Los reyes de Kearny Capítulo 1
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Los reyes de Kearny

Los reyes de Kearny

Por Navessa Allen

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Capítulo 1

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Jakob Larson iba a acabar conmigo.

Bajo la tenue iluminación ámbar del bar, ese hombre era un pecado de más de metro ochenta envuelto en oscuridad.

Las mangas de la chupa de cuero le llegaban hasta las muñecas.

Un par de sinuosos tatuajes reptaban hacia fuera como dos serpientes gemelas, con la tinta negra enroscándose sobre el dorso de las manos.

Giró la cabeza hacia la izquierda y, por encima del cuello de la chaqueta, le asomó otro seductor atisbo de tatuaje.

Observé su amplia espalda como si tuviera rayos X en los ojos, preguntándome cuánta piel llevaría cubierta. Quienquiera que le hubiera inyectado toda esa tinta era un cabronazo con suerte. Inclinarse sobre él horas y horas, con su descomunal cuerpo tumbado debajo…

«Dios, qué calor hace hoy en el bar», pensé mientras me planteaba si sería demasiado evidente que empezara a abanicarme.

Levanté la vista y seguí recreándome en el resto de Jakob.

Tenía el pelo rubio oscuro y lo llevaba muy corto por los lados, pero por arriba lo tenía más largo, así que podías hundir los dedos en él.

La barba le oscurecía la mitad inferior del rostro.

Yo nunca había sido muy fan del vello facial, pero el suyo estaba tan pulcro y minuciosamente recortado que me pregunté si el resto de su cuerpo recibiría las mismas atenciones.

No podía decirse que fuera guapo; sus facciones eran demasiado marcadas. Parecía el hijo bastardo de un despiadado dios nórdico. De pómulos angulosos, labios fruncidos y cejas muy pobladas y siempre ceñudas, tenía lo que a mí me gustaba llamar una cara de «que te jodan».

Aun así, poseía cierto atractivo carnal.

Se movía con la gracia natural de un atleta, como si hubiera llevado su cuerpo al límite, se hubiera dado cuenta de sus capacidades y eso le permitiera usarlo de forma casi sobrenatural en comparación con el resto de nosotros.

Salvo que él no era atleta, sino luchador.

Tenía una marca a media nariz de alguna fractura antigua.

Sus nudillos presentaban las cicatrices de un hombre al que le gustaba golpear cosas con los puños.

Otros motoristas más corpulentos lo evitaban cuando se desplazaban entre la multitud, abriéndose como las aguas ante Moisés.

Incluso allí de pie, inmóvil, proyectaba un aura de algo apenas contenido y medio salvaje.

Leí en alguna parte que, a los cinco minutos de conocer a alguien, las mujeres ya saben si quieren acostarse o no con esa persona.

Con Jakob necesitabas esos cinco minutos para decidir si el riesgo de follártelo valía la pena.

Ni siquiera podía mirarlo sin imaginármelo desnudo, con los bíceps en tensión mientras se cernía sobre mí y me embestía con los abdominales contraídos.

A mí normalmente no me iba todo ese rollo del macho alfa —muchos de los tíos que proyectaban esa aura eran posesivos, unos capullos que rozaban lo abusivo—, pero Jakob parecía ser la excepción a la regla.

Culpé a la mujer de las cavernas que habitaba en mi interior: era la clase de hombre que la hacía enderezarse y prestar atención.

«Él grande. Hacer bebés fuertes. Proteger cueva».

Me sentí un poco mejor al ver que no era la única que lo observaba. En una mesa cercana, había tres mujeres de mi edad que no dejaban de mirarlo de reojo. Y algunas de las que bailaban en la pista le ponían ojitos.

El sonido de una voz enfadada se elevó por encima de la música del bar.

Conseguí despegar la vista de Jakob para ver de dónde venía.

En el rincón más apartado, dos clientes discutían junto a la mesa de billar.

Como el resto de los parroquianos, eran miembros de la banda de moteros local, los Reyes de Kearny.

Ambos eran mayores: un negro de piel oscura y un tipo blanco pelirrojo con un chaleco de cuero que dejaba al descubierto sus tatuajes carcelarios.

Había demasiado ruido y no se oía lo que decían, pero su lenguaje corporal dejaba claro que estaban a punto de llegar a las manos.

Nina, otra de las camareras, además de una buena amiga, vino a mi lado y se puso de puntillas para intentar ver algo.

Con su metro y medio de estatura, no iba a ser posible.

Se inclinó un poco hacia la izquierda, buscando otro ángulo de visión.

Esa noche llevaba suelto su oscuro cabello y, al moverse, le cayó en cascada sobre los hombros.

Igual que yo, vestía toda de negro: era el uniforme estándar del bar y asador Charley’s.

Porque ayudaba a disimular las manchas de sangre, solíamos bromear.

—¿Quién está berreando? —preguntó Nina.

El hecho de que estuviera despampanante incluso con el ceño fruncido daba cuenta de su belleza.

Gracias a su fino sentido del humor, su piel morena clara, unos pómulos por los que yo mataría y unos labios carnosos siempre al borde de la sonrisa, no era de extrañar que fuera la empleada que ganaba más propinas.

