Los relatos de David Lovia. 1
92%

1

―Joder, qué ganas tenía de que empezara ya el puto curso ―me soltó José en la cafetería que había al lado del colegio.

―Y yo igual, tío...

―Mira, que luego que cuando llega el verano, me alegro, pero, uf, se me hacen largos estos tres meses.

―Faltan quince minutos para que salgan ―dije apurando mi caña―. ¿Y entonces bien con la profe que les ha tocado en cuarto?

―Es nueva este año en el colegio, acaba de pillar la plaza, pero tenemos buenas referencias de ella, se llama Judith..., y entre tú y yo, sin que nos escuchen nuestras mujeres, cuando la he visto esta mañana, uffff, está bastante buena, ja, ja, ja...

―Ja, ja, ja...

―Sí, sí, ríete, es una morenita muy interesante, tendrá unos 40 años o así y está muy potente, eh...

―Bueno, pues entonces habrá que verla...

―¿Nos da tiempo a tomar otra? ―me preguntó José apurando su caña y mirando el reloj.

―Yo creo que sí, pero tiene que ser una rapidita...

Después de la segunda cerveza, salimos disparados y nos pusimos en la cola de 4ºB para recoger a nuestros hijos. A las dos en punto salieron los chiquillos con la profesora a la cabeza y entonces la vi. Era ella. Joder, claro que era ella.

Judith.

No podía ser, habían pasado casi veinticinco años desde la última vez que nos vimos.

Mentiría si dijera que era tal y como la recordaba, pero es que no tenían nada que ver.

Por aquel entonces era casi una niña a sus 18 años, ahora hasta parecía más alta, o le cundía más su 1.

70, llevaba media melena, con unas gafas de pasta que le daban un aire intelectual, tenía más cadera, más pecho, más culo.

Era más mujer.

Con un pantalón de vestir azul marino ajustado, se le notaban unos muslos potentes y poderosos, coronados en un magnífico culo y arriba se había puesto una camiseta blanca muy normalita sin apenas escote, pero estaba claro que su pecho era más grande.

Ni tan siquiera se fijó en mí cuando levanté la mano, salió mi hijo disparado y nos dimos media vuelta, pero en el camino a casa fui pensando en ella. Los chicos iban jugando delante de nosotros y José me sacó de mis ensoñaciones.

―¿Qué te ha parecido la profe?, estaba buena, ¿eh?

―Sí, la verdad es que sí, está muy bien...

―¿Muy bien solo?, no me fastidies, Guille, este año no pienso perderme ninguna de las actividades para padres y por supuesto, voy ir a todas las tutorías, ja, ja, ja...

―¡Qué cabrón!

Cuando llegó mi mujer de trabajar, me preguntó por la profesora nueva y quizás en ese momento se lo tenía que haber contado, pero la verdad es que no me atreví. ¿Cómo le dices a tu mujer que la profesora de tu hijo fue tu primera novia en la universidad?

Hubiera sido una simple anécdota y lo más normal del mundo, pero sabiendo cómo es mi mujer, preferí omitir ese “pequeño” detalle.

Mi historia con Judith se remontaba a muchos años atrás.

Por aquel entonces, a principios de los 2000, estuvimos saliendo casi un año.

Once meses para ser exactos. Conocí a Judith en la facultad de derecho, y es que si nuestra relación hubiera sido un asesinato, ya habría prescrito el delito.

¡Habían pasado más de 25 años!

No se puede decir que a ella le fuera muy bien ese primer año de carrera, no tenía vocación de abogada y lo que quería era trabajar con niños.

Ser profesora. Justo antes del verano, sus padres se separaron y ella tomó la decisión de irse a vivir con su madre a Salamanca y comenzar la carrera de magisterio.

Quedamos en que nos escribiríamos e iríamos a vernos a menudo, pero en esa época no era como hoy en día, no teníamos móviles para mensajearnos, nos comunicábamos de vez en cuando con el teléfono fijo y nuestras cartas se fueron espaciando en el tiempo hasta que dejamos de escribirnos.

Ni tan siquiera terminamos nuestra relación. Simplemente, se apagó sin más...

Dos chicos de 19 años, universitarios, que viven en ciudades distintas, era algo que no tenía ningún futuro. Una muerte anunciada. Y jamás volví a tener noticias de Judith hasta esa mañana a la salida del colegio.

Por la tarde, rebusqué en el trastero un viejo álbum de fotos que tenía guardado de la universidad y rescaté un par de ellas; en una estábamos en grupo, con todos los amigos y en la otra solo salíamos agarrados Judith y yo de la cintura.

Era bien guapa, con su cariña aniñada, el pelo largo recogido en una coleta y esa sonrisa que siempre tenía en la boca.

José no iba nada desencaminado cuando la vio por la mañana, tan solo había fallado su edad en tres años.

Judith era de mi quinta y ahora tenía 43.

Me quedé sentado en el suelo del trastero ojeando todas las fotos y recordando esos meses, que sin duda alguna, fueron los más intensos, morbosos y sexuales de mi vida.

Y es que aunque hubiera querido, me habría sido imposible olvidarme de Judith. Perdimos juntos la virginidad, pero de una manera bastante peculiar. Fue una tarde a última hora, en los baños de la facultad de derecho y me acuerdo perfectamente de cómo se la metí de pie por detrás. Sí, por el culo.

Nuestro estreno fue por el puto culo.

