7
Se me hicieron muy largos esos dos días pensando en Judith, en la metedura de pata que había cometido, aunque sabía que ella no iba a decir nada a nadie.
Tampoco podía. Le iba a ser muy difícil explicar qué hacía a las nueve de la noche de cañas con un padre del colegio y todavía se podía poner peor para ella, si salía a la luz que habíamos tenido una relación.
Así que en ese aspecto podía estar tranquilo.
Pero asistí al colegio atacado de los nervios, sin saber cómo se iba a comportar ella conmigo.
Los niños de todas las clases, hacían un desfile por los alrededores y las calles del pueblo y al entrar en el aula de mi hijo, los peques ya tenían puesto su disfraz de ladrones.
La verdad es que estaban muy graciosos, vestidos todos de negro, con el gorro que habíamos hecho, los antifaces y unas bolsas de tela con el símbolo del dólar.
Yo me había ofrecido para salir vestido de policía y Judith era la jefa de la banda de ladrones. Los niños gritaron al verme y Judith sonrió con su antifaz puesto en la cara y el pelo suelto.
―Pues ya estamos todos ―dijo sonriéndome como si no hubiera pasado nada entre nosotros―. Espero que me ayudes a controlarlos, hoy están desmadrados...
―Por supuesto, cuenta con ello...
La cabrona estaba demasiado sexy toda vestida de negro, con unas botas altas hasta las rodillas, unos leggins de cuero superajustados que dejaban poco a la imaginación y una camiseta de manga larga, también bastante ceñida a su cuerpo.
¡¿Cómo se había puesto esa ropa?!
¡Qué caderas, qué trasero, qué tetas!
¡¡No podía estar más buena la cabrona!! ¡Y ella lo sabía!
Desde luego que Judith no iba a pasar desapercibida en el desfile y lo mejor de todo es que hacíamos una pequeña performance en la que yo la detenía y ella terminaba esposada.
Un colega que trabajaba en una comisaria me había dejado unas esposas de verdad y yo se las mostré mientras los niños se impacientaban por salir en el desfile.
―Al final las he conseguido ―dije mostrándole las esposas.
―¡Ah, genial!
―¿Hacemos lo que teníamos pensado?
―Sí, claro...
Me calmé enseguida porque estaba claro que Judith no parecía que le hubiera dado mucha importancia a mi intento de beso en el bar y se comportó conmigo de manera muy normal. Es más, antes de salir del aula se giró y me dijo.
―Ah, el otro día se me olvidaron las fotos en el bar...
―Sí, las tengo en el despacho, cuando quieras ven a por ellas, no tienes ni que avisarme..
―Vale, la semana que viene me paso sin falta, por cierto, te queda muy bien el disfraz de policía...
―Y a ti el de ladrona, pero no habíamos dicho nada de que ibas a ir de ladrona sexy, ¿no?
―Idiota...
―Por cierto, voy a dejar en clase la cartera para no llevar nada en los bolsillos, dentro está la llave de las esposas, aunque no hace falta, mi amigo me ha dicho que quite el seguro y ya está, así no se pueden cerrar... solo voy con el móvil para tirar unas fotos...
―Vale, deja aquí la cartera si quieres ―dijo abriendo el cajón de su mesa.
Salimos del aula y ella cerró la puerta con llave, guardándosela en el bolsillo trasero de sus leggins de cuero.
Enseguida vinieron a buscarnos el director y el jefe de estudios y fuimos formando por orden antes de salir del colegio, empezando por los más pequeños.
Mientras hacíamos el desfile, interpretábamos un pequeño teatrillo en el que los niños robaban un banco y yo acababa deteniendo a su cabecilla, que era la profesora.
Le ponía las esposas a Judith, la agarraba del brazo y silbaba con fuerza, apuntando con el dedo hacia delante.
“¡Detenida!”
Mientras todos los niños gritaban y terminaban haciendo un pequeño baile al ritmo de reguetón hasta liberar a la profesora.
La verdad es que era bastante morboso sujetar del brazo a Judith y caminar con ella unos metros reteniéndola.
Y es que con ese conjuntito que llevaba, a mí todo me parecía muy excitante.
Yo sabía que íbamos a ser el centro de atención y vaya si lo fuimos.
Hasta recibí un mensaje de José cuando nos vio.
Menudo cabronazo estás hecho, ¿en serio se ha puesto ese disfraz para el desfile del colegio?, cómo te lo estás pasando, eh, ¡qué envidia!, eso, aprovecha, aprovecha...y cuidado con esa manita, que la llevas muy suelta cuando la agarras, ja, ja, ja...
Cada x metros hacíamos la idea que habíamos creado y yo engrilletaba a Judith con el seguro quitado, por supuesto, la cogía del brazo, avanzábamos unos pasos, los chicos bailaban, la liberaban y seguíamos adelante.
El desfile terminaba en el patio del colegio, donde se reunían todos los padres y luego tenían pensado, dejar a los niños jugando una hora, para que no tuvieran que volver a clase.
