Los relatos de David Lovia. 4
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Quizás me había emocionado más de la cuenta y me llevé una gran decepción cuando Judith se presentó en mi despacho junto a su marido.

Me presentó a Raúl, un tipo alto y calvo que era el que tenía unos problemas legales con sus hermanos y sobrinos por una herencia que le habían dejado.

Yo le estuve asesorando y les indiqué lo que tenían que hacer mientras estaba pendiente en todo momento de Judith.

Con el disgusto inicial al comprobar que no venía sola, apenas me había fijado en ella, pero llevaba una camiseta de tirantes blanca bien escotada bajo una fina chaquetilla negra de lana, y lucía unos bonitos pechos que antes no tenía.

No es que fueran especialmente grandes, pero no recordaba que Judith tuviera esas tetas tan bien puestas y después de mirárselas de reojo un par de veces, no me cabía la menor duda de que se había operado.

Y el resultado tengo que reconocer que era excelente.

Solo esperaba que ella no se hubiera dado cuenta de que le había mirado unas cuantas veces y tras casi cuarenta y cinco minutos, dimos por terminada la reunión. Su marido el arquitecto, un tipo serio, aunque amable, me estrechó la mano con fuerza y Judith me dio un par de besos.

―Muchas gracias por todo, Guille... ―me soltó ella de manera informal y antes de salir de mi despacho, me dedicó una última mirada que no supe cómo interpretar.

Le eché un último vistazo a su culo, embutido en unos vaqueros que no podía llevar más ajustados y después me quedé toda la mañana pensando en Judith. Y sobre todo en esa última mirada. Estaba claro que algo también se tenía que haber removido en ella desde el día que me vio en el colegio.

Y es que nuestra historia había sido de todo, menos convencional. Era imposible que lo pudiera haber olvidado.

Desde que mis padres me compraron el coche, ya no tuvimos esa necesidad urgente de buscar un sitio en el que poder estar a solas, aunque nos seguía encantando esa sensación de la adrenalina desbordada al hacerlo en lugares públicos y que nos pudieran pillar.

Y si no encontrábamos ninguno ahí teníamos el coche.

Esas folladas que nos pegábamos en los descampados eran salvajes, excitantes.

Adictivas. Nos corríamos y ya teníamos ganas de repetir otra vez, hasta que terminábamos exhaustos, sudorosos, vacíos.

Y al día siguiente, si teníamos oportunidad, volvíamos a repetir.

Habían pasado más de veinticinco años, pero yo era el mismo. Un poco más viejo y con más canas, pero estaba igual de salido que en aquella época, incluso más y Judith tenía algo en su mirada que me indicaba que tampoco había cambiado.

Seguía desbordando una sexualidad demasiado intensa que no pasaba desapercibida, aunque ella intentaba ocultarla bajo esa capa de formalidad que se le suponía como profesora de unos niños de diez años.

Pero no podía haber cambiado tanto en estos años, y es que me costaba reconocer a “mi” Judith, al lado de ese tipo calvo y tan serio.

Ella era todo lo contrario, por lo menos cuando estuvo conmigo; yo la recordaba alegre, vital, extrovertida, morbosa, decidida, inquieta...

, y en mi despacho, al lado de su marido, parecía que no había roto un plato en su vida.

Pero yo sabía cómo era ella en la intimidad. Cómo le gustaba chupármela, cómo le encantaba ofrecerse a cuatro patas y que se la metiera bien por el culo, y no me dejaba sacarla hasta que me corría dentro. Se volvía loca en cuanto tenía mi polla entre sus dedos.

Eso era lo que más le gustaba. Una buena polla.

No me pude sacar de la cabeza, sus putas tetas en toda la mañana, ni tampoco su tremendo trasero bien marcado bajo los pantalones vaqueros. Ufff, me puso tan cachondo que al final tuve que desahogarme en el baño antes de regresar a casa.

Volvieron por mi despacho un par de veces, antes de resolver el asunto satisfactoriamente y al final su marido pudo comprar el piso al resto de las partes. Ya solo tenían que recoger una documentación y poco más y una tarde, ya a última hora, alguien tocó en la puerta de mi despacho.

La administrativa que tenía conmigo ya se había ido a casa, por lo que estaba yo solo, y cuando me levanté a abrir, me quedé de piedra al comprobar que allí estaba Judith.

