Los relatos de David Lovia. 2
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―Bueno, bueno, bueno, el modelito que nos traía esta mañana...

―¿Quién?

―Joder, la Judith esta ―me soltó José apurando la caña.

―Ah, ¿sí?

―¡Hostia, menudas piernas tiene!, la tenías que haber visto, tío, te lo juro que llevo todo el día pensando en ella.

―No será para tanto.

―Ahora me lo dices...

Nos pusimos a la cola y puntuales fueron saliendo los niños con Judith a la cabeza.

José tenía razón, desde luego que la profesora llamaba la atención y todos los padres que estábamos en el patio, giramos la cabeza hacia ella en cuanto la vimos desfilar delante de los peques.

Llevaba una minifalda vaquera hasta medio muslo, con medias de dibujos y unos botines tobilleros.

Esos muslos no eran ninguna broma, trabajados en el gimnasio, duros, potentes, bien marcados y en la parte de arriba ya se cuidaba de que su look no fuera demasiado arriesgado y llevaba una chaqueta negra de botones bien abrochada hasta el último.

Me quedé observándola bien y la verdad es que me costaba creer que aquella mujer hubiera sido mi novia.

Allí parecía tan educada, tan correcta, tan formal. Todo una señora. Y solo ella y yo sabíamos cómo realmente era en la intimidad. Habíamos hecho de todo durante el año escaso que estuvimos juntos.

Y es que ella aprendió todo conmigo. Y yo con ella.

Aquel año experimentamos todo lo que se puede hacer y más. Sexo anal, oral, juguetes, porno, literatura erótica, sexo en lugares públicos y hasta un poco de BDSM...

No teníamos límites.

Después de esa primera vez, en la que lo hicimos en los baños, estuvimos cuatro meses en los que solo follábamos por el culo.

Yo no quería presionar a Judith con penetrarla por el coño, y es que practicando sexo anal disfrutábamos mucho los dos, ella se corría, y estábamos más que satisfechos, así que no teníamos ninguna prisa.

Hasta que un día en el que mis padres estaban trabajando y mi hermano mayor se fue a la universidad, nos saltamos las clases y estuvimos toda la mañana en mi casa.

Después de follarme su culo, encontramos unos condones de mi hermano en el cajón, el muy cabrito los tenía caducados desde hacía casi un año y solo por curiosidad, me puse uno con ayuda de Judith y terminé penetrándola en un misionero, aunque no terminé dentro.

De hecho ni me la follé, solo le solté unas cuantas embestidas y quedamos en comprar unos condones para hacerlo en condiciones, cosa que sucedió una semana más tarde otra vez en mi habitación.

Y a partir de ahí, una vez que habíamos probado todo, ya solo nos quedaba pasarlo bien. Aunque teníamos un pequeño problema. O un gran problema, según se mire.

No teníamos un sitio donde hacerlo.

Nos apañábamos bastante bien y eso no fue impedimento para que comenzáramos a follar casi a diario; nos valía cualquier lugar y cualquier ocasión que tuviéramos, el portal de su casa, un parque, el cine, los baños de la facultad o de alguna discoteca, en casa de un amigo si montaba una fiesta...

y más adelante mis padres me compraron un coche de segunda mano, que se convirtió en nuestro picadero particular, aunque esto solo lo disfrutamos un par de meses, porque cuando llegó el verano, Judith ya se fue a vivir a otra ciudad.

La saludé con la mano antes de darme media vuelta y ella me correspondió, pero no se fijó en mí, pues estaba a casi diez metros de distancia y no me reconoció.

Cada mañana mi mujer llevaba al peque al cole y yo lo iba a recoger si me daba tiempo a salir del trabajo.

Antes me gustaba pasarme por el bar para tomarme una caña rápida y José me solía poner en antecedentes sobre el vestuario de la profesora.

Que si hoy se ha puesto unos vaqueros ajustados, unos pantalones blancos, o una minifalda de cuero...

, daba igual, con cualquier cosa Judith estaba espectacular y ya el viernes, al recoger al peque, decidí ponerme el primero en la fila.

Mi hijo salió corriendo y ella levantó la mirada hacia mí.

Apenas me tenía a tres metros y esta vez sí.

Me reconoció al instante.

Se quedó un par de segundos parada, con la mirada fija, como si hubiera sufrido un cortocircuito y yo le solté un “hasta luego” que ella contestó, antes de darme media vuelta con una sonrisa en la boca.

“Bueno, Judith, pues ya sabes que eres la tutora de mi hijo”.

Estuve todo el fin de semana pensando en ella, planeado cómo acercarme a Judith y entablar una conversación.

Cualquier excusa era buena. Había pasado tanto tiempo que desde luego que no era nada fácil para ninguno de los dos y al final decidí dejarlo correr, si ella no me decía nada, yo tampoco iba a hacerlo.

Pero la oportunidad se me presentó unos pocos días después, con una actividad en clase a la que podíamos asistir los padres para ayudar a nuestros hijos y como mi mujer no podía, porque tenía que trabajar, yo me pillé unas horas y me presenté en el aula a la hora indicada.

Excepto José, que no trabajaba por una lesión en el hombro y yo, que era autónomo y mi propio jefe, el resto de los que asistieron eran todo madres.

Judith me vio entre los padres y con la voz algo temblorosa, aunque intentando disimular los nervios por mi presencia, nos fue indicando lo que teníamos que hacer, donde situarnos, cómo ayudar a los peques y José y yo nos sentamos juntos en la mesa en la que estaban nuestros hijos.

Y por fin llegó el momento deseado cuando Judith se acercó a nuestra mesa. Tuvo que aguantar las bobadas que le soltó José, que intentó hacerse el gracioso aunque quedó como un idiota redomado y luego yo me incorporé y me quedé de pie junto a ella.

Nos miramos a los ojos y durante un fugaz instante fue como si el tiempo no hubiera pasado. Nuestra piel tenía más arrugas y habíamos envejecido unos años, pero los ojos no engañaban. Y los suyos seguían vivos, brillantes y llenos de vida. Tal y como los recordaba.

Le dije alguna tontería sobre los peques y la actividad, y ella afirmó, esbozando una sonrisa con los brazos cruzados en su pecho.

Tímida. Desde luego que la situación era muy extraña para los dos, y Judith enseguida nos abandonó, centrándose en otras mesas.

El resto de la hora que duraba la actividad, me evitó todo lo posible hasta que todos los padres salimos del aula.

Pasaron dos meses más, en los que nos vimos cada día en la cola para recoger al niño, pero seguimos sin decirnos nada, como si fuéramos dos desconocidos, y una semana antes de que terminara el primer trimestre, mi mujer me dijo que le había mandado un correo la profesora, igual que al resto de padres, para tener una tutoría individual con alguno de nosotros.

―El martes a las dos tienes tutoría con Judith en el aula, el niño se quedará en continuadores hasta que le pases a recoger...

―Vale, perfecto.

Ahora sí, por primera vez íbamos a estar los dos solos. Reconozco que estuve un poco nervioso durante la semana hasta que por fin llegó la cita, y es que uno no se reencuentra con su primer amor todos los días...