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Quedamos a primerísima hora de la tarde y lo que me temía, cuando se trata de arrimar el hombro apenas nos presentamos dos madres y yo para ayudar a Judith con los disfraces. Entramos en el aula de nuestros hijos y la profe ya tenía dispuesto todos los materiales necesarios.
Las otras dos mujeres eran amigas, así que se pusieron juntas y a mí me tocó con ella.
Nos fue explicando lo que teníamos que hacer y mientras hablaba yo me fijé en Judith.
Se había puesto una minifalda de cuero negra muy erótica y una fina chaqueta de lana de color rojo, con la que se le marcaban bien los pechos.
Me encantaba cómo movía las manos al hablar, los gestos que hacía, y aunque ella no solía llevar, aquellas gafas de pasta le sentaban de maravilla. Nos dio unas indicaciones muy precisas y sin tiempo que perder, comenzamos.
Nos dispusimos en dos mesas grandes en perpendicular, nosotros pegados a una pared lateral y las otras dos madres, enseguida se pusieron a lo suyo.
Yo era menos mañoso para esas tareas, pero Judith me fue ayudando todo lo que pudo y poco a poco fuimos confeccionando los disfraces.
Me encantó compartir esas casi dos horas con ella, de vez en cuando nos mirábamos con complicidad y se nos escapaba alguna sonrisilla nerviosa.
Al estar arrinconados contra la pared, una de las veces que Judith quiso salir, pasó por delante de mí y sin que me lo esperara, me rozó el paquete con su culo.
Intenté no mirar hacia abajo, pero fue inevitable que no sintiera una punzada de morbo al ver esa minifalda de cuero negra pasar por delante de mi polla. Aspiré su olor y me envolvió un perfume que se debía haber echado antes de comenzar la actividad y luego vi su melena ondearse delante de mí.
―Perdona ―murmuró con timidez y yo apoyé las manos en su cintura.
―No pasa nada...
No sé si aquello había sido casual o lo hizo para provocarme.
Y es que con una mujer como Judith nada era casual.
Y después se giró hacia mí, comprobando si estaba pendiente de ella y yo la seguí con la mirada hasta un pequeño armario, del que cogió unas pegatinas para poner los nombres de cada niño.
Enseguida regresó a su sitio y pasó de nuevo por delante. Y otra vez la misma sensación. Su pelo golpeando mi cara, su olor invadiendo mis fosas nasales y su culazo acariciando mi polla.
Pero esta vez no fue tan sutil e hizo un poquito más de presión, aunque sin ser descarada. Como si quisiera sentirme detrás. Deteniéndose justo allí. El tiempo se detuvo un segundo y yo apoyé de nuevo mi mano en su cintura mientras ella se disculpaba con timidez.
―Perdón...
Las otras dos mujeres estaban tan metidas en lo suyo, que apenas se percataron del tonteo que nos traíamos Judith y yo. Porque eso ya era un tonteo en toda regla. No había sido casualidad que la profesora pasara por delante de mí.
Dos veces.
Y después, mientras seguimos haciendo los disfraces, nos tocamos las manos sin querer en un par de ocasiones, me dedicó otra mirada nerviosa y por último una sonrisa cómplice. Me encantaba ese flirteo en presencia de las otras dos madres.
Eso le daba un morbo increíble a lo que estaba pasando entre nosotros.
No es que de repente sintiera nada por Judith, ni que me estuviera enamorando de ella ni ninguna chorrada de esas. Era simplemente deseo sexual. Una atracción irresistible. Solo podía pensar en cómo sería si estuviéramos solos y levantara su falda, colocándome detrás de ella.
¿Qué llevaría puesto bajo esa minifalda de cuero tan provocativa?
¿Un tanguita o unas braguitas de lencería? Me daba absolutamente igual, yo solo fantaseaba con tocar ese culo, con verlo desnudo después de veinticinco años. ¿Habría cambiado mucho? Seguro que sí, ahora parecía más grande, más voluminoso, pero igual de redondo y contundente.
Un culazo de los que tenías que azotar sí o sí mientras te lo follas a cuatro patas.
¿Le soltaría buenos azotes el arquitecto?
