Los relatos de David Lovia. 6
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―Hola, Guille...

―Ah, hola, vaya sorpresa, ¿qué haces por aquí?

―¿Te pillo bien? ―me preguntó otra vez vestida de sport, recién salida y duchada del gimnasio, con unas mallas Nike ajustadas, un top blanco marcando escote a lo bestia y una fina chaquetilla negra que llevaba abierta, para lucir bien sus preciosas tetas.

Tragué saliva al verla. Glup. ¡Joder qué buena estaba la cabrona!

―Sí, claro, pasa, pasa, me has pillado de casualidad, porque ya me iba...

―Como esta mañana me has mandado el mensaje, perdona que no te haya podido contestar, es que menuda día de locos he tenido, ya sabes, entre el colegio, salir corriendo a buscar a la peque, médico, el gimnasio...

―Sí, es normal, nos pasa a todos...

―¿Y de qué se trata eso que me has dicho?, yo pensé que ya nos habías dado toda la documentación...

―No, no tiene nada que ver con eso, es solo una tontería, pensé que te haría ilusión tenerlas ―y abrí el cajón de mi escritorio, sacando un sobre―. Toma, son para ti...

Ella me miró extrañada, dejó la bolsa de deporte en el suelo y abrió el sobre, sacando una copia de las dos fotos que había rescatado de mi trastero.

―¡Anda, qué bueno!, ¡no me lo puedo creer!, ¡si estamos todos!, Sandra, Laura, Pedro, Jorge, Carlos, César, Raquel... ―y continuó nombrando a todos, pasando el dedo por la foto―. Y aquí estás tú...

―Y tú a mi lado...

―¡Madre mía!, sí, uffff, vaya pintas llevaba, ¡qué horror!

―Es lo que se llevaba esa época, tampoco estamos tan mal.

―Ja, ja, ja, tú estás igual, pero yo... ―dijo entusiasmada y miró la otra foto en la que estábamos los dos solos―. ¡Qué recuerdos! ―exclamó con nostalgia, esbozando una tímida sonrisa, aunque en esta no se detuvo mucho tiempo.

Guardó las dos fotos en el sobre y me las devolvió.

―Muchas gracias, me ha gustado mucho verlas...

―No, son para ti, hice unas copias, no sé, pensé que te gustaría tenerlas.

―¿Ah, sí?, pues gracias, claro que me gustaría tenerlas, lo único... ―se quedó titubeando―, que no las puede ver mi marido, se sorprendería si ahora descubre que ya nos conocíamos de jóvenes, ¿no?

―Sí, sería un poco raro si no le has comentado nada, aunque reconozco que yo estoy igual, tampoco se lo he dicho a mi mujer y ahora ya no tiene sentido después de que llevamos medio curso. ¡Vaya dos estamos hechos!

―Sí, sí..., pues nada, si ya te ibas, no te molesto más.

―Tú nunca molestas, Judith.

―Gracias, oye, no sé si te viene muy bien, pero después del día de locos que he tenido y para agradecerte lo de las fotos, ¿te apetecería tomar una rápida? ―me preguntó mirando su reloj.

―Eh, sí, vale ―contesté sorprendido―. ¿Vamos donde el otro día?

―Perfecto.

Fuimos caminando hasta la misma cafetería, nos pedimos un par de cañas en la barra de abajo y subimos a la planta alta. Apenas había un par de parejas y Judith volvió a sacar las fotos.

―¡Me ha hecho mucha ilusión!

―Ya, ya lo he visto.

―¡Uf, qué tranquilidad! ―y soltó un resoplido, relajando el cuerpo en la silla después de dar un trago a su caña.

―¿Día intenso?

―Ni te imaginas...

―Entre los preparativos de los carnavales con los otros profesores y el AMPA, salgo del trabajo y corriendo a buscar a la niña al colegio, corriendo a llevarla al médico, luego a piano, tenía cita con el dermatólogo, otra vez corriendo a casa con el tiempo justo para coger la bolsa y al gym...

me he sentado ahora desde que me he levantado a las seis...

―Sí, vaya día has tenido.

―Estoy deseando que llegue el finde para no hacer nada, bueno, nada, recoger y limpiar la casa, lavadoras, lo típico...

―Te has convertido en toda una madraza ―dije cogiendo la foto―. ¿Quién te lo iba a decir aquí?

―Sí...

―¿Alguna vez has pensado que hubiera pasado si tu madre no se hubiera mudado?, ¿crees que seguiríamos juntos?

―Ja, ja, ja, ¡vaya pregunta!, no lo sé, posiblemente no.

―Anda, ¿y por qué no?, Sandra y Jorge y Laura y Carlos siguen juntos ―afirmé señalando la foto.

―Sí, es verdad, ¿quién sabe?

―Hacíamos muy buena pareja, creo que no discutimos ni una vez...