Ella sola.

―Hola, Judith, vaya sorpresa...

―Perdona, es que pasaba por aquí y ya me he acercado a ver si me dabas eso que teníamos pendiente...

―Sí, claro, pasa, pasa ―y se adentró en mi despacho con el pelo húmedo, un pantalón de chándal gris, camiseta blanca de tirantes, sudadera de capucha desabrochada y una bolsa de deportes.

―¿Te pillo bien?, es que como he venido sin avisar, tengo el gimnasio al lado y salgo ahora...

―No pasa nada, yo hasta las ocho y media o nueve, suelo estar trabajando...

―Ah, vale.

―Pues aquí está ―dije sacando los papeles―. Con esto podéis ir al registro, a la notaría y bueno, al final ha salido todo bastante bien, ha sido muy rápido, cosa difícil en estos casos cuando cada parte quiere una cosa...

―Muchas gracias por todo, Guille, la verdad es que mi marido está encantado ―y yo caí en la cuenta de que ella me había vuelto a llamar igual que cuando éramos novios.

―Para cualquier cosa, ya sabéis dónde podéis encontrarme.

―Sí, claro... oye, una cosa, ya me iba para casa, pero no sé, si te apetece y ya has terminado, por supuesto, lo mismo te gustaría tomar un café o bueno, ya a estas horas, una caña...

―Acabo de apagar ahora el ordenador ―mentí de broma y me acerqué hasta mi escritorio, cerrando la sesión, lo que provocó la risa de Judith.

―Que si tienes trabajo pendiente, no quiero molestart...

―No hay nada tan urgente de lo que no me pueda ocupar mañana...

Apagué las luces, cerré el despacho y salimos juntos a la calle. Muy cerca había una cafetería a la que Judith y yo íbamos cuando éramos novios y casi instintivamente los dos fuimos caminando en esa dirección. Era como que lo estuviéramos buscando.

―¿Te acuerdas? ―le pregunté deteniéndome frente a la puerta de la cafetería.

―Sí, claro, ha pasado mucho tiempo, pero sigue igual...

―Sí, ya ha tenido dos dueños distintos, aunque han mantenido la decoración y a mí me gusta mucho, yo vengo algún día a desayunar, no me pilla muy lejos del despacho...

―Ah, ¿sí?, pues si está bien, entramos aquí mismo...

Pedimos un par de cañas y nos subimos a la planta alta.

Era un bar de dos alturas, la barra estaba abajo y arriba había muchas mesas y los baños.

Esa cafetería también había sido uno de nuestros numerosos picaderos en la época universitaria y en aquellos baños habíamos follado unas cuantas veces. Cinco o seis como mínimo.

A esas horas no es que hubiera mucha gente, era un día de diario y allí podíamos estar tranquilos de miradas indiscretas.

―¡Jo, qué recuerdos!, aquí veníamos muchas veces todos con los juegos de mesa...

―Sí, echamos unas cuantas tardes. ¡Madre mía!, qué raro se me hace estar aquí contigo.

―Sí, sí, a mí igual.

―No les he dicho nada a estos de que te he visto y menos que eres la profesora de Jaime...

―Tampoco pasaría nada, ¿no? ―me dijo Judith.

―Ya, pero bueno, lo hago más que nada por mi mujer, no creo que a ella le hiciera mucha gracia saber que tú y yo... ya me entiendes.

―Sí, es una situación rara.

―¿Tú se lo has dicho a tu marido?

―No, no ―negó con la cabeza ruborizándose y miró hacia abajo, pasándose el pelo por detrás de la oreja.

―Seguro que esto no te había pasado nunca, lo de dar clase al hijo de un ex...

―No, ja, ja, ja y llevo más de quince como profesora, pero bueno, a decir verdad es imposible que me hubiera pasado con otro salvo contigo, más que nada porque Raúl es mi segundo novio... y hasta hoy.

―¿En serio?

―Sí, le conocí al año siguiente en una fiesta universitaria en Salamanca, casi a final de curso, tú y yo ya no estábamos ―murmuró como si le diera vergüenza.

―Es normal, Judith...

―Estuve esperando unos meses a que me escribieras o me llamaras... te tocaba a ti escribirme y cuando intenté llamarte, me contestó otra persona...

