primera estancia entre rejas, mis padres se marcharon del pueblo y, desde entonces, solo sabíamos de ellos cuando necesitaban dinero para la fianza o hacían breves intentos de rehabilitación.
No todos los adictos son unos cabrones. Sabía que muchos eran buenas personas con una enfermedad que podía llevarlos a hacer cosas terribles, pero mis padres no entraban en esa categoría.
Ellos estaban podridos por dentro incluso sin las drogas ni el alcohol.
Lo aprendí de primera mano durante una de las intentonas de mi madre por estar sobria.
Me pegó por llorar. No un bofetón ni una cachetada en el culo, sino un puñetazo en el estómago.
Funcionó. Dejé de llorar. Porque no podía respirar.
Tenía cuatro años en aquel momento. La nana no volvió a dejarme sola con ella.
Decir que mi abuela lo era todo para mí sería quedarse muy corta. Y Jakob acababa de decirme que el centro de atención cognitiva en el que me había llevado meses ingresarla quizá ocultaba algo turbio.