―No teníamos tiempo para eso ―me soltó subiendo las dos cejas y luego agachó la cabeza, ruborizándose por lo que acababa de decir.

―Eso también es cierto, sí, lo pasábamos bien...

―Estabas muy loco ―sonrió y casi en un gesto instintivo negó con la cabeza y se mordió los labios―, se te ocurría cada cosa...

―Había que improvisar, no nos quedaba más remedio, te recuerdo que aquí también... ―dije apuntando con el dedo hacia los baños.

―Ya, ya... ―y se pasó el pelo por detrás de la oreja, dando otro trago a su cerveza.

Ese gesto lo seguía manteniendo de su época universitaria. Siempre lo hacía cuando se ruborizaba, y agachó la mirada, mientras sus mejillas se encendían. Casualmente las dos parejas que había en el bar se fueron casi a la vez, y de repente nos quedamos solos.

Se hizo un silencio incómodo entre los dos y Judith miró el reloj.

―Queda un ratito para que cierren... ―la informé yo.

―Sí, bueno, casi mejor si ya nos vamos... ―se excusó apurando la caña.

―Pues muchas gracias por la invitación.

―Te debía una y gracias de nuevo por esto...

―Escóndelas bien, eh ―le advertí.

―Sí, sí...

―Será nuestro pequeño secreto...

―Voy a ir un momentito al baño ―y en cuanto escuché esas palabras, mi corazón se disparó a mil pulsaciones, aunque rápidamente, Judith frenó mi euforia―. ¿Me cuidas la bolsa?

―Sí, claro...

Pensé que me había soltado una indirecta, pero simplemente es que necesitaba entrar en el servicio.

Yo me quedé observando su culo embutido en esas mallas deportivas y la seguí los cinco metros que había hasta el baño y justo al llegar, ella se giró, sorprendiéndome con la vista fija en su trasero y me echó una mirada rápida antes de perderse tras la puerta.

¿Qué había sido eso?

Mi polla saltó como un resorte bajo los pantalones y me limpié las gotitas de sudor que perlaban mi frente.

Yo nunca le había sido infiel a mi mujer y de repente allí tenía a mi exnovia, la profesora de mi hijo, que parecía que se me estaba insinuando.

Pegué un resoplido, dejé la bolsa a buen recaudo escondida en la silla y me levanté decidido hacia el baño.

El corazón se me iba a salir del pecho. En mi fantasía, imaginaba que Judith me estaba esperando allí, pero al entrar no había nadie. ¡Menudo chasco!, dudé qué hacer y justo en ese momento, escuché la cadena. Unos segundos más tarde, Judith salió y me encontró junto al lavabo.

―¿Qué haces aquí? ―me preguntó extrañada.

―Eh, nada ―contesté tratando de disimular.

“Es que he venido a follarte”, creo que sonaba demasiado fuerte. ¿No?

―¿Y la bolsa?

―La he dejado ahí en la silla, tranquila, que no hay nadie...

―Tengo las llaves de casa y la cartera... ―y abrió ligeramente la puerta, comprobando que seguía sobre la silla.

―Espera, Judith ―le pedí agarrando su brazo.

―¿Qué...?

Y sin titubear y con los nervios disparados, me lancé a su boca y le solté un pico rápido.

―¡¿Qué haces, Guille?! ―me preguntó enfadada, poniéndome la mano en el pecho para poner distancia conmigo.

―Lo... lo siento, yo pensé que...

―¿Que pensaste el qué...?, que venía al baño para..., por favor, Guille.

―Lo siento, perdona, se me ha ido la cabeza...

―No pasa nada, creo que es mejor que nos vayamos ―dijo abriendo la puerta y avanzó deprisa hasta su bolsa.

―Sí, claro.

―Muchas gracias por todo, lo he pasado muy bien ―y casi sin despedirse, bajó a toda velocidad por las escaleras y me dejó allí plantado.

Me dejé caer derrotado en la silla y me puse las manos en la cara. ¡Joder, qué vergüenza! ¿Qué cojones acababa de hacer?

Y sobre todo, ¿qué me esperaba que hubiera hecho ella?

¿Que Judith me devolvería el beso y enrollarnos hasta terminar follando en los baños como dos adolescentes?

Con las prisas ni tan siquiera se había llevado el sobre con las dos fotos y yo regresé a mi despacho y lo dejé a buen recaudo en el mismo cajón del que habían salido. Regresé a casa hundido, echo polvo, me encontraba tan fastidiado que hasta mi mujer me preguntó si estaba bien.

―Ha sido un día muy duro en trabajo, no te preocupes, mañana estaré mejor ―la mentí.

Pero al día siguiente todavía no me había recuperado y lo peor es que en apenas un par de días era la fiesta de carnaval del colegio y yo me ofrecí para colaborar con los profesores y el AMPA, así que de nuevo tenía que ver a Judith.