―Sí, nos cambiaron el teléfono cuando nos mudamos, vaya, lo siento,... ¿así que me estuviste esperando?

―Sí, claro.

―Yo pensé que te habrías olvidado de mí rápido, con el ambiente universitario de Salamanca, las fiestas, ya me entiendes... yo la verdad es que...

―Tampoco tienes que darme explicaciones, seguro que ese año conociste a otras chicas, y poco a poco...

―Sí, claro ¿y tú?, ¿tuviste algún rollo?

―Mientras nos escribíamos no, luego sí tuve algo en el último trimestre, pero nada serio, ya sabes, lo típico, enrollarme con alguno y tal, pero nada más y ya a final de curso conocí a Raúl.

―Un arquitecto y una maestra.

―Sí.

―Así que lleváis mucho años...

―Sí, vamos a cumplir veinticinco dentro de poco...

―¡Ufff, qué pasada!

―¿Y tú conociste a tu mujer en la universidad?

―No, no, lo nuestro es algo más reciente, aunque también llevamos catorce o quince años juntos, la conocí por un tema de trabajo y luego fue todo muy rápido. Piso, boda y el niño, ¿tú tenías una...?

―Sí, una niña...

―Es verdad, que me lo dijiste.

―¿Y qué tal les va a estos?

―Ufff, a ver por dónde empiezo...

Y durante media hora estuvimos recordando viejas historias, hablando de nuestros antiguos amigos, cómo les iba en su trabajo, le conté si se habían casado, si tenían hijos.

Casi sin darnos cuenta, la gente se fue marchando de la planta alta de la cafetería, hasta que se fue la última pareja y nos quedamos solos. Miramos la hora y ya eran las 21:10.

Habíamos echado casi una hora de parrafada sin darnos cuenta.

―Creo que cierran a y cuarto ―le comenté.

―Sí, se nos ha hecho un poco tarde...

―Me ha gustado mucho hablar contigo, Judith ―y la miré directamente a los ojos, haciendo que otra vez se ruborizara.

En ese momento subió el camarero y fue limpiando las mesas a toda velocidad para dejarlo todo recogido.

―Ya nos vamos ―le advertí.

―No, tranquilo, lo único que cerramos en veinte minutillos... ―me soltó el señor muy amable.

―Sí, claro.

―¿Os puedo recoger la mesa?

―Sí, por supuesto...

Y nos quedamos mirando cómo le pasaba la bayeta a todas las mesas y recogía los restos en un pequeño cubo metálico.

―Nos vamos ya, ¿no? ―me dijo Judith y el camarero regresó abajo, por lo que nos quedamos solos otra vez.

―Sí, voy a ir un momento al baño...

―Eh, vale.

Fue como en los viejos tiempos. Una especie de deja vu.

La puerta de acceso a los servicios era la misma, tenía un lavabo compartido para chicos y chicas, pero luego salía una puerta a la derecha y otra a la izquierda, con dos privados en cada lado.

Cuando estábamos juntos, yo le decía que iba al baño, inspeccionaba el de los chicos para comprobar que estaban vacíos y luego la esperaba junto al lavabo.

Ni tan siquiera hice pis. Solo me quedé allí de pie, plantado.

Esperando a que Judith entrara. No sé por qué, pero tuve el presentimiento de que lo iba a hacer.

Como en los viejos tiempos. Y como un idiota, me lavé las manos dos veces, hasta que pasaron cinco minutos y ya consideré que era absurdo seguir allí.

Menuda película me había montado en mi cabeza. Salí del baño y Judith permanecía sentada en la misma silla que la había dejado.

―¿Nos vamos? ―la pregunté sin tan siquiera volverme a sentar.

―Sí, claro...

La acompañé caminando hasta la calle perpendicular a su casa y nos despedimos con un apretón de manos muy cordial. Estaba claro que Judith no quería ningún malentendido y menos que nos pudiera ver algún vecino.

Lo había pasado muy bien con ella, pero me sentí un poco decepcionado con ese final tan abrupto. En las semanas posteriores, nuestra relación siguió igual de cordial, nos saludábamos con la mano cuando salía el peque del cole y nada más.

Hasta que se me presentó una nueva oportunidad de poderme acercar a ella. La excusa: los disfraces de carnaval.

Se pidieron voluntarios entre los padres para confeccionar los disfraces y por supuesto, yo me ofrecí el primero...