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Nos miramos fijamente a la vez que le dimos un trago a la copa, entonces fue ella la que volvió a sacar el tema de su marido.
―Me lo estoy pasando muy bien esta noche, la verdad es que había venido un poco cabreada…
―Anda, ¿y eso por qué?
―Por lo que te dije antes de mi marido, que se había ido a Madrid, aprovecha la más mínima ocasión para dejarme sola.
―Pues no sé qué decir, yo no dejaría sola a una mujer como tú…, perdona…, eeeeh…, lo que quería decir…
―No, no pidas perdón, no tienes por qué disculparte…
―No te quería incomodar…
―No lo has hecho, estás siendo muy respetuoso, me gusta mucho hablar contigo ―dijo Raquel volviéndome a rozar con sus tetas en el brazo.
Me estaba poniendo a mil ese contacto entre nuestros cuerpos, hacía tiempo que había dejado de ser casual.
Le di un trago a la copa y al bajar la mano fui yo el que disimuladamente rozó una de sus tetas con el dorso de la mano.
Fue un gesto que intenté que fuera natural, una leve caricia que me atreví a hacer debido a que llevaba unas copas encima y porque Raquel parecía que me lo estaba pidiendo… sin pedirlo.
Ella se sorprendió cuando lo hice, pero no dijo nada, su reacción fue volverme a pegar las tetas contra el brazo mientras me hablaba al oído. Ahí sí que ya me puse nervioso.
Empecé a ver la posibilidad real de terminar la noche teniendo algo con Raquel.
Y digo que me puse nervioso, porque después de llevar más de veinte años con mi mujer nunca le había sido infiel.
Tampoco lo había buscado y ahora tampoco es que lo hiciera, pero aquella chica me gustaba y el tonteo descarado que estaba teniendo conmigo me estaba excitando demasiado.
Ya hacía casi media hora que lucía una buena erección bajo los pantalones.
La sangre se me estaba acumulando ahí abajo.
Cada vez me costaba más pensar con claridad.
De repente aparecieron mis dos amigos del trabajo y me dieron una palmada en la espalda.
―¡Esos tortolitos! ―dijeron en broma―. Nos vamos a otro bar, os lo decimos por si queréis venir…
―Eh, sí, claro, claro ―contestó Raquel.
Otra vez nos juntamos con el resto del grupo, pero antes de hacerlo Raquel me dijo:
―En el siguiente me dejas a mí que te invite a una copa, eh…
―Vale, eso está hecho.
Esto lo escucharon mis amigos, que hasta el siguiente bar fueron bromeando, diciéndome que había ligado con la tetuda y que la tenía a punto de caramelo, chorradas de esas. En cuanto entramos a otro bar, fue Raquel la que me vino a buscar enseguida.
―Te pido la copa y seguimos hablando, eh ―me dijo.
―Perfecto, lo estoy pasando fenomenal esta noche…
―Ahora vuelvo.
Cuando se fue a la barra me quedé hablando con mis compañeros.
A decir verdad no les prestaba atención a las tonterías que decían, solo tenía ojos para Raquel, que ahora conversaba con otra chica de la oficina.
De repente se quedó sola en la barra y me disculpé con los compis para ir con ella, pero, mientras me acercaba, se me adelantó Paco, metiéndose en el hueco libre que había en la barra al lado de Raquel, y se puso a hablar con ella.
Me quedé sorprendido y no quise acercarme hasta ellos.
Solo esperaba que Raquel se deshiciera rápido de él, pero Paco era muy pesado e insistente con las mujeres; además, siempre tenía tema de conversación y Raquel tampoco era de las que se quedaban calladas, así que empezaron una charla que desde mi posición veía que estaba muy animada.
Permanecí paciente al otro lado de la barra, a unos metros de ellos, para que Raquel pudiera verme. Entonces ella se fijó en mí y, cuando cruzamos la mirada, me hizo un pequeño gesto levantando las cejas, como diciendo: «a ver si me puedo quitar de encima a este pesado».