Un polvo de apenas un minuto, en el que se la clavé sin condón y me corrí dentro.

Así tal cual. Por aquel entonces llevábamos saliendo un par de meses y salvo enrollarnos y unas cuantas masturbaciones, todavía no había pasado nada más entre nosotros.

Sin embargo, le cogimos el gustillo a lo de meternos a última hora en los baños de la facultad.

Después de estudiar en la biblioteca, cuando ya apenas quedaba gente por la facultad, nos colábamos en uno de los cuatro reservados que había en los baños de la planta alta del edificio y Judith me hacía unas pajas tremendas hasta que yo eyaculaba contra la puerta del baño, soltando unos lefazos tremendos a mis 18 años.

Judith tenía mucho miedo a un embarazo no deseado, así que yo no la presioné en absoluto para acostarnos por primera vez.

A mí me valía con que nos comiéramos la boca, aunque a las tres semanas ella ya me estaba sacando la polla para meneármela.

Una noche, tirados en el césped de un parque, yo también la penetré con los dedos y terminamos los dos manchados de sangre.

Puede decirse que la desvirgué con los dedos.

Judith era tremendamente sexual, lo mismo que yo, y como al principio no teníamos ni coche ni sitio donde hacerlo, los baños de la facultad se convirtieron en nuestro lugar especial.

Algún fin de semana teníamos suerte y sus padres se iban al pueblo o al cine y podíamos disfrutar de su casa un rato para nosotros solos.

Pero eso pasaba muy pocas veces.

Un día alquilamos una película porno en un videoclub, e imitando lo que hacía la actriz, Judith me hizo mi primera mamada.

Y la suya. Y entonces salió una escena de sexo anal y yo le sugerí si alguna vez quería probar eso y sorprendentemente, ella no me dijo que no, incluso vi en su cara que tenía curiosidad, pero ahí quedó la cosa.

Hasta que un par de semanas más tarde ocurrió.

En una de las pausas de estudio, nos solíamos enrollar en un banco que había apartado en uno de los pasillos de la facultad, yo colaba las manos por debajo de su blusa y le acariciaba los pechos y cuando ya estábamos muy cachondos, subíamos a los baños de la planta alta y nos encerrábamos en el baño.

Pero aquella tarde había alguna charla en una de las aulas de arriba y esa planta tenía bastantes estudiantes.

Nos bajamos a la intermedia y lo mismo y yo creo que esa tensión de no encontrar un lugar donde desfogarnos, todavía nos puso más cachondos.

Con 18 años éramos unas hormonas con patas y al final, todavía descendimos más hasta la planta baja.

Justo en los baños de al lado de la cafetería, que solían ser los más concurridos, pero casualmente, ese día estaban vacíos ya a última hora de la tarde.

Primero solía entrar yo, y comprobaba que no había nadie y luego ya pasábamos juntos a un reservado y cerrábamos la puerta con el cerrojo. Comenzamos a enrollarnos y enseguida tiré de sus pantalones y las braguitas hacia abajo, dejándolos hasta mitad de su muslo, lo justo hasta desnudar su culo.

Ella me sacó la polla del pantalón y comenzó a pajearme mientras yo también le metía un par de dedos en el coño.

Ni tan siquiera dije nada, fue todo improvisado, yo le di media vuelta, la situé entre sus glúteos y rocé su ano con mi glande.

Judith me miró jadeando, con la boca abierta, pensé que protestaría o me diría algo, pero estaba tan cachonda que ella mismo empujó hacia atrás.

Fue como darme su visto bueno.

En ese momento me puse bastante nervioso.

Yo no lo había hecho nunca, jamás se la había metido a ninguna chica, era completamente virgen, y ahora Judith me ofrecía su culo para que la sodomizara.

Lo único que se me ocurrió fue ensalivarme los dedos y clavarle uno en su recto, tratando de lubricar un poco la zona.

Y parece que dio resultado, porque Judith se puso a gemir, moviendo sus caderas y lanzándolas contra mí.

Tampoco podía demorarme mucho, no estábamos en un sitio tranquilo para tomarnos nuestro tiempo y después de mojarme la polla con más saliva, la apoyé en su entrada trasera y empujé con fuerza.

Yo no sabía que quizás debería haber lubricado más su ano, pero increíblemente mi polla fue desapareciendo poco a poco dentro de ella.

Llegó un momento en que de verdad no sabía si lo había conseguido o no.

Y esto es verídico. Me había parecido demasiado fácil, porque para ella también era su primera vez.

Y para comprobarlo, pasé una mano hacia delante, tanteé su coño y fui descendiendo, hasta que me di cuenta de que mi polla había desaparecido dentro de ella.

Ese primer polvo fue un desastre. No hice un mete saca como tal, tan solo me quedé dentro y los dos acompasamos las caderas delante y atrás, hasta que empujé un poco, ella puso una cara de gusto que se derretía y me corrí en apenas un minuto.

No creo ni que durara tanto, 45 segundos a lo sumo...

En cuanto terminamos, salimos del baño como si nada, recogimos los apuntes de la biblioteca y acompañé a Judith andando hasta su casa.

Y yo me quedé un rato allí, sentando en el trasero, con una cerveza en la mano que había sacado de la cámara, recordando esos primeros años de la universidad casi tres décadas después... todavía no podía creérmelo.

Judith, mi Judith, iba a ser la profesora del peque durante todo el año...