Los relatos de David Lovia. 5
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Apuré la copa y les dije a mis compañeros que me iba para casa. No podía seguir un minuto más en ese bar soportando aquella humillación.

Salí a la calle con las manos en los bolsillos, hacía frío y llevaba una borrachera considerable.

A pesar de todo, no quería irme a casa en ese estado, con esa sensación dentro de mi cuerpo.

Me lo había estado pasando muy bien y no podía terminar la noche así.

Mientras caminaba hacia la parada de taxi, vi un bar que parecía que estaba muy animado.

Me daba igual que estuviera borracho y solo, no sé por qué lo hice, pero entré a tomarme otra copa. El bar estaba hasta arriba de gente, se notaba que había varias cenas de empresa y cuando me dirigí a la barra me pareció ver entre la multitud a…

Sí, joder, parecía ella. No me lo podía creer. Era Eva, la mujer de uno de mis mejores amigos.

Estuve un rato fijándome para asegurarme de que era ella y cuando estuve seguro me acerqué por detrás. Le di un toque en el hombro y Eva se giró. Menuda alegría se llevó cuando me vio allí.

―¡Pero, Jorge, ¿qué haces tú aquí?!

―Pues lo mismo que tú, me parece a mí.

―Yo estoy de cena de empresa.

―Pues como yo.

Conocía a Eva desde hacía muchísimos años, más de veinte, desde la época universitaria, en la que ya salíamos en el mismo grupo de amigos.

Con el paso de los años, el grupo se fue quedando más reducido hasta terminar en cinco parejas, que solíamos quedar a menudo.

Habíamos salido muchas veces de fiesta, habíamos hecho viajes juntos, fines de semana en casas rurales, cenábamos en su casa y ellos en la nuestra, escapadas a la playa y ahora quedábamos cada pareja con sus hijos.

Eva y su marido Luis tenían dos niños y congeniaban muy bien con nuestros peques, por lo que seguíamos quedando muy a menudo.

Lo que sí que es verdad es que nunca me la había encontrado de fiesta así sola.

Era distinto cuando éramos jóvenes y salíamos juntos cada uno con su pareja.

Eva era la mujer de uno de mis mejores amigos, Luis, al que también conocía de la época universitaria; a sus 43 años estaba estupenda, parecía que tenía un pacto con el diablo y cada año que pasaba estaba más guapa.

Sobre 1,55 de altura, pelo moreno y muy liso, cuerpo pequeñito, pero bien puesto, unas tetas normales y un culo redondito que parecía que mejoraba con los años.

No es que fuera un bellezón de estos que te giras por la calle cuando pasan, pero era muy atractiva, y a mí, como la conocía desde hacía muchos años, me daba mucho morbo.

Ella, además, se cuidaba mucho; de joven iba al gimnasio y recuerdo cuando íbamos a la playa que lucía un vientre superplano.

Ahora, después de tener dos hijos, seguía igual de delgada y casi con el mismo cuerpo de cuando era joven.

―Pero, bueno, ¿dónde has dejado a Luis y los niños?

―Esta noche que se ocupe él de los niños, necesitaba un día para salir de fiesta.

―Sí, lo mismo me pasa a mí.

―Ya sabes que Luis siempre está con el trabajo, cuando viaja está dos o tres días fuera de casa y ya le he dicho que hoy se tenía que hacer cargo de los peques.

Como me decía Eva, es verdad que mi amigo siempre había estado absorbido por el trabajo, le echaba muchísimas horas e incluso tenía que viajar varias veces al mes al extranjero y dejar a Eva sola con los peques algunos días.

Además sus hijos eran muy movidos, dos pequeños diablos de siete y cinco años que cada vez que salíamos por ahí preparaban alguna trastada.

Siempre me había preguntado cómo sería en la intimidad la pareja; Eva me parecía una mujer llena de vitalidad y muy sensual, todo lo contrario que Luis, que parecía constantemente agotado por el ritmo de trabajo que llevaba.

Me fijé además en que Eva se había vestido de manera sensual; llevaba unos leggings de cuero rojos tan ajustados que le hacían un culo perfecto, arriba una camiseta negra fina de media manga bastante ceñida y unos botines bajos con un buen tacón, con los que ganaba un poco de altura.

No era mucho su estilo, pues ella solía vestir más tradicional, tirando un poco a pija. Yo, al menos, nunca la había visto así.

―¡Estás muy guapa con esos pantalones de cuero, te quedan espectaculares!

―Muchas gracias, tú también has venido muy guapo, Jorge…

―Tú sí que estás guapa, parece que tienes un pacto con el diablo, cada año que pasa estás más joven y atractiva ―dije tirándole los trastos directamente.

Eva se rio y no me dijo nada, no quería entrar en ese juego.

―¿Y dónde están tus compañeros? ―me preguntó.

―Allí, se han quedado al otro lado del bar ―mentí, pues estaba más solo que la una.

Tampoco era plan de decirle a Eva que había entrado solo a tomarme una copa; además, se notaba que yo llevaba una buena borrachera, estaba muy torpe y hablaba sin que se me entendiera casi nada de lo que decía.

―¡Déjame que te invite a una copa y mañana se lo cuentas a Luis!

―Venga, de acuerdo…

―Ya le vale, tanto trabajo, si estuvieras conmigo, mandaría a la mierda el trabajo, no se da cuenta de la pedazo de mujer que tiene.