¿La habría sodomizado muchas veces igual que hice yo?
Mientras estábamos los tres en mi despacho, él no tenía ni idea de que ese abogaducho de tres al cuarto que tenía delante, era el primero que había enculado a su mujer en los baños de la facultad de derecho.
Entonces Judith dio un paso lateral y se quedó todavía más pegada a mí.
Casi hombro con hombro. Como se suele decir, invadiendo mi espacio.
Ya no rehusaba el contacto conmigo, ni yo tampoco, y terminamos la actividad poniendo los nombres de todos los niños en las pegatinas que acababa de coger.
Ella escribía con la izquierda y yo con la derecha, por lo que nos rozamos con el dorso de la mano inclinados sobre la mesa y otra vez nos miramos.
Judith parecía ruborizada, con los coloretes encendidos y yo os juro que terminé con la polla dura bajo los pantalones.
Era increíble, lo mismo me estaba montando yo una historia absurda en mi cabeza, pero con una actividad tan simple como hacer los disfraces para los peques, me atrevería a decir que los dos estábamos fantaseando con lo que no debíamos.
Y yo me lancé y fui un poco más allá. Estiré mi pierna y puse un pie al lado del suyo, pero por dentro, situándolo por así decirlo entre sus dos pies.
El exterior de mi pierna entró en contacto con la cara interna de uno de sus muslos y Judith terminó de escribir el nombre que le tocaba y se quedó parada.
Expectante.
Se lamió los labios con la lengua y luego abrió la boca, soltando una pequeña exhalación.
Tenía mi paquete demasiado cerca de su culo y ella se pasó el pelo por detrás de la oreja y en ese momento estuve tentado de acariciar su trasero, pero quizás eso hubiera sido demasiado descarado y más teniendo a las otras dos madres a menos de tres metros de nosotros.
―Creo que ya está todo ―dijo Judith como si le diera pena y yo retiré el pie a toda velocidad, separándome de ella con naturalidad para no levantar sospechas.
―Nosotras también lo tenemos... ―exclamaron las mamás, colocando los disfraces estirados sobre la mesa.
―Jo, pues muchas gracias a los tres, menos mal que habéis venido, si me toca hacerlo a mí sola, no salgo de aquí ni a las diez de la noche...
―Ha sido un placer ―intervine yo, que todavía seguía empalmado.
Hice un poco de tiempo para ver si se iban las mamás y me dejaban con Judith, no es que esperara que fuera a pasar nada entre nosotros, pero me apetecía ver su reacción al estar a solas, aunque nada, no hubo manera.
No paraban de hablar y Judith y yo nos miramos un par de veces resignados hasta que una dijo.
―Bueno, pues nos vamos ya... ―y tuve que salir con ellas del aula. Nos despedimos con un simple gesto con la mano, como si nos diera pena separarnos y de camino a casa no pude dejar de pensar en Judith.
Y por la noche tampoco.
Al día siguiente por la mañana, mientras estaba ocioso en mi despacho, solo hacía que recordar lo que ha había pasado con Judith la tarde anterior y no se me ocurrió otra cosa que mandarle un mensaje.
Hola, Judith, ayer estuvo genial lo de la actividad
Lo pasamos muy bien
Oye, por cierto, tengo una cosa para ti aquí en el despacho
Nada, es una tontería no corre prisa
Un saludo!
Como un tonto me pasé mirando el móvil todo el día, esperando su respuesta, pero esta no se produjo, lo que me causó un cierto malestar. ¿Le habría sentado mal mi mensaje?, ¿quizás me había tomado demasiadas confianzas con ella?
Cada vez que lo pensaba me daba una vergüenza tremenda haberle mandado el whatsapp, ojalá pudiera dar marcha atrás en el tiempo y borrarlo, pero ya no había solución.
Decidí dar por terminada mi jornada de trabajo, apagué el ordenador y a punto de salir del despacho, más o menos sobre las ocho y media, alguien llamó a la puerta.
En cuanto escuché esos nudillos golpeando la madera, tuve el palpito de que era ella.
Y efectivamente. Al abrir me encontré a Judith en el descansillo...