Y justo en la última performance, no sé si es que le di al seguro sin querer, pero las esposas se quedaron atascadas. Por suerte ya casi nadie nos prestaba atención, los niños se habían dispersado en el patio, corrían por todos lados y yo agachado detrás de Judith, intenté liberarla sin éxito.
―No puedo soltarte, creo que se ha puesto el seguro...
―¡No me fastidies! ―exclamó Judith.
―Ha sido sin querer, pero lo mismo cuando las ha cogido algún peque, le ha dado a la pestañita y las ha cerrado...
―¿Y ahora qué hacemos? ―me preguntó ella angustiada.
―Tengo las llaves en la cartera, en tu despacho...
―Vale, pues vamos caminando, intenta no llamar la atención... ¡madre mía, qué vergüenza como nos vea alguien!, disimula, disimula... ―me pidió Judith y entramos en el colegio sin llamar la atención.
Por suerte los pasillos estaban vacíos dentro, subimos hasta el aula de cuarto y Judith me dijo que tenía la llave en su bolsillo trasero.
Evidentemente, ella no podía sacarla con las dos manos esposadas a su espalda.
Con los dedos temblorosos, los metí en su bolso, palpando su culo y le saqué la llave como buenamente pude, disfrutando de esa excelsa sensación de tocarla.
Tengo que reconocer que solo con eso ya se me puso dura.
Pasamos dentro del aula y Judith me pidió que cerrara la puerta con la llave otra vez, para que nadie nos viera allí. Y de repente me vi en el aula, a solas con ella, la sujeté con fuerza del brazo y la arrastré hasta la pizarra.
―¡¿Qué haces, Guille...?!
―No te muevas, estás detenida, ja, ja, ja...
―Ja, ja, ja... anda, suéltame esto... ―me pidió, moviendo las esposas.
―¿Y si no lo hago?, ¿qué vas a hacer? ―la pregunté al oído, agarrándola otra vez del brazo.
―Resistirme...
―¿Ah, sí?, ¿cómo?
―Venga, Guille, no seas idiota...
―Ni en mis fantasías más optimistas habría soñado yo con esto... aunque recuerdo cuando éramos novios que te gustaba que te atara...
Solo era un juego, por supuesto. Una broma. Iba a soltarla de inmediato, y entonces ella giró la cabeza y pude ver que su cara se había transformado. Judith parecía otra.
―Sí, eso me gustaba ―susurró.
Os juro que aquella frase hizo que me palpitara la polla.
―¿Y ahora también te gusta estar así conmigo?
―Sí ―suspiró, agachando la cabeza.
―Podría aprovecharme de ti, ja, ja, ja ―le dije medio en broma, pero Judith no estaba para jueguecitos.
―Tenemos que bajar cuanto antes o nos echaran en falta, como mucho tenemos diez minutos ―me soltó y yo no supe a qué se refería.
―¿Diez minutos?
―¿No ibas a aprovecharte de mí?
―Eh, sí, sí... solo lo decía de brom...
―Pues tú decides lo que quieres hacer conmigo...
La situación era increíble, encerrados en el aula, tenía a Judith esposada y... ¿se me acababa de insinuar descaradamente?
―Primero tendría que cachearte, para comprobar que nos llevas objetos peligrosos.
Judith no dijo nada, solo abrió un poco más las piernas y se quedó en esa posición sumisa frente a la pizarra.
―Buena chica...
Pasé las manos por sus costados, tanteando su cuerpo y fui descendiendo, por las caderas y las piernas. Todo ello sin sobrepasarme lo más mínimo, aunque Judith esperaba otra cosa.
―¿Ya has terminado? ―preguntó decepcionada.
―No, debería hacerlo de nuevo, para asegurarme bien...
Y esta vez, comencé de nuevo el cacheo por sus costados, mirando su espalda, solo que pasé las manos hacia delante y rocé sus pechos con los dedos.
Judith gimió y eso fue como que me diera el visto bueno para seguir, por lo que decidido, atrapé sus preciosas tetas con mis manos, sobándoselas bien. Sopesándolas arriba y abajo.
Jugando con ellas.
―Uf, tienes unas tetas increíbles...
―Mmmm, no tenemos casi tiempo ―me advirtió Judith con un gemido.
―¿Quieres que suelte las esposas?
―¡No!, déjame así, por favor...
―Ya me lo imaginaba, esto te gusta demasiado, ¿verdad?, te encanta estar así... ¿qué es lo que quieres realmente, Judith?
―Ya lo sabes ―suspiró.
―Quiero que me lo digas...
―Ya lo sabes...
―¡Dímelo joder!
―¡Fóllame, Guille!, ¡quiero que me folles! ―me pidió directamente.
Esa frase fue el detonante de todo. A partir de ese momento no pensé en lo que hacía. No me acordé ni de mi mujer, ni de que estaba en el aula de mi hijo, ni del riesgo que suponía lo que íbamos a hacer. Me daba todo absolutamente igual.
Solo estábamos Judith y yo.
Fue todo salvaje y primitivo. Puro instinto animal.