―Ja, ja, ja, ja, ja, eso le digo yo…, además, cada vez estáis más cascados, no nos seguís el ritmo. Esta semana voy a llamar a Judith y vamos a preparar un fin de semana solo de chicas, y por supuesto vosotros os quedáis con los niños…

―¡Qué mala eres! Oye, lo de estar cascados no lo dirás por mí, que estoy estupendo.

―Sí, ya, nada nada, nos vamos a tener que buscar a unos más jóvenes, de 20 años.

Justo cuando decía eso pasaron dos chicos jovencitos, uno de ellos moreno, con el típico corte de pelo rapado por los laterales y por arriba más largo con flequillo. Era muy atractivo, alto, sobre 1,85. A Eva se le fueron los ojos detrás de ese chico.

―Por ejemplo como ese, ¿no? ―dije yo.

―Sí, más o menos.

―Pues tómate una copa con él, ahí lo tienes…

―Anda, sí, se va a fijar en una tía como yo…

―¿Y por qué no?, ¡joder, Eva, estás buenísima, ufffff, con esos pantalones! ―dije acercándome a ella y pasando una mano por su cintura.

―Estás tú muy lanzado hoy…

―Sí, nos tendríamos que ir de fiesta tú y yo solos, acabar la noche a las tantas, te invitaría a desayunar…

―¿Qué dices? Yo dentro de poco me voy a retirar ya. Me lo he pasado muy bien, pero mañana a ver qué cuerpo tengo para aguantar a estos…

―Pero la copa esa te la tomas conmigo, eh…

―Eso sí… Venga, vete a pedir.

―¿Qué te ha dicho Luis de que salgas con estos pantaloncitos de cuero?

―Ja, ja, ja, ja, nada, qué me va a decir, si casi ni se ha fijado…

―¡Madre mía!, ¡no fastidies!…, si es que este hombre no tiene remedio… Es que te veo así vestida y mmmmm ―dije mordiéndome los labios.

―Anda, Jorge, vete a pedir esa copa, que me tengo que volver con las compis ―me contestó Eva sin seguirme mucho el juego.

Tenía mucha confianza con Eva, aunque no tanta como para hacer lo que hice, y es que, entre que estaba envalentonado y desinhibido por el alcohol que llevaba encima y que llevaba unos minutos agarrado a su cintura, aparte del calentón acumulado durante la noche pensando en las tetas de Raquel, al final bajé la mano, la puse sobre su culo y sobé su prieto trasero por encima de los leggings de cuero durante un par de segundos.

Nos conocíamos desde hacía muchísimos años, pero era la primera vez que teníamos un acercamiento de ese tipo. No se lo tomó demasiado mal, era evidente que ella sabía que estaba borracho y no le quiso dar importancia. Rápidamente me apartó la mano y se desembarazó de mí.

―¡Oye!, ¿qué haces, Jorge?, anda, vete a pedir esa copa antes de que me arrepienta…

―Lo siento, Eva, no quería…

Con la cabeza agachada me acerqué a la barra para invitarla a la copa que le había prometido.

Había intentado tontear con ella, aunque Eva no me había seguido el juego.

Al menos, después de tantos años, había podido sobar su culo, que tantas veces había visto en vaqueros o en traje de baño.

Todavía me faltaba una última bala que gastar con ella, estar juntos un rato más hablando mientras nos bebíamos esa copa.

En el estado en el que estaba, si Eva hubiera querido, yo no hubiera tenido ningún problema en follar con ella.

Ya sé que es la mujer de uno de mis mejores amigos, pero estaba seguro de que esa noche lo hubiera hecho.

Ya habría tiempo para los remordimientos al día siguiente, cuando se me pasara la borrachera.

Me apoyé en la barra, todo me daba vueltas. Entonces el morenazo que pasó antes por delante de nosotros se puso a mi lado. Y se me cruzó una idea por la cabeza. No sabía cómo se lo iba a tomar Eva. Esperaba que como lo que era, una pequeña broma.

―Hola, perdona, ¿puedo pedirte una cosa?

―Sí, ¿qué pasa, tío? ―me dijo el chico.

―Verás, me gustaría pedirte algo, te sonará un poco raro, pero…

Mira, yo te pido una copa, te invito por supuesto, y además le tienes que llevar otra a una amiga que está aquí.

Solo tienes que hablar con ella, nada más.

Si ella no quiere, pues tampoco pierdes nada, luego te bebes la copa con tus colegas y ya está, ¿te parece bien?

―No te he entendido muy bien, tío, suena muy raro esto que me estás pidiendo…

―Es muy fácil. Tengo una amiga, que antes se ha fijado en ti cuando has pasado. Es una pequeña broma. Es una amiga mía. Yo pido dos copas, una para ti y otra para ella, y te acercas y se la llevas. Luego, si ella quiere, habláis un poco y ya está…, solo eso…

―¿Y quién es tu amiga?, si se puede saber.

―Es aquella morena de allí, la que va de negro y con el legging rojo…

―Vale, sin problemas. Entonces, tú pagas, no?

―Sí, dime qué bebes.

Pedí las dos copas y se las di al chico, que ni tan siquiera sabía cómo se llamaba. Con la confianza de saberse un guaperas a sus veintipocos años, se dirigió hacia donde estaba Eva, aunque antes se giró.

―¿Cómo se llama tu amiga?

―Eva.