Entrelacé los dedos y me agaché.

—Ven, que te impulso y lo ves tú misma.

Cualquier otra persona me habría dicho que me callara o que no era tan graciosa como me creía, pero Nina sonrió y amagó con poner el pie sobre mis manos, dejando en evidencia mi farol.

Solté los dedos y di un paso atrás. Ni de coña iba a tocarle la suela de la zapatilla.

Era más de medianoche y el suelo de la barra estaba pegajoso por el alcohol derramado y cubierto de diminutas esquirlas de vidrio, algunas de las cuales debían de habérsele incrustado en la goma de las deportivas de caña alta.

—Cobarde —dijo ella.

Abrí la boca para lanzarle algún insulto, pero una voz grave retumbó detrás de mí.

—Son Micky y Rob.

Eché un vistazo por encima del hombro y vi a Chiquitín, el tercer camarero del turno de esa noche, mirando absorto hacia la muchedumbre.

Chiquitín era uno de esos apodos irónicos: su tamaño era mastodóntico.

Con sus cerca de dos metros y una espalda como la puerta de un granero, cuando lo necesitábamos también hacía de segurata.

Las luces del techo le brillaban en la calva.

Sus oscuros ojos rezumaban preocupación.

Un ligero rubor le tiñó la piel color aceituna, pero la quietud se había apoderado de sus extremidades.

Parecía un hombre mentalizándose para una pelea.

—¡Oye, tío! ¡¿Me pones otra cerveza?! —le gritó una mujer.

—Sí —respondió él, acercándose a ella sin apartar la mirada del gentío.

Lo bueno que tenía nuestro bar era que Charley, el propietario, también era motero.

Y los Reyes de Kearny cuidaban de los suyos.

Les convenía mantener la paz ahí dentro y, siempre que había bronca, ellos mismos solían reprimirla antes de provocar daños permanentes, ya fuera a los combatientes o al propio bar.

Esa noche no fue diferente. A Micky, el pelirrojo, apenas le dio tiempo a empujar a Rob antes de que tres hombres intervinieran.

Jakob era uno de ellos. Por desgracia para él, Rob ya estaba lanzándole un puñetazo a Micky y lo pilló en medio.

Hice una mueca de dolor cuando encajó el golpe.

A mí me habría dejado fuera de combate, pero a Jakob solo le volvió la cabeza a un lado.

La muchedumbre se quedó inmóvil, tensa ante la amenaza de más violencia.

La cara de «que te jodan» de Jakob adquirió un matiz asesino. Escupió un lapo de sangre y miró a Rob. El bar se había quedado tan callado que pude oír lo que le decía desde el otro extremo.

—Esta te la perdono.

Rob le sacaba a Jakob más de veinte kilos y unos cuantos centímetros, pero retrocedió al instante.

—Mierda. Lo siento, tío —se disculpó; llevaba las manos en alto, como si Jakob le estuviera apuntando con una pistola.

—¿Ya habéis acabado? —preguntó este mirando a Rob y a Micky.

Los dos hombres asintieron e hicieron como que continuaban con la partida de billar. En cuanto Jakob se dio la vuelta, todos soltamos el aire que habíamos estado reteniendo.

Nina me dio un codazo.

—El Vikingo ataca de nuevo.

—¿Por qué la gente le tiene tanto miedo? —pregunté.

Un tipo que estaba cerca le hizo un gesto para indicarle que quería una ronda de chupitos.

—Enseguida, Bill —dijo ella cogiendo unos vasos para él y sus colegas. Me echó una mirada incrédula mientras servía los whiskies—. A veces aún se me olvida que eres nueva.

Fruncí el ceño.

—¿Después de tres meses?

Soltó una carcajada grave y gutural. Varios clientes se volvieron para mirarla. No me extrañaba. Yo era básicamente heterosexual, pero, cada vez que se reía así, se me estremecía un poco la conciencia.

—Cariño, en este pueblo a los tres años seguirías siendo nueva —respondió. Terminó de servir los chupitos y se los dio a Bill con una sonrisa deslumbrante—. Gracias por la paciencia, corazón.

Al motero viejo y canoso se le subieron los colores.

—No hay problema, Nina. —Le dio una propina de diez dólares por las molestias y me pregunté si quizá yo debería sonreír más.

—¿Me puedes dar un poco de hielo? —preguntaron detrás de mí.

Al girarme vi a Jakob acomodando su enorme figura en uno de los taburetes vacíos de mi zona.

Tenía la mejilla izquierda roja y estaba empezando a hinchársele.

Su gesto torcido lo hacía parecer aún menos accesible de lo habitual…

, algo nada fácil. Era solo la tercera vez que me hablaba y, cómo no, tenía que estar cabreado.

Hasta ahí mi descabellada idea de tirarle la caña esa noche.

—Claro —dije. Teníamos montones de trapos limpios apilados bajo la barra, en un estante. Cogí uno, lo llené de hielo y até los extremos. Tras apretar bien el nudo, se lo entregué—. Aquí tienes.