Bajé sus leggins de cuero con mucho esfuerzo y me quedé mirando cómo se le metía la tela de sus braguitas brasileñas entre los glúteos. Allí lo tenía delante. Casi veinticinco años después.
El culazo de Judith.
No era como lo recordaba, pequeño, duro, perfecto, ahora lo tenía más grande, le habían crecido las caderas, pero seguía igual de apetecible. Incluso más. Y le solté un azote bien duro.
¡PLAS!
Y ella gimió, dejándose caer hacia delante, aplastando sus pechos contra la pizarra. Mis dedos se quedaron marcados a fuego y yo acaricié su suave piel, apretando bien esos glúteos.
―¡Vamos fóllame! ―insistió, mirando hacia mí.
De un tirón seco le bajé las braguitas y durante unos segundos me quedé mirando su coño a su espalda.
Estaba mojado, brillante. Empapado. Y yo me situé detrás de ella dispuesto a todo.
Me abrí la bragueta del pantalón y me saqué la polla, colocándola entre sus piernas.
Entonces, Judith me volvió a sorprender.
Estaba punto de penetrarla cuando la escuché.
―¡¡Aaaaaah, por el culo, métemela por el culo!!
Como aquella tarde, en los baños de la planta baja de la facultad de derecho, dejé caer un salivazo entre sus glúteos y le clavé un dedo en el ojete. ¡Menudo gemido de placer soltó!
Judith estaba encendidísimo, muy cachonda, echaba las caderas hacia atrás y me restregaba ansiosa su culazo contra mi polla.
Aparté los brazos que seguían esposados a su espalda, situé mi glande en su ano y con un golpe seco la penetré hasta los huevos.
―¡¡¡Aaaaah, joderrrrr, qué ricoooo, aaaaaaah!!!, eso es, Guille, aaaaah...
―Te gustaba que te follara el culo, ¿eh?
―Aaaaah, lo que mássss, me volvía loca, aaaaah...
―¿Y con tu marido también lo haces?
―No, aaaaah, aaaaah, él nunca me..., solo tú... ―me confesó, sacando las caderas hacia atrás.
Me quedé a cuadros con lo que me acababa de decir, casi veintinco años con aquel tipo y no había sido capaz ni una sola vez de follarse semejante culo. Yo no lo hubiera podido resistir y sujeté su cintura, dispuesto a embestirla con fuerza.
―¡Másss, másssss, dame duro, aaaaah, dame muy duro! ―me pidió la muy cabrona y yo comencé a follármela como un auténtico semental.
Fue una puta pasada ver mi cuerpo rebotando contra su culo, no podía dejar de mirar hacia abajo, y es que me encantaba el sonido de mi pubis al chocar contra sus glúteos.
Como ella no podía usar las manos, apoyó la cabeza contra la pizarra, dejándose someter, lo que parecía que le excitaba más si cabe.
Le pegué una follada tremenda, y la pena es que no durara mucho más.
Todo aquello era demasiado morboso y reconozco que apenas aguanté un par de minutos.
Ni tan siquiera la avisé, me dejé llevar y terminé vaciándome dentro de ella sin sacársela, mientras Judith también llegaba al orgasmo pidiéndome que siguiera.
―¡¡¡Aaaaah, aaaaaah, másssss, másssss, másssss, aaaaah, sigueee, sigueeee, me corrooo, me corroooo, aaaaaah!!!
―Me corro, joderrr, me corroooo, Judith, aaaaaaah...
―Sííííí, sííííí, sigueeeeee, eso esssss, aaaaah, aaaaah, sííííí, sigueeee...
Me quedé apoyado en su espalda, acariciando sus tetazas por encima de la camiseta mientras degustaba esos segundos posteriores tan placenteros. Allí estábamos los dos, de pie, frente a la pizarra, sudorosos, con los pantalones a medio bajar.
―¡Joder, Guille!, ¿qué hemos hecho? ―me preguntó ella todavía con mi polla dentro de su culo y la respiración acelerada.
―Ufff, no sé, pero ha sido la hostia...
―Tenemos que irnos ya...
―Sí, claro ―y antes de retirarme, le di un beso en el hombro.
La dejé así, con los pantalones bajados hasta la mitad del muslo, esposada contra la pizarra, mientras de su ano comenzaba a salir un líquido espeso y blanquecino. Saqué la cartera de su cajón, cogí las llaves de las esposas y las abrí, liberando sus muñecas.
Ella misma se subió los leggins de cuero y las braguitas y me pidió que bajáramos deprisa por separado. Primero fue Judith la que entró en el patio y yo salí del colegio por la otra puerta, sin creerme lo que acababa de pasar.
Había sido todo tan rápido y sucio que parecía irreal.
No sabía qué es lo iba a suceder en el futuro entre nosotros, lo único que tenía claro es que ella había sentido lo mismo que yo, una sensación demasiado potente, intensa y morbosa, y conociendo bien a Judith, seguro que estaba deseando volver a follar conmigo.
Ya encontraríamos la manera de volver a repetirlo.
Y es que todavía quedaban cuatro meses de curso escolar por delante...